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8.14.2014

Pues, sí. Voy a opinar sobre el metro.

Foto tomada del Flickr de Mejía
Yo nunca he salido del país y, por fortuna, mi tránsito por el MIO o el transmilenio no ha constituido nada distinto a una experiencia urbana del común: congestión, apretujamiento, calor, olores. Todo normal.

He estado leyendo y releyendo y pensando y repensando el asunto de metro en los últimos días. Estaba recordando una polémica de otro momento, cuando los usuarios respondieron agresivamente frente a un hombre que, si mal no recuerdo, tocó a una chica; o cuando supimos que, a toda costa, el metro evita la atención mediática cuando se presenta un suicidio. Han sido varios momentos los que han desatado discusiones y polémicas en torno a las normas del metro, a su frialdad como medio de transporte urbano, a lo absurdo de su accionar conductista, al interés desmedido por conservar una imagen de pulcritud y limpieza, a la negativa de tener redes sociales para comunicarse directamente con sus públicos. En fin, el metro ha sido cuestionado desde antes de que existiera y lo cierto es que se volvió imprescindible para gran parte de la población de Medellín y el Valle de Aburrá, razón por la cual, tienen el poder.

Para ser honesta, no me ubico en ninguno de los polos que han surgido a raíz del episodio del violinista. En ese universo de contradicciones que soy en casi todos los aspectos de mi vida, mis pensamientos por estos días han estado a favor y en contra de la norma, a favor y en contra de la asepsia del metro, a favor y en contra del violinista, a favor y en contra de la posibilidad de legitimar a algunos artistas en el metro, a favor y en contra de la protesta pacífica.

Comienzo mi reflexión con el hecho de no haber viajado, porque ese se ha convertido en caballito de batalla para los argumentos a favor y en contra. Alguien que está de paseo en París justo mientras escribo esto nos informa por whatsapp que es terrible, feo y sucio. Cabe anotar que es una persona con quien difícilmente comparto percepciones y opiniones estéticas y políticas. Otra persona que ha vivido en diferentes ciudades europeas (así que ya trascendió esa primera impresión del turista que busca sólo lo bello y cómodo), nos lo muestra como un ejemplo de difusión y plataforma cultural y comparte cómo algunas políticas han contribuido a ello. Yo no he viajado, pero me parece terrible que pensar en la posibilidad de tener músicos en los vagones del metro, lejos de ser una oportunidad, sea considerado por la empresa y por los ciudadanos (ciudadanos que ni siquiera usan el metro en su cotidianidad) como una amenaza.

Las normas son fundamentales para la convivencia. De hecho, en caso de permitir de manera regulada el tránsito de músicos por los vagones (una propuesta que le he leído a varios), esto tendría que considerar una serie de normas como los horarios, el manejo de volumen y, me atrevo a decir, que con esa concepción de la cultura tan aséptica y purista, hasta los géneros musicales... pero no es nada despreciable la idea. Pensemos en lo que ha hecho recientemente la Alcaldía de Medellín con la Red de Escuelas de Música y su programa Medellín Vive la Música, inundando estaciones y trenes con sonidos; una propuesta institucional que nadie cuestionó. Y yo tampoco lo estoy haciendo, porque me encanta. Pero lo traigo a colación para decir que sí es posible, que se puede romper la monotonía de un viaje de extremo a extremo de la ciudad y que el sistema de transporte público masivo que tenemos, como supuesto reflejo de la sociedad, puede integrar propuestas que vinculen expresiones artísticas sin alterar el orden, el respeto y el cuidado que, quizás por la rigidez de sus normas, ha logrado mantenerse limpio y garantizar más tranquilidad y seguridad que otros sistemas de transporte público con los que contamos. En otras palabras, ni tanto que queme al santo...

