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5.12.2018

Mujeres y ciudad, un asunto de derechos



¿De qué hablar hoy cuando nos invitan a hablar de mujeres, feminismos o violencias de género? Como si hubieran estado en una olla a presión—y uso esta trillada metáfora por lo cotidiana que nos resulta—, han emergido con fuerza todos los temas, las reivindicaciones, las quejas: la violencia y el acoso sexual, especialmente en ámbitos laborales, la ausencia de mujeres en diversos espacios públicos de discusión, la paridad en la participación política, las brechas salariales. Cada vez reconocemos nuevos escenarios de discriminación y aparecen entonces nuevas luchas. En esta oportunidad, me concentraré en una que, por supuesto, guarda profunda relación con muchos de los hechos recientes que han dominado las agendas local, nacional e internacional: el derecho a la ciudad de las mujeres.

Marcha de las mujeres. 8 de marzo de 2018. Medellín.


¿Y es que es distinto hablar del derecho a la ciudad de las mujeres que del derecho a la ciudad de los hombres? En un escenario ideal no tendría que serlo. Las mujeres deberíamos ser tan dueñas de la ciudad como los hombres. Deberíamos tener el mismo acceso y las mismas posibilidades para construir, habitar y recrear nuestras ciudades; sin embargo, la definición de lo masculino y lo femenino sigue estando ligada a lo público y a lo privado respectivamente, y la socialización de los géneros aún parte de la división sexual del trabajo que pone a las mujeres en desventaja. Esas diferencias las notamos hoy en asuntos como el tipo de juguetes que se venden para los niños y las niñas, en la práctica de los deportes y juegos de equipo en la escuela o en el número de horas no remuneradas que trabajan hombres y mujeres. Si miramos esos elementos, podemos ver que hay unos condicionamientos que limitan el uso del espacio público para las mujeres y, por lo tanto, las garantías de su derecho a la ciudad.

Si bien la industria de los juguetes ha cambiado, no hemos llegado a un punto en el que niños y niñas puedan elegir libremente un juguete (o un color de ropa o de cuadernos) sin que medien condicionamientos relacionados con su sexo: hablamos del típico “azul para los niños, rosado para las niñas”; y no se trata solo del color, sino del tipo de juego. Entren a una juguetería en época navideña y hagan una revisión concienzuda de lo que allí se ofrece para niños y para niñas y cómo esto influye en la asignación de los roles de género. O vayan a un colegio a la hora del descanso y observen las actividades propias de los niños (juegos en equipo, fuerza física) y las de las niñas (revisión del celular, corrillos de conversación en los corredores). Ninguna de estas actividades surgió del deseo infantil, las elecciones de los niños, las niñas o los adolescentes son producto de las prácticas culturales en las cuales se desenvuelven. Valga decir, entonces, prácticas culturales machistas que limitan el libre desarrollo de la personalidad e imponen formas de ser hombre o mujer.

El último ejemplo que traigo a colación es el de las horas de trabajo; las cifras más recientes de la OIT que tengo a la mano (2016) muestran que las mujeres, sumando horas remuneradas y no remuneradas, tienen jornadas más largas. En Colombia el dato es desalentador: en horas, los hombres duplican a las mujeres en trabajo remunerado, mientras que en trabajo no remunerado, son las mujeres las que triplican —y un poquito más— a los hombres (Ver estudio Cepal). Esto tiene que ver con la cantidad de horas dedicadas a las tareas domésticas y al cuidado de los hijos, tareas que habitualmente no asumen los hombres de la casa, así ambos trabajen y tengan horarios por cumplir. A nosotras se nos enseñó desde pequeñas que cuidar bebés era un asunto esencialmente femenino. Hombres y mujeres ponemos en práctica lo aprendido cuando crecemos. No es difícil adivinar quién tiene mayores posibilidades de goce y disfrute del espacio público y la ciudad.

