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8.14.2014

Pues, sí. Voy a opinar sobre el metro.

Foto tomada del Flickr de Mejía
Yo nunca he salido del país y, por fortuna, mi tránsito por el MIO o el transmilenio no ha constituido nada distinto a una experiencia urbana del común: congestión, apretujamiento, calor, olores. Todo normal.

He estado leyendo y releyendo y pensando y repensando el asunto de metro en los últimos días. Estaba recordando una polémica de otro momento, cuando los usuarios respondieron agresivamente frente a un hombre que, si mal no recuerdo, tocó a una chica; o cuando supimos que, a toda costa, el metro evita la atención mediática cuando se presenta un suicidio. Han sido varios momentos los que han desatado discusiones y polémicas en torno a las normas del metro, a su frialdad como medio de transporte urbano, a lo absurdo de su accionar conductista, al interés desmedido por conservar una imagen de pulcritud y limpieza, a la negativa de tener redes sociales para comunicarse directamente con sus públicos. En fin, el metro ha sido cuestionado desde antes de que existiera y lo cierto es que se volvió imprescindible para gran parte de la población de Medellín y el Valle de Aburrá, razón por la cual, tienen el poder.

Para ser honesta, no me ubico en ninguno de los polos que han surgido a raíz del episodio del violinista. En ese universo de contradicciones que soy en casi todos los aspectos de mi vida, mis pensamientos por estos días han estado a favor y en contra de la norma, a favor y en contra de la asepsia del metro, a favor y en contra del violinista, a favor y en contra de la posibilidad de legitimar a algunos artistas en el metro, a favor y en contra de la protesta pacífica.

Comienzo mi reflexión con el hecho de no haber viajado, porque ese se ha convertido en caballito de batalla para los argumentos a favor y en contra. Alguien que está de paseo en París justo mientras escribo esto nos informa por whatsapp que es terrible, feo y sucio. Cabe anotar que es una persona con quien difícilmente comparto percepciones y opiniones estéticas y políticas. Otra persona que ha vivido en diferentes ciudades europeas (así que ya trascendió esa primera impresión del turista que busca sólo lo bello y cómodo), nos lo muestra como un ejemplo de difusión y plataforma cultural y comparte cómo algunas políticas han contribuido a ello. Yo no he viajado, pero me parece terrible que pensar en la posibilidad de tener músicos en los vagones del metro, lejos de ser una oportunidad, sea considerado por la empresa y por los ciudadanos (ciudadanos que ni siquiera usan el metro en su cotidianidad) como una amenaza.

Las normas son fundamentales para la convivencia. De hecho, en caso de permitir de manera regulada el tránsito de músicos por los vagones (una propuesta que le he leído a varios), esto tendría que considerar una serie de normas como los horarios, el manejo de volumen y, me atrevo a decir, que con esa concepción de la cultura tan aséptica y purista, hasta los géneros musicales... pero no es nada despreciable la idea. Pensemos en lo que ha hecho recientemente la Alcaldía de Medellín con la Red de Escuelas de Música y su programa Medellín Vive la Música, inundando estaciones y trenes con sonidos; una propuesta institucional que nadie cuestionó. Y yo tampoco lo estoy haciendo, porque me encanta. Pero lo traigo a colación para decir que sí es posible, que se puede romper la monotonía de un viaje de extremo a extremo de la ciudad y que el sistema de transporte público masivo que tenemos, como supuesto reflejo de la sociedad, puede integrar propuestas que vinculen expresiones artísticas sin alterar el orden, el respeto y el cuidado que, quizás por la rigidez de sus normas, ha logrado mantenerse limpio y garantizar más tranquilidad y seguridad que otros sistemas de transporte público con los que contamos. En otras palabras, ni tanto que queme al santo...

Sin embargo, más allá del violinista, de los músicos y de la aversión por las normas, esta ha sido una oportunidad para plantear reflexiones más hondas. Por ejemplo, sobre el sentido de lo público. ¿Es el metro un espacio público? ¿Es un no lugar que no cumple otra función que la del tránsito rápido y que quiere ser resignificado por parte de quienes pasan allí al rededor de una hora diaria transportándose? ¿Y qué implicaría esa resignificación? En una de esas definiciones de Marc Augé sobre los 'no lugares', dice que allí “los individuos no interactúan sino con los textos sin otros enunciadores que las personas 'morales' o las instituciones, cuya presencia se adivina vagamente o se afirma más explícitamente detrás de los mandatos, los consejos, los comentarios, los 'mensajes' transmitidos por los innumerables 'soportes' que forman parte integrante del paisaje contemporáneo”. Y veo entonces dos caminos: seguir comprendiendo el metro como un no lugar, un espacio de tránsito que no requiere más impronta que aquella que los enunciadores oficiales proveen o comenzar un proceso de transformación, de reconvención de la norma, de ocupación del espacio. La segunda me suena, ¿pero le sonará a quienes usan el metro diariamente, de norte a sur, de sur a norte, en horas pico y con la carga de un día laboral encima?