Sin embargo, más allá del violinista, de los músicos y de la aversión por las normas, esta ha sido una oportunidad para plantear reflexiones más hondas. Por ejemplo, sobre el sentido de lo público. ¿Es el metro un espacio público? ¿Es un no lugar que no cumple otra función que la del tránsito rápido y que quiere ser resignificado por parte de quienes pasan allí al rededor de una hora diaria transportándose? ¿Y qué implicaría esa resignificación? En una de esas definiciones de Marc Augé sobre los 'no lugares', dice que allí “los individuos no interactúan sino con los textos sin otros enunciadores que las personas 'morales' o las instituciones, cuya presencia se adivina vagamente o se afirma más explícitamente detrás de los mandatos, los consejos, los comentarios, los 'mensajes' transmitidos por los innumerables 'soportes' que forman parte integrante del paisaje contemporáneo”. Y veo entonces dos caminos: seguir comprendiendo el metro como un no lugar, un espacio de tránsito que no requiere más impronta que aquella que los enunciadores oficiales proveen o comenzar un proceso de transformación, de reconvención de la norma, de ocupación del espacio. La segunda me suena, ¿pero le sonará a quienes usan el metro diariamente, de norte a sur, de sur a norte, en horas pico y con la carga de un día laboral encima?

Por eso no me atrevo a darme el lujo de gritar a viva voz que sí, que se suban todos los músicos de Medellín al metro. Pero me niego a decir que no, que deje así, que lo usemos para transportarnos y ya. Entre otras, porque además de los músicos, sabemos de casos como la censura de afiches de obras de teatro, parejas homosexuales a quienes se les ha pedido que no se tomen de la mano, mujeres llorando a las que no se les ha permitido subir al sistema de transporte. Aprovechemos el caso del violinista para ampliar la discusión, para pensar el metro como un escenario público en el que se respeten y dignifiquen las libertades individuales. El metro es ciudad, la ciudad es diversa. Pero la ciudad también requiere normas para nuestro propio bienestar. Eso es lo que hay que entrar a negociar, a discutir, a reflexionar.

Por otro lado, y ya desde un aspecto más íntimo (que se extiende a las manifestaciones públicas), vuelven a surgir preguntas relacionadas con qué es lo que seguimos reconociendo como “bueno” y “malo”, por qué sentimos la inminente necesidad de ubicarnos en un lado, en un polo, en un bando. También creo yo que podemos pisar la línea amarilla, no tenemos necesariamente que hacernos de un lado o del otro; somos contradictorios porque así es la sociedad, queremos y no queremos porque nuestros contextos son como un prisma, como un fractal: muchas caras, muchos colores, muchas formas de verse. ¿Por qué tenemos que elegir uno solo? Pensar que quizás no sea una buena idea legitimar a los músicos en el metro no nos hace fachos; pensar que sería maravilloso tenerlos no nos convierte automáticamente en enemigos de la norma, del orden y la tranquilidad.

Y por último, no perdamos de vista que “Cultura Metro” no es una cultura, es un eslogan.

7.07.2012

De los falsos abdómenes rayados y otras miserias del mercado


Nota introductoria: ¿Qué puedo decir? También caí. Pero esto no es una respuesta a Azcárate, y aunque su opinión no debería trasnocharnos, le agradezco que logró reactivar la escritura para mi blog.

Lo de Alejandra Azcárate no es tan grave y es muy grave. Su texto burlón, creo, no merece la atención que le prestamos. Sobre todo porque, por ejemplo, aquellas mujeres con unos kilos de más que respondieron con tweets inteligentes, posts sensatos y bien orgullosas de esa característica física, son precisamente esas que no se dejan amedrentar. Ni de Azcárate, ni de nadie. ¿Pero qué pasa con las otras? ¿Qué sienten todos los días otras mujeres que se convierten en foco de burla de sus compañeros de colegio – de guardería, incluso-, que son blanco de críticas de sus madres y tías, que se encuentran con almacenes en los que las tallas cada vez son más pequeñas y que sienten las miradas prejuiciosas en un restaurante, cuando piden una adición de tocineta o cuando agrandan las papas y la malteada? Lastimosamente, desde mi perspectiva, lo de Azcárate es lo menos grave.

Como muchas mujeres fui anoréxica, fui flaca, fui delgada, estuve “repuestica” y ahora mi figura dista mucho de la de la flaca de la universidad. Todas mis tallas han aumentado con los años, y con las tallas y los años, los chistes y comentarios de familiares: A los 14 no me ponía la ropa sino que me la colgaba; a los 16, o me habían sacado las cordales o me estaba comiendo toda la sopita porque se me notaba en los cachetes; a los 29 no dejo de escuchar de algunos tíos que “jamás nos hubiéramos imaginado que usted se fuera a engordar”. Y así. Entonces, como a muchas de las mujeres de esta ciudad, me dio por adelgazar. Carboxiterapia, vacumterapia, presoterapia, comenzaron a ser términos dolorosamente familiares para mí.