Ahora, a los estereotipos y las construcciones sociales de género, sumemos lo que sobreviene en términos de violencias contra las mujeres en el espacio público. ¡Las mujeres tienen miedo de salir a la calle! No, no es una exageración. Percibimos la ciudad como un riesgo, sabemos que debemos salir, que encerrarnos no es una opción, pero al mismo tiempo somos conscientes de que, además de los robos y atracos, la calle es un escenario en el que se ponen de relieve las desigualdades. El acoso sexual callejero es una de esas expresiones, y su justificación es la idea mezquina de que los cuerpos de las mujeres están al servicio y para el placer masculino. Muchas mujeres tienen claridades frente a los lugares que deben evitar, por dónde pueden caminar solas, cómo deben vestirse y a qué horas se deben entrar. La cultura nos despliega una serie de dispositivos de seguridad y de control frente al cuerpo de las mujeres que limitan las posibilidades de uso del espacio público; como estrategias de protección, aparecen censuras y prohibiciones impuestas y autoimpuestas.

Y a todo esto, se suma que tenemos ciudades al servicio del capital, planeadas y construidas para las actividades productivas, que desconocen los trabajos del cuidado y las rutas propias de las mujeres que, además del trabajo remunerado, realizan otra serie de labores que exigen otros tránsitos. Aunque la búsqueda de la igualdad nos tendría que llevar a que esta economía del cuidado esté en manos de hombres y mujeres, hoy la realidad es que, mayoritariamente, ellas son quienes la asumen: cargan bebés, llevan niños de la mano, arrastran cochecitos, empujan sillas de ruedas y se les suele ver con más frecuencia en tacones y con bolsas de mercado.

La Carta por el derecho a la ciudad de las mujeres (Barcelona, 2005) contempla estos aspectos. Y muchos más. El derecho a la ciudad está vinculado con la participación política, la representación en escenarios de planificación urbana y territorial, el acceso a los servicios públicos, las condiciones del transporte público, el acceso a la vivienda, etcétera. Necesitamos políticas que consideren la situación particular de las mujeres en el mundo y en las ciudades, que comprendan que, debido a la división sexual del trabajo, somos nosotras quienes afrontamos trayectos y desplazamientos con mayores dificultades que los hombres. Necesitamos, además, seguir insistiendo en las necesarias transformaciones culturales para que hablar del derecho a la ciudad —como conquista o como reivindicación— nos involucre a todos, hombres y mujeres, en igualdad de condiciones, y así, seguir eliminando las brechas y destruyendo las dañinas ideas sobre los lugares que cada género debe ocupar.

En ese sentido, es urgente que desactivemos ideas machistas, como aquella que responsabiliza a las mujeres que usan minifalda de las conductas de los hombres que las rodean. O creer que la crianza y el cuidado del hogar son asuntos de las mujeres, o que por ser más organizadas o “limpias” debemos asumir tareas domésticas en los ámbitos laborales. La tarea es ardua y exigente, para todos, sí, pero especialmente para las mujeres. Salir a la calle el 8 de marzo, por ejemplo, es una forma de decir que la ciudad también es nuestra, que queremos que las calles y aceras sean ocupadas por las mujeres, sin miedo, sin rechazo, sin que los hombres acudan a sus prácticas tradicionales para amedrentarnos y hacernos sentir que más nos valdría estar encerradas en cualquiera de los claustros contemporáneos que nos corresponden. Nuestras son las calles, nuestros los espacios públicos y nuestras las oportunidades.

Me permito una posdata:
No deja de sorprenderme (cada día me sorprende más) que aún tengamos eventos en los que todos los invitados son hombres. Pasa con mucha frecuencia. Y esto también tiene que ver con el lugar de las mujeres en la ciudad y en la esfera pública. La excusa de que no invitamos por su género sino por su conocimiento es hoy inválida. Los hombres han estado siempre al frente, han sido visibles, por eso, cuando pensamos en nombres, siempre serán los masculinos los que aparezcan primero. Dejemos la pereza mental, esforcémonos un poco, obliguémonos a un 30 por ciento de mujeres participando, no lo hagamos por cumplir una cuota de género, hagámoslo porque hay mujeres que tienen aportes valiosos por hacer y porque históricamente, estamos en deuda con esas voces.

7.09.2012

¿Qué tanto ha cambiado Prado Centro?