Por eso no me atrevo a darme el lujo de gritar a viva voz que sí, que se suban todos los músicos de Medellín al metro. Pero me niego a decir que no, que deje así, que lo usemos para transportarnos y ya. Entre otras, porque además de los músicos, sabemos de casos como la censura de afiches de obras de teatro, parejas homosexuales a quienes se les ha pedido que no se tomen de la mano, mujeres llorando a las que no se les ha permitido subir al sistema de transporte. Aprovechemos el caso del violinista para ampliar la discusión, para pensar el metro como un escenario público en el que se respeten y dignifiquen las libertades individuales. El metro es ciudad, la ciudad es diversa. Pero la ciudad también requiere normas para nuestro propio bienestar. Eso es lo que hay que entrar a negociar, a discutir, a reflexionar.

Por otro lado, y ya desde un aspecto más íntimo (que se extiende a las manifestaciones públicas), vuelven a surgir preguntas relacionadas con qué es lo que seguimos reconociendo como “bueno” y “malo”, por qué sentimos la inminente necesidad de ubicarnos en un lado, en un polo, en un bando. También creo yo que podemos pisar la línea amarilla, no tenemos necesariamente que hacernos de un lado o del otro; somos contradictorios porque así es la sociedad, queremos y no queremos porque nuestros contextos son como un prisma, como un fractal: muchas caras, muchos colores, muchas formas de verse. ¿Por qué tenemos que elegir uno solo? Pensar que quizás no sea una buena idea legitimar a los músicos en el metro no nos hace fachos; pensar que sería maravilloso tenerlos no nos convierte automáticamente en enemigos de la norma, del orden y la tranquilidad.

Y por último, no perdamos de vista que “Cultura Metro” no es una cultura, es un eslogan.

10.23.2012

Fotógrafos en tarima

Karin y César. Foto, tomada de Facebook.

A Karin Richter y a César Serna se les ve en muchos conciertos de la ciudad. Son amigos, son fotógrafos, son amantes de la música y disfrutan fotografiar a los artistas en acción, en tarima. Ella es artista plástica y él es historiador. A César el gusto le viene de familia y a Karin le dio por la fotografía porque sabía que el arte no era tan buen negocio. Karin Richter y César Serna son fotógrafos de la calle, gran parte de su trabajo se hace a la intemperie.

Por afición a la música, por casualidades, por el entorno y por los amigos, uno de los ámbitos en los que son ya reconocidos en Medellín es la música, es a ésta a quienes Karin y César fotografían. A través de la luz, ellos traducen los sonidos y los movimientos en formas y colores que quedan impresos o dispuestos en una pantalla. Y para que una foto valga la pena, no es solo su habilidad como fotógrafos la que juega, aunque por ahí se empieza: saben, por supuesto, tomar muy buenas fotografías, conocen al derecho y al revés sus cámaras sus lentes y han aprendido, con los años de práctica, a interpretar la luz de los escenarios, a jugar con la luz natural, a comprender la posición de los músicos con relación a su cámara, a moverse hábil y discretamente por la tarima y a sacar lo mejor que cada género y cada banda pueda ofrecer. Porque en la música hay de todo: escenas sosas y carentes de magia para la captura; brincos de varios metros y desfogue de energía que difícilmente queda atrapado en el ojo de alguno de ellos; exceso de movimiento en el escenario, oscuridad, colores, brillos, quietud extrema. Y todo eso cuenta a la hora de lograr una buena foto. Por eso, César se queda con el industrial, tipo Mechanical; Karin prefiere el metal, tipo Gaias Pendulum. "Cada foto debe tener su propio sonido", afirma César.

Ellos, por supuesto, van de concierto en concierto, se mueven entre ciudades, entre géneros, entre amigos y entre artistas diversos. Su hoja de vida se compone de anécdotas, experiencias y viajes. Un premio a punta de 'likes' en Facebook y su demostrado talento, llevaron a Karin a tomar fotografías a México. Su trabajo juicioso y su buena gestión, han convertido a César en fotógrafo oficial de la misma banda internacional en dos visitas consecutivas a Colombia. Y con el camino que llevan recorrido, tienen derecho a soñar tan grande como querer "conocer el mundo a través de la fotografía", que es lo que espera Karin de su trabajo.