Pero mi primer acercamiento a una clínica estética me dejó un sinsabor que quiero compartir, porque a mujeres y actitudes como esas sí hay que prestarles atención. “Ese gordo tuyo, ¡FO!”, expresó la profesional de la salud, así pretendía venderme el tratamiento ambulatorio que en cuestión de tres horas me podría dejar con un abdomen perfecto “te puedo rayar para que parezca que has hecho ejercicio”, “vas a hacer la envidia de tus amigas”.

Pero no, no me interesaba tener el abdomen de la deportista que no soy ni quiero que mis amigas me tengan envidia. Si no me quiero gastar dos horas de mi día haciendo ejercicio, asumo con entereza que mi barriga no luzca como si lo hiciera. Y de mis amigas, prefiero admiración, respeto y lealtad que envidia. Tengo pocas amigas y ninguna de ellas es perfecta, bellamente imperfectas todas ellas.

Renuncié a adelgazar, decidí que unos masajes serían suficientes, que las hamburguesas son deliciosas como para dejar de comerlas (y eso mismo me dice la masajista), que hay ropa para todos los cuerpos y que la belleza no está solo por dentro; que, de verdad, no vale la pena buscar tanto la eliminación de unos kilos. Sin embargo, ahora con la sonada columna (justo acabo de leer la -esa sí- columna de Ricardo Silva en la que expone otros argumentos relacionados con el lamentable sentido del humor) recordé a la médica y sus ofensivas palabras, que intentó decir con muy buen humor, por supuesto. Recordé a las mamás diciendo “guarde la barriga”, recordé cuando a mi hermana le dijeron que “a los gordos solo los quiere la mamá”. Y así por el estilo.

Que una mujer hecha entre gimnasios y quirófanos se goce a las gordas no es problema. Problema es que ese patrón se repita cada día, en tantos espacios, pues entre la posible baja autoestima de una mujer cuya apariencia física no encaja en lo que muestra la televisión (porque la gorda que consigue novio es la gran hazaña en una telenovela) y las palabras de una médica cuyo nombre olvidé, son varios millones de pesos los que se transan y varias lágrimas las que se derraman. Eso es lo que realmente me preocupa.

3.03.2008

6 de marzo de 2008

Sólo espero que esta fecha no se recuerde como la de la marcha frustrada en la que unos cuantos pretendían protestar en contra de los paramilitares y los crímenes de estado. O, lo que es peor, que no sea recordada.

Hice la pregunta repetidas veces cuando se acercaba la marcha del 4 de febrero. La respuesta era inmediata e inminente: sí, sí marcho, porque estoy en contra de las Farc, porque quiero que devuelvan a los secuestrados. Y todos marchamos, salimos a la calle con camisetas blancas, compramos camisetas con mensajes de libertad, despreciamos a la guerrilla de las Farc por la inhumanidad de sus actos. Ahora, repito la misma pregunta y la respuesta no deja de preocuparme: no sé, tal vez, cuándo es que es esa marcha, quién la organiza, yo ya marché. En suma, más dudas que respuestas, y pocas de ellas positivas.

La marcha del 6 de marzo no ha sido publicitada, no ha sido mediatizada. Hasta ahora no he escuchado o visto campañas masivas que inviten al encuentro y no he leído comunicaciones o análisis que le den a la marcha el status de una gran manifestación de la sociedad civil, no ha sido catalogada de smart mob y el número de integrantes que el grupo que apoya esta causa tiene en Facebook no alcanza ni la mitad de los que aún están registrados en el grupo ‘Un millón de voces contra las Farc’.

Me ha tranquilizado, sin embargo, opiniones y editoriales que este fin de semana recordaron la importancia de esta marcha, por convertirse en un acto de justicia. El discurso ha logrado ya una homogeneización que desembocará en miles de persona reunidas diciendo que la violencia no es aceptable bajo ninguna causa, ninguna excusa y ningún nombre.