'Prado a la sombra' fue el título de este texto, que publiqué en el periódico La Hoja en noviembre de 2007.  Han pasado cinco años y la sensación de quietud, soledad e inseguridad es casi la misma de hace cinco o diez años; algunos nuevos edificios y algunas salas de teatro o casas dedicadas al arte han llegado para introducir cambios en esa rutina y en ese letargo en el que se ha sumido el patrimonial Prado. Pero allí siguen sus viejos habitantes, aún con miedo de que sus propiedades y sus historias desaparezcan entre el moho y el olvido.
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La Casa del Alcalde. Palacé. Octubre de 2007

fue eje de esta Medellín y que por años ha vivido a la sombra.
En contraste con ese barrio de prósperas y tradicionales familias que una vez inició Ricardo Olano, hoy las casas de Prado están pobladas por pequeños grupos de personas, a veces sólo parejas de abuelos que de vez en cuando reciben las visitas de sus familiares.

Debe ser esa la razón por la que al recorrer este barrio uno no encuentra muchos caminantes a su paso, pocas tiendas de esas que convocan a los vecinos alrededor del precio del huevo, ningún niño en bicicleta, pocos jóvenes en las aceras y una que otra mujer que aprovecha la limpieza de su acera para socializar con la de en frente. No hay un lugar para un café, una cerveza o un vino, no hay parques. Prado no es un barrio que convoque a la tertulia y al encuentro.

“A Prado no lo tumbaron de milagro”, dice Juan de Dios Ceballos, desde su casa, que queda en una esquina; una casona que parece que el tiempo sí ha comenzado a tumbar. El interior es frío, la humedad se come poco a poco las paredes y los techos, y se eleva ese olor penetrante que a veces se parece al olor del abandono. Y esa sensación se extiende, otra vez, y a cualquier hora, por las calles y carreras que atraviesan a Prado.

En esa aparente calma, en ese sopor que envuelve su cotidianidad, este barrio ha sido víctima de múltiples cambios: Algunos de sus habitantes sienten que aún hacen parte del Centro de la ciudad, aunque la Oriental sea la cicatriz que quedó después de que intentaron romperle la cara; para otros, inevitablemente, esta avenida los alejó del centro y los echó al olvido.

Y a esa división que representó la Avenida Jorge Eliécer Gaitán, se suma la llegada del Metro, más reciente en la historia, y que terminó de encerrar a Prado entre dos ejes de desarrollo para la ciudad, apartándolo mucho más del comercio, de la vida nocturna y del centro en su totalidad.

Parece entonces que el desarrollo no hubiese llegado a Prado, pues sus viviendas quedaron anquilosadas en el siglo antepasado, prevalecen las grandes construcciones de diversos estilos arquitectónicos, pesadas a la vista y al bolsillo de sus habitantes. Poco queda de aquellas familias aristocráticas que se unían alrededor de una mesa de comedor en las suntuosas casas de diez, once o doce habitaciones, patios interiores, salones y solares.

Hoy se encuentran pocos edificios, ninguno de gran altura, el más alto se llama Prado Real, y queda en Moore con Palacé, tiene siete pisos y 54 apartamentos, ese es el lote con mayor densidad de habitantes. Justo en frente de su portería está la casa de Omar y Gladis, que viven con sus dos hijas y se reparten –ellos y sus pertenencias– entre los once cuartos que antes ocuparon hermanos, hermanas y padres de Omar*. De esa misma manera, las casas de Prado están habitadas por muy pocas personas, muchas ya viejas, adultos mayores que poco salen a la calle, que pocas necesidades de consumo tienen y que poco dinero guardan. “Aquí somos poquitos, viejos y pobres”, dice uno de los que así se considera, Gonzalo Isaza.

Muchas de las casas de Prado, incluso las habitadas, huelen a viejo, a muebles guardados, a la humedad que dejaron las goteras que han logrado curarse en sus techos. De puertas para dentro no hay patrimonio y, al parecer, son los habitantes de estos caserones quienes pagan el precio de habitarlo. Porque la belleza de sus viviendas y la intención de conservación y preservación les impiden quitar o poner un ladrillo, convirtiéndolas en un encarte, pues al haber superado su vida útil –techos, paredes, acueductos, alcantarillados y redes eléctricas aporreados por el tiempo han salido del mercado inmobiliario. Ya a nadie le interesa comprar en Prado.

