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3.06.2016

"La paz esté con vosotros"

La reconciliación de David y Absolón.
Rembrandt. 1642
La religión en la que me criaron, a la que pertenece una gran parte de mi familia y de las personas que conozco, promulga, cada semana, en ese ritual denominado eucaristía o misa dominical, "la paz esté con vosotros y con vuestro espíritu" y, en un acto simbólico, la gente que asiste a la parroquia, capilla o iglesia, se da un apretón de manos o un abrazo como señal de paz, de reconciliación.

Estas dos palabras habían sido hasta hace unos años, para mí, valores meramente subjetivos, humanos, infundidos, en mi caso, por la religión y por la educación escolar, que tenía asignaturas como ética y valores o religión. La paz era perdonar, reconciliarse con el otro, no maltratarlo. Una cosa en la que insistía mi mamá era que no tenía sentido ir a la iglesia, comulgar y salir a "hablar mal del prójimo".

Hoy, las palabras paz y reconciliación han tomado otro tinte en el diálogo cotidiano. Se volvieron conceptos políticos y van más allá de una paloma, un apretón de manos o la condición íntima del ser o el espíritu. Hoy la paz se negocia, tiene condiciones, depende de voluntades. Y de una de las voluntades de las que depende es la de los votantes. Sin embargo, hay quienes, aún criados en esta misma religión, la que promulga el amor, la paz, la reconciliación, el "poner la otra mejilla", no están dispuestos a abrirle el camino a esa paz; en algunos casos, no quieren siquiera ponerse en la tarea de comprender qué sucede en estos diálogos. Es suficiente para ellos con saberse parte de un bando y que existe otro en contra al cual es necesario derrotar.

"No con conversaciones sino pagando con su muerte el infame podrá resarcir la muerte del mártir", pronuncia Anna Pávlovna en las primeras páginas de Guerra y Paz. Esta frase, traída desde el siglo XIX puede ser traducida en expresiones que escuchamos diariamente y que no le dan lugar a la vía de la negociación para terminar el conflicto. Somos sangrientos, preferimos derrotar al enemigo hasta la humillación, sin importar lo que nos llevemos por delante: civiles muertos, territorios arrasados, devastación económica, huérfanos, viudas, viudos, escuelas convertidas en fortines militares, niños y niñas robados de sus hogares u obligados pero, en todo caso, reclutados a la fuerza. Tantas pérdidas.

De quienes están en contra del proceso de paz no me sorprende tanto la capacidad de repetir discursos que parece que no se agotan: "le están entregando el país a las Farc", "se están gastando nuestro impuestos de paseo en La Habana", "el congreso se va a llenar de guerrilleros". Me ha sorprendido más el deseo de guerra. "Yo sí quiero la paz, pero no esa", es otra expresión corriente. ¿Pero cuál es su propuesta de paz entonces, cómo lograrlo en el corto plazo?. No, no hay respuesta. La única vía es la confrontación armada, la guerra, la muerte del enemigo y, de paso, de unos cuantos amigos.

Me pregunto constantemente qué es lo que opera en estos seres; qué pasa por sus cabezas o qué se mueve en sus corazones. Recuerdo con vergüenza la muerte de Raúl Reyes en 2008. Creo que la forma en la que fue acribillado es, en definitiva, consecuencia del juego que estaba jugando: la guerra. Sin embargo, los carros pitando en tono de celebración, como si de un triunfo de la Selección Colombia se tratara; personas bebiendo con el orgullo que les produjo dicha operación militar, la celebración de la muerte, ese recuerdo es una muestra del desquicio al que nos ha llevado la guerra.

Un deseo de venganza enquistado, una necesidad de pertenecer al bando de los "buenos", de los "vencedores", una imposibilidad para contemplar la posibilidad de una sociedad reconciliada. Y claro que aquí juega de local la desconfianza, esos son los seres que ha construido la guerra. Uno de los miedos está puesto en que la guerrilla retome sus formas de lucha, que vuelvan las épocas del terror tras la firma y refrendación de un acuerdo. Y es normal la inquietud: si hay firma y luego una voladura de torres, ¿cuál fue la paz que firmamos? Pero ahí está el reto como sociedad: recuperar la confianza. Seguro tendremos que encontrar formas y mecanismos para hacer justicia con quienes aun tras el acuerdo insistan en perpetrar el conflicto; de hecho, los acuerdos contemplan penas que seguro no se acompasan con el daño que han hecho, pero que, como de una negociación se trata, habrá que ceder. 