Sigue siendo preocupante esa aceptación silenciosa de la derecha, esa paramilitarización de la sociedad que redunda en una excesiva tolerancia aún frente a las evidencias de desaparecidos, fosas comunes, muertos y cínicas confesiones. Justicia, paz, desmovilizados y reparación no son más que falsos puentes que nos han llevado a ver con buenos ojos las acciones paramilitares y parapolíticas.

Pero es hora de comenzar a ver y a llorar por los dos ojos, como lo expresara Héctor Abad Faciolince en su columna de la revista Semana. Él declara que irá a recordar con dolor la víctima que su familia le puso a esta guerra, su padre, el Doctor Héctor Abad Gómez. Así mismo El Espectador, a través de su editorial, y la revista Cambio, que desde la misma portada recuerda que los paramilitares también han 'secuestrado', sentaron su voz de apoyo a la marcha en homenaje a las víctimas de los paramilitares y de los crímenes de estado. También lo han hecho Eduardo Escobar, Héctor Rincón, María Elvira Samper, que con dos contundentes párrafos dijo: Voy a marchar el 6 de marzo.

Salir una vez más, al medio día a caminar bajo el sol, sacrificar nuevamente dos horas de almuerzo y tal vez dos más de trabajo y atreverse a retar a quienes han hablado de esta como una marcha a favor de las FARC, financiada por Chávez y en contra del estado colombiano, será un acto que realmente demuestre que esta sociedad civil rechaza la violencia en todos sus formatos, reclama justicia para todos y anhela una paz transparente sin intermediarios que usen ese deseo colectivo para alcanzar otros fines.

La imagen se llama War y es de Zombpunk, tomada de Deviantart

2.12.2008

Periodismo de conciencia

Dentro de todos los periodismos que se dictan en la universidad, tal vez quedó faltando el periodismo de conciencia.


Sería periodismo de conciencia el que se haga con el cerebro y con los sentidos, juntos y revueltos. Un periodismo que tantas veces se ha denominado como ciudadano, que construya, que proponga y no que se limite al hecho de informar o de salir adelante con críticas irresponsables y desmesuradas que generan más daño que reflexión.

Y es que se sabe que los medios de comunicación tienen sus intereses particulares, mediados por la pauta, las tendencias políticas, la competencia y los dueños, pero seguramente cada periodista podría hacer su pequeño aporte a la construcción de una sociedad mejor informada, que entienda mejor las realidades que lo circundan y más capacitada para decidir.

No es secreto, por ejemplo, que los dos diarios antioqueños, esos que rigen la opinión pública del departamento hacen parte de familias y de emporios que median la información que allí se publica, y con esta realidad, lo que preocupa es que los mismos redactores admitan que en su medio, en lugar de escribir, se dedican a “llenar las páginas de bobadas”, porque el tiempo, porque el especio, porque los cuelgan, porque las chivas y cualquier cantidad de excusas para hacer un ‘periodismo’ mediocre, que es, tristemente, el periodismo del que se vive, el que se lee y al que se le come cuento.

Pero hay rezagos aún, -o asomos apenas- de ese periodismo que hace pensar, que aporta, que construye ciudad, hay que buscar bajo las piedras, entre los anaqueles y entre el ancho mar de medios, información y periodistas.

La foto es de Melpomene en DeviantArt, y es una muestra de cómo las fotografías también cuentan historias importantes, que más allá de la estética o del clic en el momento indicado, pueden ser retratos humanos. Esta se llama Legal, y habla del robo de gasolina en La Guajira.

9.11.2007

Más canales no son más opciones


¿Será que un tercer canal privado de televisión abrirá las posibilidades y solucionará el asunto del monopolio mediático en el país?

Repetitivas y monótonas son las quejas que se escuchan respecto a la pobreza en la oferta de los canales nacionales de televisión. Y es que no hay que entrar a hacer un concienzudo análisis de medios para entender que el 70% de la programación está compuesto por telenovelas, eternas noticias que se explayan en deportes y que en farándula se especializan; unos eternos programas de variedades en los que se dedican a compendiar la savia que compone el resto de su programación: las telenovelas.

El canal RCN, uno de nuestros maravillosos canales privados, dice tener una franja para niños, y en medio de esta zampa una telenovela. Y están también los realities, que parecen estar perdiendo terreno para ser reemplazados por más telenovelas y una no tan nueva pero reencauchada modalidad de novela: las series de historias diarias o semanales, en las que los cuerpos, las tangas y el reggaetón conjugan de manera simétrica, livianita, la narrativa que tanto vende.