La periferia de Prado, la que marcan la Oriental, Bolívar y Barranquilla, está habitada por grupos sociales que poco o nada tienen que ver con sus actuales habitantes. Por eso hay miedo y reacciones ante la posibilidad de una nueva cara para Prado: “Sabemos los vecinos que tenemos –dice Omar Cardona, padre de familia, tradicional habitante no queremos que Prado se convierta en un corredor para travestis, indigentes y expendedores de drogas”. Por eso, en mayo de este año, el Concejo de Medellín, por la presión de Aproprado, la asociación de propietarios, se vio obligado a desistir de la construcción de un bulevar peatonal, que atravesaría Palacé, la misma calle que habitan el Alcalde y el Arzobispo de Medellín. Una muestra pues de lo que los habitantes del barrio esperan de su entorno.

El otro lado de la moneda lo viven las instituciones religiosas, culturales y académicas, que poco a poco adquieren grandes y bellas propiedades, cambiando así el uso residencial que predominaba en el barrio. La Universidad de Antioquia, la Clínica del Prado, el CES, la casa del Teatro Águila Descalza, la Corporación Ghandi, un par de centros Claretianos, la Academia Rembrandt y varios hogares geriátricos, son algunos de los nombres que uno se encuentra y que han sabido aprovechar estos inmuebles, grandes, iluminados, cómodos, lujosos, centrales, con todas las características que sirven a oficinas y demás. Estos son los buenos vecinos, así como el Alcalde, que restauró y rehabitó un bien de interés cultural para volver a dar al barrio la cara que históricamente ha tenido.

Que este barrio se haya salvado de una demolición colectiva se debe, en gran medida, a que muchos de los que han dejado sus viviendas no han tenido la inminente necesidad de vender, y a esto responde también que haya casas en el total abandono, con sus fachadas patrimoniales ajadas y consumidas por el moho, a la espera de que el Municipio se atreva a romper sus candados para darles estatus, para hacerlas dignas representantes de un barrio de conservación arquitectónica y urbanística.

Entre construcciones, migraciones y nuevos vecinos, Prado vive desde sus inicios una transformación constante, que va mucho más allá de un par de aceras, botes de basura y nuevos árboles. Prado, dentro de su quietud y el temor de entregarse a manos que lo aniquilen, espera volver a ser ese barrio orgullo de la ciudad, espera que sus fachadas, tan patrimoniales que son, y que sus habitantes, que son también patrimonio, vuelvan a ser orgullo real para Medellín y salgan de la sombra.


* La casa de Omar y Gladis es hoy un hogar geriátrico.

4.29.2008

Plazuela del Periodista. A propósito de su aniversario

Lugar común, sí, cliché, tal vez. Pero cuando uno busca en la biblioteca, aparte de un par de artículos en un periódico local recién desaparecido en los que apenas se menciona, no parece que alguien se hubiese ocupado del Parque del Periodista, un machacado espacio que suele usarse para hablar de tribus urbanas, subculturas, antropología o sociología de ciudad.

Zona de tolerancia, dicen muchos. Los que lo dicen saben que el parque, que no es parque sino plazuela, pues por su tamaño así lo dictamina Planeación Municipal, es el lugar en el que las mujeres se besan entre ellas porque allí ya nadie se asusta, y saben que les venden y se fuman un pucho de marihuana, a menos que llegue la policía a hacer una mediocre ronda controladora. También saben aquellos que en el extremo norte les aguardan sus amados, a la espera de la compañía y el beso que hace tantos años ya se ve sin misterio en estas jardineras.

Pero en aras de esa tolerancia que los de allá promulgan no es posible siquiera que un aficionado tome una foto a eso de las cinco de la tarde. “Prohibidas las fotos”, grita uno de ellos, hay que apagar la cámara, guardarla y mirar con cautela, porque seguro mientras dure esa cerveza te miran ellos con recelo, a la espera de un nuevo flash, con el que te puede ir peor.

Plaza de vicio declarada, el Parque del Periodista es un homenaje a Manuel del Socorro Rodríguez, un bibliotecario que a finales del siglo XIX dio vida a los primeros tabloides con contenido periodístico en Colombia, en otras palabras, se le conoce al hombre como el fundador del periodismo en este país. Por eso el nombre del parque, porque cerca del extremo sur sobrevive un busto desgastado en el que escasamente puede leerse su nombre y razón de ser.