Sin embargo, yo sigo creyendo que vale la pena darnos una oportunidad como país. Yo, también tengo miedo. Ese mismo: que los acuerdos se queden en un papel firmado y sean las Farc las que le incumplan al país. También tengo miedo de que comiencen a desaparecer líderes de izquierda, o a aparecer asesinados, que los guerrilleros que se acojan a las condiciones del proceso sean víctimas del odio de los "buenos" y también resulten muertos en una nueva guerra. Y que la paz sea un negocio para los poderosos, sea la vía de entrada para multinacionales que, de manera perversa, también han contribuido a la perpetuación de esta guerra, que la paz sea la ruta para seguir vendiendo y empeñando el país. Sí, el proceso y sus resultados también me generan miedo.

Y a pesar del miedo, sigo creyendo que la mejor forma de hacer justicia con un país desquiciado por tantos años de guerra es apostarle a una transformación política profunda y sesenta años nos han demostrado que las armas no cambian nada. Es hora de reconocer que el conflicto armado nos ha enloquecido, nos ha vuelto violentos en el discurso, nos ha impedido reconocer al que piensa distinto, nos ha llevado a legitimar el dolor ajeno como un mal necesario para vencer. Me encanta que la paz se nos haya vuelto tema de conversación: en la familia, en los grupos de amigos, grupos de estudio, medios de comunicación, foros, plenarias, seminarios. Prefiero la paz en la agenda pública y cotidiana, porque soy partidaria de que, en definitiva, creer en este proceso nos otorga el derecho a soñar con otro país. Y eso ya es una ganancia, un avance. 

Hay un riesgo, otro asunto que da miedo, y es cómo comenzarán a aflorar las otras guerras, las que no ocupan de manera tan determinada los medios de comunicación. Y como sociedad belicosa que somos, seguramente nos tendremos que inventar otro enemigo, armarlo a la medida de nuestras necesidades. Ese será otro capítulo de la historia. Por lo pronto, como los Montesco y los Capuleto de la pintura de Leighton, será mejor reconciliarnos sobre los muertos que ya tenemos y no esperar a producir más muertos para desear que la paz esté con nosotros.

La reconciliación de los Montesco y los Capuleto sobre los
cuerpos muertos de Romeo y Julieta. Frederick Leighton. 1855.


1.03.2012

Desadaptadoz: gritos urgentes, historias aprisionadas

La voz de esa mujer me encanta. Ella pasa con un megáfono, gritando; lleva blusa verde brillante, falda brillante y un sombrerito miniatura sobre una peluca rosa: sí, es una payasa con un megáfono. Pero no estaba yo en 1990, caminando por ese saturado centro de Medellín haciendo compras navideñas, cuando solía ver payasos armados de megáfonos, anunciando cualquier promoción. Recuerdo mucho esos días: yo solía caminar con mi papá por el centro y escuchaba a los payasos que invitaban a entrar a un restaurante o a comprar algún producto. La payasa de esta historia, por supuesto, no estaba allá. Y no estaba porque no recuerdo haber visto nunca a una mujer-payasa en ese rol de anunciante callejera.

Era el payaso, nunca la payasa. Y eran aterradores: su maquillaje se iba diluyendo entre gotas de sudor; qué digo gotas, ríos de sudor que recorrían esos rostros blanquecinos y dejaban caminitos desteñidos, de color rosa, resultado del blanco de zinc y el color de la piel. Sus voces, estridentes, chillonas, fastidiosas, empalagosas; un fallido intento por ser cómicos y halagadores. Sus ropas, a veces raídas y sucias; nunca estuve tan cerca para saber si, además, podría describirlos como malolientes, intuyo que sí, claro, porque esos días los recuerdo como calurosos y congestionados. No exagero. ¿A quién se le podría ocurrir que un payaso era una buena estrategia de mercado? A mí me espantaban. Hace poco vi una obra de teatro en Bogotá: La Siempreviva, de Miguel Torres; el contexto: toma al Palacio de Justicia; uno de los personajes: un pobretón al que con sus trabajos temporales, a veces de mesero, a veces de payaso anunciante, no le alcanza ni para medio sobrevivir. Esos eran los payasos que yo conocía.