Y si ha encontrado muchas veces la palabra telenovela, ni es error ni es casualidad. Es el estado actual de la televisión privada colombiana, esa es la oferta que tenemos en Caracol y RCN, los dos canales más vistos y más prestantes del país.
Sin embargo, recientemente empezó a discutirse la propuesta de un tercer canal privado. Para muchos, éste representaría la posibilidad de una nueva oferta y más de donde elegir, pero teniendo en cuenta incluso las disposiciones de la Comisión Nacional de Televisión, que dice que dicho canal entrará a competir con los privados ya existentes, no son muchas las luces que se encienden y den visos, ilusiones incluso, de una televisión diferente a la que ya tenemos.

Y para terminar de ennegrecer el panorama, aparecen Caracol y RCN a decir que un nuevo canal va a representar la disminución en la calidad de la televisión ya existente. ¿Calidad? ¿Quiere decir esto que la programación de la televisión privada nacional será peor de lo que ya es? No se sabe entonces que nos puede esperar al sentarnos frente a la pantalla, pues ya los noticieros son lo suficientemente mediocres, las novelas son demasiadas y la programación bastante regular, como para que nos espere algo peor, como sentencian.

Pero hay que recordar también la existencia de una oferta televisiva alterna, que aunque no alcanza a llenar las expectativas de quienes gozan del cable viendo Film and Arts, History Channel y todas las variantes del Discovery, se presenta como una opción interesante. Ahí están, en números elevados y de poca recordación, Teleantioquia, Telemedellín y City TV, que nos presentan dentro de sus programas enfoques diferentes de la ciudad y el ciudadano, permitiendo cercanía e identificación de los televidentes con las realidades circundantes al poner su lente en aspectos que generalmente los canales privados no nos dejan ver.

Después de este panorama, no se avizoran muchas posibilidades de cambio. De la competencia centrarse en atraer publicidad y vender franjas más costosas, la muy regular oferta televisiva se triplicará y tendremos más novelas y más realities y más series morbosas para elegir. Ellos, los empresarios que se quejan porque exista competencia, tendrán menos pauta, pero ese no es un asunto de preocuparse, siempre habrá quien alimente los negocios que no aportan mucho.

Al final del camino, un camino que se recorre en cien canales, siempre será el televidente el que decida su destino. Aunque pegados a la letra que habla de responsabilidad social de los medios, la televisión ideal sería aquella que se diversificara, que pensara en todos los públicos posibles, que nos dejara ver programas de opinión y defensas del televidente y otras propuestas, que si bien unas poquitas tienen, se ofrecen a altas horas de la noche -o madrugada- cuando la audiencia ha reducido considerablemente. Y si los pocos canales con los que contamos en la televisión nacional no se atreven a renovar su mirada de país, de ciudad, para entregar mejores productos a su audiencia, es papel de esa misma audiencia que reclama darle la oportunidad y el apoyo que necesitan las propuestas alternativas que tenemos en Colombia, o bien, apagar el televisor y leer un poco.


Este artículo será publicado por Jenny Giraldo en LoCultural.com

9.10.2007

Comprometer la cultura

Hay una pregunta que nos ronda por estos días. ¿Tiene la cultura alguna obligación con la situación que vivimos? Aunque deberíamos decir las situaciones, porque en un país o continente con cientos de quejas respecto al diario vivir, economía, política, conflicto, es imposible definirnos a través de una situación. Y la respuesta puede llegar a ser obvia para muchos. Claro. Se le canta al amor, a la vida, a los niños en guerra, a los desplazados. El cine se vale de muchas de estas temáticas para sus guiones: Un tema de moda, unos actores de moda, una niña que se empelota y unas canciones pegajosas, para contar la historia de unos soldados y una guaca. Eso es hablar de la realidad que nos circunda de cámaras hacia afuera, de estudios para afuera, sin embargo, ¿qué de crítica, reflexión, análisis y, sobre todo, propuesta, hay en esas expresiones culturales?