A su alrededor, juegan fuchi y conversan sobre temas superficiales y a veces cargados de ese sinsentido que les proporciona el bareto que lleva ya varias rondas. Ellas se besan, porque en Medellín las mujeres ya empezaron a salir del clóset y aquí bulle en ellas ese deseo de mostrar el amor y el deseo mismo. Ese sonido descompuesto, monofónico, ‘punketo’, ha sonado por años y suena por horas. Se canta, se grita, se susurra, se musita, se toca guitarra, se declama, se ríen, se besan, se traban, se embriagan, se cuidan… todos cuidan su propio pellejo, porque la tolerancia es casi siempre en una sola vía, porque los ladrones también se pasean por el Periodista, hay a veces homofóbicos reprimidos y a la Policía se la ha acusado ya de episodios de brutalidad en este escenario.

Y en medio de las cofradías que allí se reúnen, se han asentado cuatro niños que llegaron en 2004 para acompañar las noches efervescentes y las madrugadas áridas del Parque del Periodista. Son de hierro frío, los esculpió Edgar Gamboa, costaron 180 millones de pesos y son un monumento de desagravio con la comunidad del barrio Villatina, en el que, el 15 de noviembre de 1992, un grupo de policías masacró sin razón ni piedad a ocho niños y un joven, violando cualquier tratado de derechos humanos. Tristemente, desde que sus familias conocieron el monumento, que hace parte de un acuerdo de solución amistosa para subsanar este caso, su rechazo fue inminente. No hay parecido físico, fue un gasto de dinero innecesario y los niños, para sus padres, quedaron mal ubicados, en medio de marihuaneros y vagos.

Ellos, los niños de Villatina, ven el constante pulular de la Plazuela del Periodista, a los que entran a los bares; saben exactamente a qué horas comienza su fiesta cada uno de los moradores de este pedazo de centro. Han escuchado hasta la saciedad el ruido que sale de una vieja grabadora, han oído poesías y monólogos de ‘locos’ oradores que dicen verdades en clave; han observado performances y pequeñas muestras artísticas itinerantes. Saben exactamente quiénes son los que cuidan el lugar y quiénes pagan por que los cuiden.

Y como una más que va y viene por el Periodista y que sin prejuicios a todos se une, está la marihuana, porque en un Medellín marihuanero es justo que exista un punto en el que pueda fumársele sin cautela. El Parque del Periodista da vía libre a una ciudad en la que la marihuana se consume en todas las clases sociales, de todos los precios y en muchas circunstancias. Ese espacio legitima el masificado consumo de la hierba.

Ese pedazo de centro, enmarcado por Girardot y Maracaibo; rodeado de licoreras y bares de salsa, rock y lounge; cercano al único cine independiente de la ciudad, a instituciones educativas y a centros culturales no es oficialmente declarado como zona de tolerancia, como el caso del Barrio Antioquia o de Lovaina que han sido aceptados y reconocidos abiertamente como espacios para la prostitución o el consumo y venta de drogas. Pero al Parque del Periodista –que aunque sea una plazuela así nadie le llama- llegan los que tienen confrontaciones con la norma, con lo estatal: punkeros que alegan anarquía, homosexuales rechazados por la cotidianidad, conversadores reprimidos por el sistema que encuentran allí el espacio para el desahogo y la libertad de expresión. Una cápsula de la realidad que se niega pero que diariamente se exhibe en una esquina del centro de Medellín.

Gracias a Lina Gallo por sus aportes y a Camilo Arboleda por la colaboración.

10.08.2007

Carabobo

Había olvidado ya cómo era Carabobo hasta el 30 de septiembre de 2005, último día en que la ciudad vio una de sus principales vías como la suma de buses y taxis, con smog, ruido, transeúntes, vendedores informales y comercio organizado.

Recordé este escenario a través de unas fotografías que se exhibieron en el primer aniversario de la inauguración del Paseo Peatonal Carabobo, que hoy va desde San Juan hasta la Avenida de Greiff. Los límites del Carabobo peatonal los marcan dos patrimonios: los edificios Carré y Vásquez, al sur, y el Museo de Antioquia, en el extremo norte.

Cuentan que en el destape de las calles, al comenzar las obras, se encontraron redes de servicios públicos y tubos y más tubos que ni siquiera aparecían en los planos oficiales. Carabobo había sido construida sin mucha planificación, y para el 2005 era una avenida que podría incluso ser peligrosa por el desorden que imperaba bajo la superficie.