Pero a ella, la payasa que veo en la tarima con un megáfono, y a ellos, los otros payasos que la acompañan, los conocí hace poco más de un año y desde entonces los escucho con frecuencia, intento verlos cuando hay oportunidad y pienso constantemente en ellos y lo que significan sus pelucas, sus vestuarios, sus palabras.

Se llaman Desadaptadoz, hacen punk y se visten de payasos para subir al escenario. Se burlan de la guerra, pero se burlan con dolor: “El rostro de la patria mía es una mueca dolorosa, nos mira desde el pasado y su risa se escucha hoy”; así cantan, así lamentan, así persisten “en este alegato contra las guerras”, como señalan ellos mismos en la presentación de su disco 'No seas un payaso más de la guerra'. Bajo, guitarra, batería y una potente voz femenina; yo, que de música sé poco, escucho ese punk clásico, sencillo, que suena como a latido de corazón agitado. Y escucho, también, gritos desesperados, frases dolorosas, la crónica sangrienta de la guerra silenciosa, la guerra de los campos, de las calles de los barrios. Palabras de desesperanza.

“ Cada día, paso a paso, nos adentramos en la oscuridad 
Para nosotros no hay caminos ni a los lados, ni hacia atrás 
Es un mundo de infamia, es un mundo de enfermedad 
Hay un odio construido con nuestros desencantos” 

¿Por qué payasos?

Carlos Alberto David aceptó conversar conmigo hace un año, cuando hice un trabajo para la maestría que estudio, sobre la figura del payaso en el arte y la presencia de esa figura en la propuesta de activismo político y social de las Comunas 5 y 6, que lleva por nombre Toke de Salida y que lideran, entro otros, los Desadaptadoz. Telefónicamente me explicó que el payaso“habita una tierra, pero es la tierra de nadie, está en el centro y en el margen de la sociedad. Es el feo, el ridículo, el outsider, el rechazado, el marginal. Se confunde en esas categorías binarias que la sociedad nos impone, pero por ser un arquetipo popular, se le reconoce cierta sabiduría”. Por eso el payaso es un sujeto propicio para el dolor y la burla que se muestran en su música, sus letras y su performance. 

Pero Desadaptadoz no está solo en ese escenario. Existe el CIRCA -Clandestine Insurgent Rebel Clown Army-, un ejército que, a través de acciones directas no violentas protagonizadas por los payasos, busca “instaurar la desobediencia y su capacidad de interrumpir, criticar y hacer visibles los conflictos sociales”. Por ello, esta banda de punk de Medellín decidió convertir al payaso en su símbolo, porque éste, como arquetipo, reúne elementos que les posibilitan la crítica, incluso hacia ellos mismos. Han buscado mezclar una práctica antigua, como el arte de ser payaso, con una contemporánea, que es la desobediencia civil. Así, les ha sido posible romper también con el discurso esquemático del activismo político, pues ellos, con el payaso, pueden transmitir ese mismo discurso a través de un elemento infalible: la risa. Para ellos, la risa sarcástica ha sido la expresión propicia para criticar el silencio, "acto brutal sobre el cual se construye la sociedad". Se silencian los hechos, se silencia el cuerpo y la expresividad. Se silencia y se olvida. Pero el payaso, que es el que no habla en serio, el rechazado, está ahí para hablar, para decir eso que los otros, los políticamente correctos, han decidido callar; y lo puede hacer usando la risa y la mofa, pues se transgreden ciertos órdenes y normatividades socialmente arraigados y aprobados.

Además de la figura del payaso, y como gracias a él es posible construir el carnaval y la fiesta, la banda se vale de ese elemento: el de la celebración. A pesar de esa depresión que en ocasiones el payaso encarna, del carácter macabro que se le ha imprimido y del rechazo que en algunos puede generar, el payaso está en la vida cotidiana como un sujeto colorido, alegre, que llama a la fiesta y a la risa. De esa condición se aprovechan ellos para capturar la atención de personas diversas: niños, adultos, ancianos. Así que al surgir Toke de Salida, los Desadaptadoz propusieron al payaso también como el personaje vinculante. Explica Carlos Alberto que la representación del payaso muerto, por ejemplo, es un acto conmovedor para los niños, por lo tanto, plantea para ellos tempranas reflexiones sobre las consecuencias de la guerra. Los carnavales son apuestas aún no ganadas por la convivencia, creatividad y espontaneidad como armas para combatir la guerra y la represión. 