Que el artista encuentre en la realidad colombiana un insumo para su trabajo no es muestra de que contribuye a mejorarla, ni siquiera a transformarla. Que cinco voluptuosas modelos, junto a un diseñador forrado en billetes, exhiban unos trajes y donen el dinero a quiénes más lo necesiten, o que un grupo de conocidos actores participe en un reality show para ganar limosnas destinadas a varias fundaciones, no es una muestra de que el arte y la cultura se untan de realidad y buscan salidas alternativas a cada uno de los conflictos que de manera permanente se pasean por los noticieros. Eso sí es pan y circo para el pueblo.

Al respecto, habría que pensar en la cultura vinculada al hombre, como parte de un todo, asimilada desde una visión abierta (lo que algunos hippies modernos denominan visión holística). Es que, por favor, no es lo mismo que se cante sobre los niños, que cantarle a los niños, y además, enseñarles a cantar. No es lo mismo ganar concursos con fotografías desoladoras que hablan del hambre y la pobreza de nuestros barrios, que ir hasta allá, comer con ellos, dejarlos manosear una cámara y dejar que se sensibilicen frente a ese aparatejo de, quizás, dos millones de pesos. No es lo mismo escribir, producir, inventar, mirando desde un balcón y esperando aplausos por tu obra. Ese no es el sentido social del que la cultura también debería abanderarse.

Un arte que se comprometa con la realidad no quiere decir un arte que dé limosnas lastimeras, que construya ranchos para los pobres o que done mercaditos económicos y ropa usada. Cuando hablamos de compromiso, vemos en el arte la posibilidad de un medio para el desarrollo, para el crecimiento, para el fortalecimiento de lo que se llama tejido social, palabras más, palabras menos, de la gente, del pueblo.

Tanto hablar y hablar de que el arte sensibiliza, cambia las visiones de muchos, integra, hace un mundo más… feliz. Tanto hablar y hablar y hablar. ¿Cuál es el reto? ¿Cuál la propuesta? ¿Cuál el aporte? No sobraría hacerse la pregunta entonces de a quién realmente hay que sensibilizar para lograr, con el arte y la cultura, pequeños pasos, pequeños avances para una transformación social: formación artística para aquellos que, a duras penas, tienen acceso a la primaria, intervenciones en zonas de desarraigo habitadas por los invisibilizados de la ciudad, visitas de los artistas que a través de ese contacto sensibilicen, inviten a la reflexión y generen propuestas artísticas que de verdad hablen de la ciudad no desde el escenario, el estudio o el caballete, sino desde el suelo mismo. No será el arte o la cultura la que nos salve de la ignorancia, la ceguera y la mediocridad, pero sí será más alto el aporte cuando esto se convierta en un proceso continuo, cuando la ciudad, toda, viva la cultura y encuentre en ella una forma de ser ciudadanos, de ser personas.

Artículo publicado hace unos meses
por Jenny Giraldo García en LoCultural.com

8.22.2007

Ya somos el olvido...

DESDE las primeras líneas este olvido me conmovió y no voy a negar que casi instantáneamente los ojos se me llenaron del agua que humedece la tristeza, la alegría o la nostalgia. No puedo hablar de esta narración como una novela. Quizá su prosa es demasiado natural, sin simbolismos ni de adornos literarios. Quizá el sentimiento de quien lo escribe es demasiado puro y sus palabras demasiado íntimas, como para ser una gran novela. El mismo libro, en una de sus páginas se define a sí mismo como “el intento por dejar testimonio de ese dolor. Un testimonio al mismo tiempo inútil y necesario. Inútil porque el tiempo no se devuelve ni los hechos se modifican…”

El de Héctor Abad Faciolince, que aquí se reconoce, aún más, como Héctor Abad - hijo, es un relato completamente amoroso, en el que este hombre se confiesa un amante de su padre, incluso en el plano físico, pues las expresiones y gestos cariñosos, abrazos, besos, caricias, eran parte de su ritual de encuentro, un ritual que entre montañas antioqueñas, y más aún en décadas anteriores, era frío, solemne, lejano.

De ese amor nace entonces el profundo dolor que da origen a ese relato igualmente profundo y, así mismo, desgarrador. El olvido que seremos, un libro en el que Héctor Abad Faciolince, hijo de Héctor Abad Gómez, ese médico humanista a ultranza, defensor incansable de los derechos humanos, manifiesta la ira, el desengaño, en últimas el dolor que a él y a toda su familia produjo la muerte de su padre, pero más aún, la alegría que para los mismos trajo el haber pertenecido a esa estirpe. En esas páginas queda descubierta la intimidad de una familia entera, entre amigos, estudios, novios, fracasos, encuentros felices, cenas familiares, costumbres.