Detrás de los objetivos y las cámaras se van los días de César y de Karin. Y muchas de las noches de esos días se van sobre una tarima, entre cables, instrumentos musicales, amplificadores y artistas. Bajo el agua, protegen sus cámaras con plásticos; bajo el sol, intentan una buena fotografía a pesar de lo inmanejable de la luz. Ellos no son músicos, pero están en tarima, corren, se mueven, enfocan, disparan. El resultado de su trabajo puede verse fácilmente en las redes sociales. Facebook, Flickr, Twitter. Sus registros circulan y de esta manera muchos ojos pueden ver la música a través de su mirada.


Escuche a continuación la versión radial de este post. Entrega 01 de Radio Ciudad Intemperie.


7.09.2012

¿Qué tanto ha cambiado Prado Centro?

'Prado a la sombra' fue el título de este texto, que publiqué en el periódico La Hoja en noviembre de 2007.  Han pasado cinco años y la sensación de quietud, soledad e inseguridad es casi la misma de hace cinco o diez años; algunos nuevos edificios y algunas salas de teatro o casas dedicadas al arte han llegado para introducir cambios en esa rutina y en ese letargo en el que se ha sumido el patrimonial Prado. Pero allí siguen sus viejos habitantes, aún con miedo de que sus propiedades y sus historias desaparezcan entre el moho y el olvido.
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La Casa del Alcalde. Palacé. Octubre de 2007

fue eje de esta Medellín y que por años ha vivido a la sombra.
En contraste con ese barrio de prósperas y tradicionales familias que una vez inició Ricardo Olano, hoy las casas de Prado están pobladas por pequeños grupos de personas, a veces sólo parejas de abuelos que de vez en cuando reciben las visitas de sus familiares.

Debe ser esa la razón por la que al recorrer este barrio uno no encuentra muchos caminantes a su paso, pocas tiendas de esas que convocan a los vecinos alrededor del precio del huevo, ningún niño en bicicleta, pocos jóvenes en las aceras y una que otra mujer que aprovecha la limpieza de su acera para socializar con la de en frente. No hay un lugar para un café, una cerveza o un vino, no hay parques. Prado no es un barrio que convoque a la tertulia y al encuentro.

“A Prado no lo tumbaron de milagro”, dice Juan de Dios Ceballos, desde su casa, que queda en una esquina; una casona que parece que el tiempo sí ha comenzado a tumbar. El interior es frío, la humedad se come poco a poco las paredes y los techos, y se eleva ese olor penetrante que a veces se parece al olor del abandono. Y esa sensación se extiende, otra vez, y a cualquier hora, por las calles y carreras que atraviesan a Prado.

En esa aparente calma, en ese sopor que envuelve su cotidianidad, este barrio ha sido víctima de múltiples cambios: Algunos de sus habitantes sienten que aún hacen parte del Centro de la ciudad, aunque la Oriental sea la cicatriz que quedó después de que intentaron romperle la cara; para otros, inevitablemente, esta avenida los alejó del centro y los echó al olvido.

Y a esa división que representó la Avenida Jorge Eliécer Gaitán, se suma la llegada del Metro, más reciente en la historia, y que terminó de encerrar a Prado entre dos ejes de desarrollo para la ciudad, apartándolo mucho más del comercio, de la vida nocturna y del centro en su totalidad.

Parece entonces que el desarrollo no hubiese llegado a Prado, pues sus viviendas quedaron anquilosadas en el siglo antepasado, prevalecen las grandes construcciones de diversos estilos arquitectónicos, pesadas a la vista y al bolsillo de sus habitantes. Poco queda de aquellas familias aristocráticas que se unían alrededor de una mesa de comedor en las suntuosas casas de diez, once o doce habitaciones, patios interiores, salones y solares.

Hoy se encuentran pocos edificios, ninguno de gran altura, el más alto se llama Prado Real, y queda en Moore con Palacé, tiene siete pisos y 54 apartamentos, ese es el lote con mayor densidad de habitantes. Justo en frente de su portería está la casa de Omar y Gladis, que viven con sus dos hijas y se reparten –ellos y sus pertenencias– entre los once cuartos que antes ocuparon hermanos, hermanas y padres de Omar*. De esa misma manera, las casas de Prado están habitadas por muy pocas personas, muchas ya viejas, adultos mayores que poco salen a la calle, que pocas necesidades de consumo tienen y que poco dinero guardan. “Aquí somos poquitos, viejos y pobres”, dice uno de los que así se considera, Gonzalo Isaza.