Durante los momentos del carnaval por las calles de los barrios se asiste a un juego incesante que ellos intentan introducir en los procesos de organización y resistencia. El objetivo es sembrar la confusión, más que la confrontación política; confusión en un sentido reflexivo, de búsqueda. Salirse del ropaje y de la postura lineal no es solo un acto lúdico, es también una posición, desde ahí los sujetos pueden entenderse desde otras perspectivas que permitan nuevas soluciones a las problemáticas que por años se repiten de la misma manera y que desde las fórmulas tradicionales para la resolución de conflictos no ha sido posible mejorar. Un ejemplo es A la salida nos vemos, esa tradicional frase que invita siempre a la violencia en las aulas, es hoy una iniciativa con la que se pretende, a través del arte y la música, precisamente, derrotar esas violencias, mínimas en apariencia, pero estructurales. Y a propósito, bueno es ver el video de Déjennos en paz, en el que un salón de clases se convierte en un carnaval de payasos, música y niños brincando punk y pidiendo paz.

En suma, el payaso, como objeto cultural, representa la burla, la mofa. Los Desadaptadoz, además de usar pelucas y narices, añaden a su vestuario elementos de la indumentaria militar, para convertir a ese payaso que veo en la tarima en un símbolo de rechazo a las jerarquías tradicionales, a la fuerza como medio para cualquier fin. El payaso representa, incluso, un acto de rebeldía contra tradicionales identidades del punk como género en la ciudad: las crestas se cambian por las pelucas de colores y los jeans apretados y rotos por pantalones camuflados. También hay una búsqueda con relación a su propia estética, una resistencia a ser iguales en la diferencia. El payaso es el elegido para ridiculizar la guerra, para rebelarse dentro de ellos mismos y para invitar a los que asisten al carnaval a encontrar su payaso interior.

Vuelvo a la mujer del inicio, a la payasa que canta. Ella, usando el megáfono y con un fondo musical circense, grita: “Pan y circo para el pueblo, pero ni pan ni circo nos han dado, solo un espectáculo dantesco de muerte. De tantas, que ya nos acostumbramos a la muerte cotidiana. Alineados unos a otros, los cuerpos abaleados, a veces con las manos atadas y los ojos vendados, calcinados y destruidos por sierras se repiten una y otra vez en la pantalla del televisor...”







11.25.2011

Revolución en la 13, un territorio que la violencia no vence.

Un sábado me fui con algunos amigos a hacer el Graffitour de la Comuna 13. En la estacion San Javier del metro nos recibieron Jeihhco y el Perro. El primero, MC, líder de la Red Élite Hip Hop, trabajador social empírico; el segundo, joven graffitero de la zona, profe de graffiti, enamorado de las paredes de los barrios de su comuna. Esa mañana estaba bien soleada, yo olvidé usar bloqueador y llevaba una camisa que me dejaba un hombro descubierto, así que la marca de un disparejo bronceado me quedó de recuerdo por un par de semanas.
Caminamos cuatro horas. El primer graffiti era ya una historia: un mural para los recuerdos. Los retratos 'graffitiados' de cinco amigos que se han topado a la muerte abren las puertas de la memoria de la Comuna 13. Una memoria escrita y musicalizada con rap, trazada con aerosoles y expresada con movimientos corporales. Y seguimos caminando y vimos graffitis hermosos y nos dejaron firmar en una pared con una lata de aerosol verde y luego conocimos la cancha de Las Independencias, dónde se hace cada año, desde hace siete, el Festival Revolución Sin Muertos. Y ese Festival es el punto de este post, hoy que le devuelvo vida a este abandonado blog.

Lo que se teje detrás de lo que muchos podrían pensar que es sólo un concierto de rap, una presentación artística, es fuerte y profundo. Revolución Sin Muertos es una ventana a la memoria de la Comuna 13; es la narración histórica de la violencia, la esperanza y la vida; es la expresión de miles de habitantes de este sector de la ciudad que un día decidió decir: Estamos aquí, somos comunidad y “En la 13 la violencia no nos vence”. Por eso existe hoy este reportaje en el que se plantea una mirada al Festival desde el concepto de esfera pública. Era una tarea, sí. Pero lo hice con tanto gusto, que creo que hasta ahora es mi final más disfrutado. Entre otras, en medio de tanta producción académica, fue placentero convertir lo que pudo haber sido un ensayo de 10 páginas, no apto para publicar en un blog, en un reportaje radial de una hora con una mezcla de elementos que suenan, para mi gusto, bastante bien: radio + periodismo + hip hop + memoria + Medellín.