A todos nos incomodaron las obras, el polvo, la congestión. Cada cruce con Carabobo era un verdadero caos para vehículos y peatones, y nadie entendía cómo se podía sacrificar a la ciudadanía que día tras día dependía de esta ruta para llegar a su trabajo. Sí, durante el 1 de octubre de 2005 y el 26 de octubre de 2006, Carabobo y todas las calles que con ésta se involucraban eran un caos.

Cerca de la fecha de inauguración comencé a ver en el metro la invitación que decía “Ven a Carabobo”, en colores llamativos que nada tenían que ver con esa escala de grises que allí se veía y respiraba un año atrás. Ahora, todos querían ir a caminar por Carabobo. Y aquí estoy parada.

Cuando hasta hace algunos años el desarrollo se notaba en las grandes avenidas, de circulación rápida, los intercambios viales y las glorietas, hoy el desarrollo está marcado por la mirada hacia el ciudadano, más que a su vehículo; y Carabobo, para mí, fue la primera muestra de la relevancia del peatón en la ciudad, pues ha debido ser traumático cerrar una vía que desde finales del siglo XIX se había constituido como el eje norte – sur de Medellín, todo para permitirle a la ciudad caminante un espacio apropiado para su circulación.

Y a pesar de la transformación, Carabobo conserva su esencia, representada, entre otros aspectos, con el Palacio Nacional, que desde 1925 hace parte del paisaje del centro de Medellín, y que para la época generó las críticas y reservas propias de todos los cambios: qué muy costoso, qué muy oscuro, qué la ciudad no lo pedía, pero ahí está, es monumento nacional y caracteriza el paso por Carabobo.

Así mismo, para esa época, Carabobo era ya una importante zona para la economía de la ciudad, a partir de la creación de una plaza de mercado y el intenso movimiento del sector de Guayaquil. Hoy, el número de centros comerciales (entre los que se cuenta el mismo Palacio Nacional), los almacenes de diversos tamaños y formatos y dedicados a cualquier tipo de productos, sumados a los vendedores informales y a los compradores itinerantes y habituales, siguen haciendo de Carabobo uno de los sectores de mayor movimiento comercial en el centro.

Hoy, Carabobo es para caminar, para sentarse a conversar o a leer, para 'vitriniar', para enamorarse, para comprar, para ir despacio, para saludar. Es un espacio transformado que cuenta incluso con adoquines exclusivos y las Luminarias de Carabobo, unas lámparas que también se diseñaron para este paseo peatonal.

Desde que comienza –o termina–, en la Plazoleta de las Esculturas, Carabobo tiene vida y tiene sueños. Allí, los fotógrafos expertos en retratarte con las esculturas del maestro; las esculturas vivientes que representan esclavos negros, cafeteros antioqueños o estatuas de quién sabe dónde pintadas de cobre o dorado, con las gotas de sudor detenidas sobre tanto maquillaje; vendedores de tinto preparado en agua de panela, vendedores de gafas, de chécheres como tiritas para el brasier o de revistas y periódicos.

Llegando a Boyacá, prostitutas que colonizaron el atrio de la Veracruz parece que desde siempre, vendedores de novenas, estampitas y camándulas. Cruzas la calle y siguen los vendedores, aquí de frutas y de sandalias y allí de artesanías varias. Llegando a Colombia, parado frente a entidades bancarias y edificios destinados a la educación, uno de esos que no están concientes del delito que cometen al vender unos pajaritos pequeños y graciosos. Más adelante, los toldos de artesanías que ya se han vuelto costumbre en Carabobo, y así, hasta San Juan, este es un recorrido por la idiosincrasia del rebusque, que ha convertido a Carabobo en una vía a la medida de Medellín.

Sin embargo, con centros culturales como los edificios que menciono como los límites del Paseo, Carabobo también nos invita a redescubrir la ciudad y salir de ese paradigma del paisa y el medellinense en el que seguimos parados, a pesar de los esfuerzos.

Tal vez a Carabobo le hace falta un bar, un café o un buen restaurante, o, mejor aún, los tres. Y qué tal si a eso se le suma mayor movimiento artístico, películas, obras o conciertos que se presenten con cierta periodicidad, de manera tal que los habitantes nos acostumbremos. Indudablemente, más seguridad y acuerdos con los transpotadores también son elementos claves para lograr que Carabobo tenga más actividad nocturna.