Muchas de las casas de Prado, incluso las habitadas, huelen a viejo, a muebles guardados, a la humedad que dejaron las goteras que han logrado curarse en sus techos. De puertas para dentro no hay patrimonio y, al parecer, son los habitantes de estos caserones quienes pagan el precio de habitarlo. Porque la belleza de sus viviendas y la intención de conservación y preservación les impiden quitar o poner un ladrillo, convirtiéndolas en un encarte, pues al haber superado su vida útil –techos, paredes, acueductos, alcantarillados y redes eléctricas aporreados por el tiempo han salido del mercado inmobiliario. Ya a nadie le interesa comprar en Prado.

La periferia de Prado, la que marcan la Oriental, Bolívar y Barranquilla, está habitada por grupos sociales que poco o nada tienen que ver con sus actuales habitantes. Por eso hay miedo y reacciones ante la posibilidad de una nueva cara para Prado: “Sabemos los vecinos que tenemos –dice Omar Cardona, padre de familia, tradicional habitante no queremos que Prado se convierta en un corredor para travestis, indigentes y expendedores de drogas”. Por eso, en mayo de este año, el Concejo de Medellín, por la presión de Aproprado, la asociación de propietarios, se vio obligado a desistir de la construcción de un bulevar peatonal, que atravesaría Palacé, la misma calle que habitan el Alcalde y el Arzobispo de Medellín. Una muestra pues de lo que los habitantes del barrio esperan de su entorno.

El otro lado de la moneda lo viven las instituciones religiosas, culturales y académicas, que poco a poco adquieren grandes y bellas propiedades, cambiando así el uso residencial que predominaba en el barrio. La Universidad de Antioquia, la Clínica del Prado, el CES, la casa del Teatro Águila Descalza, la Corporación Ghandi, un par de centros Claretianos, la Academia Rembrandt y varios hogares geriátricos, son algunos de los nombres que uno se encuentra y que han sabido aprovechar estos inmuebles, grandes, iluminados, cómodos, lujosos, centrales, con todas las características que sirven a oficinas y demás. Estos son los buenos vecinos, así como el Alcalde, que restauró y rehabitó un bien de interés cultural para volver a dar al barrio la cara que históricamente ha tenido.

Que este barrio se haya salvado de una demolición colectiva se debe, en gran medida, a que muchos de los que han dejado sus viviendas no han tenido la inminente necesidad de vender, y a esto responde también que haya casas en el total abandono, con sus fachadas patrimoniales ajadas y consumidas por el moho, a la espera de que el Municipio se atreva a romper sus candados para darles estatus, para hacerlas dignas representantes de un barrio de conservación arquitectónica y urbanística.

Entre construcciones, migraciones y nuevos vecinos, Prado vive desde sus inicios una transformación constante, que va mucho más allá de un par de aceras, botes de basura y nuevos árboles. Prado, dentro de su quietud y el temor de entregarse a manos que lo aniquilen, espera volver a ser ese barrio orgullo de la ciudad, espera que sus fachadas, tan patrimoniales que son, y que sus habitantes, que son también patrimonio, vuelvan a ser orgullo real para Medellín y salgan de la sombra.


* La casa de Omar y Gladis es hoy un hogar geriátrico.

3.30.2012

¿Quién es el decente?

Discurso de un hombre decente es una puesta en escena del grupo bogotano Mapa Teatro, que tuvo su preestreno en Medellín, antes de partir hacia el Iberoamericano en su ciudad natal. La vi en el Teatro Pablo Tobón Uribe el 22 de marzo y lamenté no haberla alcanzado en Bogotá, porque sé (de buena fuente) que cada vez sale mejor y he escuchado comentarios sueltos que afirman que esta obra es de las buenas que han visto en el Festival hasta ahora. En Medellín, en cambio -o al menos entre el escaso público que asistió al Teatro-, faltaron los aplausos y, creo, faltó la comprensión (en unos casos, claro; en otros, se trata del gusto y de la conexión y con eso no hay nada qué hacer).

Alguien del público gritó: “¿A qué horas empieza el teatro?”. Rara vez escucho yo un alarido de ese tipo en una sala de teatro. Y qué público mal educado somos como para no tener la cordura de guardar silencio, de lidiar a solas con nuestra ignorancia. ¿Obra de teatro? Quizás eso fue lo que faltó; lo figurativo, lo literal: un Pablo Escobar perfectamente caracterizado, fortachón y bigotudo, junto a una Virginia Vallejo que se desviviera de amor por él en la tarima. Quizás faltó un tejado y una balacera y la caída y los policías de la DEA y todo el bloque de búsqueda; cada uno de ellos con parlamentos y movimientos dramáticos en el escenario. Pero a cambio...