Revolución Sin Muertos - Reportaje by jennygiraldo

3.09.2008

Víctimas con nombre propio


Las víctimas de esta guerra tienen nombre propio. Son mujeres, hombres, niños y jóvenes cuyos rostros no nos son ajenos. Se llaman Juan, Alberto y Nora; sus apellidos son Cobaleda, Ruiz y Giraldo. Son las almas que todos los días, y desde hace más de 20 años, nos está robando la violencia.
Tristemente, la última manifestación en homenaje a estas víctimas no fue muestra de ese dolor compartido, no dio fe de una tragedia colectiva. Se mezclaron los rostros de las madres que esperan, que piden vivos a sus hijos, que piden aunque sea un cuerpo al cual sepultar y llorar con los discursos antiimperialistas de estudiantes que se manifiestan quemando banderas y que piden paz con actos de violencia...
La petición en una y es simple: BASTA! para que Colombia no se nos termine de desangrar.

3.03.2008

6 de marzo de 2008

Sólo espero que esta fecha no se recuerde como la de la marcha frustrada en la que unos cuantos pretendían protestar en contra de los paramilitares y los crímenes de estado. O, lo que es peor, que no sea recordada.

Hice la pregunta repetidas veces cuando se acercaba la marcha del 4 de febrero. La respuesta era inmediata e inminente: sí, sí marcho, porque estoy en contra de las Farc, porque quiero que devuelvan a los secuestrados. Y todos marchamos, salimos a la calle con camisetas blancas, compramos camisetas con mensajes de libertad, despreciamos a la guerrilla de las Farc por la inhumanidad de sus actos. Ahora, repito la misma pregunta y la respuesta no deja de preocuparme: no sé, tal vez, cuándo es que es esa marcha, quién la organiza, yo ya marché. En suma, más dudas que respuestas, y pocas de ellas positivas.

La marcha del 6 de marzo no ha sido publicitada, no ha sido mediatizada. Hasta ahora no he escuchado o visto campañas masivas que inviten al encuentro y no he leído comunicaciones o análisis que le den a la marcha el status de una gran manifestación de la sociedad civil, no ha sido catalogada de smart mob y el número de integrantes que el grupo que apoya esta causa tiene en Facebook no alcanza ni la mitad de los que aún están registrados en el grupo ‘Un millón de voces contra las Farc’.

Me ha tranquilizado, sin embargo, opiniones y editoriales que este fin de semana recordaron la importancia de esta marcha, por convertirse en un acto de justicia. El discurso ha logrado ya una homogeneización que desembocará en miles de persona reunidas diciendo que la violencia no es aceptable bajo ninguna causa, ninguna excusa y ningún nombre.

Sigue siendo preocupante esa aceptación silenciosa de la derecha, esa paramilitarización de la sociedad que redunda en una excesiva tolerancia aún frente a las evidencias de desaparecidos, fosas comunes, muertos y cínicas confesiones. Justicia, paz, desmovilizados y reparación no son más que falsos puentes que nos han llevado a ver con buenos ojos las acciones paramilitares y parapolíticas.

Pero es hora de comenzar a ver y a llorar por los dos ojos, como lo expresara Héctor Abad Faciolince en su columna de la revista Semana. Él declara que irá a recordar con dolor la víctima que su familia le puso a esta guerra, su padre, el Doctor Héctor Abad Gómez. Así mismo El Espectador, a través de su editorial, y la revista Cambio, que desde la misma portada recuerda que los paramilitares también han 'secuestrado', sentaron su voz de apoyo a la marcha en homenaje a las víctimas de los paramilitares y de los crímenes de estado. También lo han hecho Eduardo Escobar, Héctor Rincón, María Elvira Samper, que con dos contundentes párrafos dijo: Voy a marchar el 6 de marzo.

Salir una vez más, al medio día a caminar bajo el sol, sacrificar nuevamente dos horas de almuerzo y tal vez dos más de trabajo y atreverse a retar a quienes han hablado de esta como una marcha a favor de las FARC, financiada por Chávez y en contra del estado colombiano, será un acto que realmente demuestre que esta sociedad civil rechaza la violencia en todos sus formatos, reclama justicia para todos y anhela una paz transparente sin intermediarios que usen ese deseo colectivo para alcanzar otros fines.