A pesar de la vida y los colores de Carabobo diurno, es un desperdicio que sus Luminarias sólo tengan compañía hasta las ocho de la noche; pues pasada esa hora, los almacenes cierran sus puertas, los trabajadores regresan a sus casas y los adoquines ya no están protegidos por los pies de los ciudadanos. Carabobo queda solo, y nosotros nos lamentamos porque en el centro no hay nada que hacer. Las noches deshabitan esos nuevos espacios de ciudad, que permanecen inmóviles hasta que comience a nacer el día, y el ciclo se repita.

Vea imágenes de Carabobo

9.26.2007

De justicia, respeto y otros desvaríos

Un senador de Nebraska, Estados Unidos, presentó una demanda contra Dios, acusándolo de causar cataclismos y sufrimientos humanos, y de amenazar con hacerlo otra vez. Pero, lejos de esperar una respuesta divina, el legislador explicó que hizo la insólita presentación para demostrar que en Estados Unidos cualquiera puede demandar a cualquiera.

Después de escuchar esta historia en los noticieros, que al principio me sonó jocosa y absurda, pero que luego entendí como un ejemplo de lo coja y ciega –sobre todo ciega que es la justicia en este y otros países, pensé quiénes serían perfectamente demandables en mi entorno más próximo.
Demandaría a los conductores de bus que nos obligan a escuchar vallenatos y guascas, sin importarles que sean las 6:00 p.m., hora en la que todos salimos de nuestros lugares de trabajo, cansados, con el cerebro atrofiado por los quehaceres diarios, de pie, con calor, y en muchos casos, pensando en lo que nos espera al llegar a casa (más trabajo, los hijos, preparar la cena, empacar el almuerzo para el día siguiente…). Siempre he creído que esta situación puede convertirse en un problema de salud pública, pues la salud mental también hay que cuidarla, de hecho es de la falta de salud mental que se desprenden muchas afecciones físicas. Si todos los que no soportamos el nivel de decibeles del acordeón costeño y el sonsonete carrilero que se ha puesto de moda en las emisoras caemos en una histeria colectiva, las consecuencias serían ¿graves?
Cada día, también a las seis de la tarde, sagradamente, unos indígenas un tanto urbanizados, en un intento por globalizar sus raíces, ocupan el paso en una amplia acera de La Playa con Junín, imponiendo sus mixes de baladas americanas con quenas, zampoñas y otros instrumentos cada vez menos autóctonos. Vuelvo sobre el respeto por el otro y por el espacio ¿Dónde están los señores con chaleco de espacio público? ¿Esto lo ha permitido Espacio Público de la Secretaría de Gobierno? ¿Por qué tiene que ser todos los días? A estos señores, también los demandaría.
Pero mi mayor demanda va para los adultos que mandan a trabajar a sus hijos pequeños. Y la ira se me alborotó un sábado en la tarde, cuando en el separador de La Playa con Girardot, vi como una señora distribuía las cajitas de chicle entre sus dos hijas, y ella, mientras las niñas se desplazaban, se fumaba un cigarrillo. Me quedé observando, y las niñas regresaron después de vender su mercancía, se repitió la acción. Por favor. ¿Dónde está Bienestar Familiar? ¿Dónde están las entidades gubernamentales y las ONG que trabajan por la defensa de los niños? Si mal no recuerdo, los derechos de los niños prevalecen sobre los demás, y los niños tienen derecho a estudiar, a no trabajar, a la recreación, a un crecimiento integral, a un montón de cosas que nadie les da. Muchos de ellos dicen que les gusta trabajar, pero claro, cómo no les va a gustar si por trabajar es que comen, algunos estudian y otros se salvan del maltrato. Cómo no les va a gustar si no conocen nada más. Tengo plena conciencia de que esta es una situación irremediable, de que vivimos en un eterno círculo en el que siempre la cabeza se come la cola, para esta se reproduzca nuevamente y sea comida otra vez…
Pero a pesar de saber que nada de esto se puede remediar, no puedo evitar la ira que me produce subirme a un bus y escuchar vallenatos y guascas, sintiéndome como en una cantina, ver que los niños se suban a ese mismo bus a vender dulces y ver cómo el hecho de vivir en una ciudad nos hace sujetos vulnerables, víctimas permanentes del irrespeto y del menosprecio de nuestros derechos.