Muchos pasajes de la vida nacional también forman esa red de hechos en los que los Abad Faciolince se vieron inmersos durante los años de lucha de su padre. Me conmovió especialmente -en realidad hay muchos pasajes conmovedores- cuando el autor dice que, contrario a lo que sucedía en muchas familias, en esta eran los hijos los que trataban de evitar que el padre asistiera a marchas y manifestaciones, pues sabían que estaba poniendo en riesgo su vida. Y recuerdo también, con indignación sobre todo, el capítulo en el que se menciona cierto ex-rector de la Universidad de Antioquia, de ultra derecha, tirano, injusto, que promovió el odio por el médico Abad y políticas que atentaban contra docentes y estudiantes. Más de 20 años después, este hombre, con su sonrisita maliciosa se sigue paseando por los corredores universitarios, ostentando sus títulos de doctor, hablando de políticas públicas, de epidemiología, de prevención... mientras que del médico Abad, el luchador, el incansable, antiburócrata, solo observamos una foto, una exposición y el recuerdo de sus columnas de opinión y programas de radio.

Y ahora, guardamos también esta radiografía que Abad Faciolince nos deja. Nos permite entrar en la intimidad de su hogar, escondernos detrás de las cortinas de la biblioteca de su padre para escuchar las conversaciones que lo hicieron ser cómo es, oler las comidas preparadas en su cocina, ser partícipes de años y años de vida –y de muerte- de esta familia. Todo esto por un motivo: mostrarnos lo grande que fue su padre vivo y lo grande que es su legado ahora. Creo ya que no queda duda de la gran transformación social a la que podríamos asistir si en la política, la economía, la salud y hasta la religión hubiesen quedado un poco, sólo un poco, de las palabras, las enseñanzas, las ideas del olvidado Héctor Abad Gómez.

Ya somos el olvido que seremos
el polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, las endechas.

Fragmento del poema de Borges que llevaba Abad Gómez
en un bolsillo de su chaqueta el día que fue asesinado
por paramilitares en Medellín, en el año 1987

8.01.2007

Y seguimos tan tranquilos

HÉCTOR Rincón lo dijo, lo preguntó ¿Por qué nadie se ha pronunciado sobre la denuncia que hicieron algunas organizaciones sociales de Medellín sobre la "esclavitud" de niños y niñas en esta ciudad?. Sin embargo, no es de sorprenderse. Esta ciudad tiene aquel mal vicio de seguir derecho, de permanecer callado. Y no sabe uno si culparse, culparnos, o si es que ya alcanzamos ese nivel de inmunidad y tolerancia ante la desgracia, siendo nosotros mismos tan víctimas como los niños que suben a los buses con sus dulces y sus vallenatos desentonados, o como los niños que uno se encuentra en las mañanas saliendo de costales y cambuches improvisados en las calles del centro, o como las niñas que se exhiben -y se venden- en los bajos de estaciones del metro, en las afueras de bares y en los acopios de taxis.
Ellos, explotados por sus padres, por sus familiares, por sus amigos, tienen sus expectativas de vida tan reducidas como prolongadas por el nacimiento desmesurado de hijos e hijos e hijos de la calle, que perpetuarán ese círculo de pobreza, miseria, prostitución, maltrato y esclavitud.
Ellos ya no lloran, porque aunque la vida les ha enseñado a sufrir, no les ha permitido llorar, y los otros, los que pasamos de lado, tan inocentes y lejanos de ese sufrimiento, lloramos cada noche, cuando vemos las noticias, cuando se nos acercan a pedir limosna, cuando los vemos con sus ojos esperanzados, como los de cualquier niño, pero sin la esperanza que debe abrigar a cualquier niño...
Los otros, nosotros, lloramos, y al otro día nos levantamos, y salimos a la calle, y volvemos a ver y a llorar, y algunos quizá lo escribimos, lo comentamos, lo condenamos, lo maldecimos, nos avergonzamos de vivir en esta eterna primavera, pero nos aguantamos, y dejamos que la vida continúe, y que se perpetúe esta cadena.