La imagen se llama War y es de Zombpunk, tomada de Deviantart

10.31.2007

Me gustaba mucho... ser niña

Hay algunos pasajes de mi niñez que recuerdo como los más tristes y crueles de aquellos años. Por ejemplo, una noche en la que lloré desesperadamente después de ver Disney World on Ice, pues tenía la certeza de que nunca más los iba a tener frente a mis ojos. Por ejemplo, las advertencias de mi mamá: si sacaba las manos por la ventanilla del bus un carro pasaría y me arrancaría el brazo; si me comía las ‘pepas’ de las naranjas me iba a crecer un árbol en el estómago cuyas ramas saldrían por mis oídos y fosas nasales; y lo más importante, si no me portaba bien, el Niño Dios no iba a traerme nada en navidad. Esa fue la crueldad que conocí de niña. No le tenía miedo a las balas, ni a la muerte, ni a la soledad, ni al desarraigo y menos, menos, a las bombas y petardos.
Pero una noche, a eso de las siete, un noticiero me robó esa inocencia del miedo infantil, del miedo a los monstruos que se esconden en los armarios, a la oscuridad, a las brujas… esa noche comencé a vivir mi vida con miedo, conociendo ya la atrocidad descarnada del mundo en el que me había tocado vivir.
A Bogotá llegaba un espectáculo de esos que yo tanto había disfrutado y que tanto me había hecho sufrir. Una familia fue en busca de las boletas, sin saber que su carro había sido usado por manos destructoras, malvadas, dañinas: carro – bomba. La nota de televisión fue muy explícita: la niña se quedó a esperar a sus padres y hermano dentro del carro, y en esas el vehículo explotó. El cuerpo de la niña fue hallado completamente desprendido de su cabeza. Lloré, lloré como nunca. Ese día entendí que la maldad existía más allá de una bruja con una aguja de rueca o una manzana envenenada. Esa fue mi bienvenida al mundo real.
Ayer reviví ese horror de ser niño y vivir a merced de las balas, los petardos, los grupos al margen de la ley, la violencia.
Me gustaba mucho tu sonrisa es el nombre de un libro que recoge textos de niños de las comunas 1, 8 y 13 de Medellín. Niños víctimas de la violencia reciente que se ha configurado en los barrios, y que desde sus pequeños seres, la viven y la sufren tanto o más que cualquier adulto involucrado.
Leidy pide que sus padres mueran naturalmente; a Juliana y a sus compañeros les tocó agacharse en el salón de clases para no ser tocados por la balas; en el colegio de Yeison, un partido de fútbol es fruto de choques entre los niños, que desde ya dejan ver sus rasgos violentos; Juan, un chiquito que apenas sí sabe modular, sólo pide paz. Algunas de las palabras de miles de niños de este país que desde siempre han tenido que entenderse con la violencia de tú a tú.
Pero además de esas palabras que sacan lágrimas, pude ver una obra de teatro de dudosa calidad artística y gran sentido ¿social? Un grupo de jóvenes de la Comuna Trece nos hizo vibrar con el estallido de las balas de encapuchados, que ellos representaban. Luego, el atraco en el bus, la muerte de amigos, familiares, conocidos. La muerte del que pasaba y recibió la bala, la muerte de la hermana de, por ser la hermana de, la muerte en la esquina, al frente de las casas, el susto bajo las camas, la negación del futuro. Dice uno de los improvisados actores: “Le cambio eso que llaman futuro por una oportunidad en la vida”.
Locombia
Esta es la historia de un país llamado Locombia. En él vivían personas muy violentas, estaban tan locos que los niños no podían salir de sus casas porque los adultos estaban muy ocupados matándose entre ellos mismos. Y hasta había veces que les pegaban, y otras abusaban de ellos, y así estos niños se iban volviendo adultos locos y agresivos como todos los habitantes de Locombia.
Esas son las palabras de los niños que, de cuenta de la guerra, han vivido una niñez tan atropellada como esas lecturas mal hechas. Una niñez sin pausas. Y vuelvo y pienso que los niños no deberían estar hablándome a mí, que soy adulta, de la violencia y del dolor que ya los tiene marcados.
Tristemente, hasta ahora, sólo he encontrado esto
Sobre la foto: La tomé en Belén Altavista, un corregimiento de Medellín. Los gallos son otras víctimas de esa enfermedad humana. Somos violentos por naturaleza, y a la naturaleza la vamos obligando a serlo.