Vi en 'Discurso de un hombre decente', presentada en el Teatro Pablo Tobón Uribe, un performance (en la web del Iberoamericano se cataloga como "teatro contemporáneo") claramente político que busca sustentar una tesis: la 'guerra contra las drogas' está perdida. Este mensaje, personalmente, no hubiese sido para mí tan claro y contundente si en lugar de lo que vi, el escenario hubiese contado con ese guión que terminaba en moraleja obvia e insulsa. Para mí, aburrido.

Ver 'Discurso de un hombre decente' fue como ver una suerte de documental, de esos muy modernos, recargado de ayudas visuales, testimonios no sincrónicos y montajes que interfieren con la imagen real. En la obra, o el performance, para comodidad de algunos, se hizo presente esa mezcla de realidad y ficción que tanto cala en el arte contemporáneo. Un discurso encontrado en la camisa de Pablo Escobar el día de su asesinato (momento que no vemos en la obra de teatro), rapeado con la voz de un no-actor cuya cara no es más que sombra tras oscuros telares y perdida entre matorrales, es el hilo conductor de esta historia. Una historia en la que aparecen periodistas, estudiosos, víctimas y el victimario. Una historia documentada, con un juicioso rastreo de prensa. Una puesta en escena con colores, olores, sensaciones, sonidos.

En suma, me gustó el discurso, me gustó la puesta en escena, me gustó la investigación que se nota en los detalles del performance. No me atrevo a juzgar estética o dramaturgia, ni a poner adjetivos que resultarían necios cuando es la subjetividad la que se impone; y cabe anotar que además del gusto, del goce, no tengo más vínculos con el teatro. Para mí, no quedó faltando historia, la escuché y la vi en la recopilación de titulares de prensa cantados, en los detalles entregados por los integrantes de la banda Marco Fidel Suárez sobre sus fiestas con Pablo, en la narración de la explosión en la Macarena de la que don Danilo salió damnificado; todo eso, para mí, hizo la historia. Además, el pacto ficcional que firmamos al recibir la boleta en la taquilla se cumple: lo que pasa en este escenario, lo que usted ve, es mentira pero es verdad.  

Y para seguir pensando en el tema, mientras yo me pregunto quién es el decente -que no lo era Pablo Emilio tampoco- dejo esta canción que narra quién es el Patrón.


Quien es el patron? by Systema solar on Grooveshark

1.15.2012

Complejidad, oscuridad, laberintos.

Conocí la Sala de la Mente del Parque Explora. En general, me gusta mucho este lugar y cada vez que voy siento una suerte de gusto por saber que Medellín tiene un escenario de este tipo. La última vez, esa sensación fue mayor: escuché acentos de todas las regiones colombianas, y no exagero. Diversos tipos de costeños, bogotanos, santandereanos, pastusos, algunos que se me hacían desconocidos, que no lograba identificar. Y me gustó reconfirmar que en Medellín, en los últimos años, han pasado cosas interesantes, se han construido escenarios que poco a poco nos van ayudando a salir del ostracismo paisa al que hemos estado acostumbrados.

El motivo principal de esta visita era conocer la nueva sala, andaba con muchas expectativas y no salí defraudada. Una bonita experiencia para conocer y tratar de entender aquello que nunca podré entender: cómo diablos funciona el cerebro humano. Así que narraré un poco lo que encontré, haciendo acopio de una serie de datos curiosos que fui leyendo o que me fueron contando, todo para concluir que la mente humana, que nuestro cerebro, es un aparato maravilloso, perfecto y misterioso.

Lo primero que me encontré fue una enorme mesa iluminada que explicaba de qué manera viajan los impulsos eléctricos de una neurona a otra, o al menos eso creí entender. Entonces uno presionaba con su dedo alguno de los puntos de luz y la corriente comenzaba a expandirse; así, era posible ver algo similar a una constelación, a un manto de estrellas en movimiento. ¿Será así de hermoso el proceso de neurotransmisión cada vez que alguien me roza sin querer?  Después de jugar por un rato en la mesa iluminada y de viajar a través del sistema nervioso, observando una pantalla cóncava, me detuve en una pecera. El pulpo, un animal con un complejo sistema nervioso, dicen que son los invertebrados más inteligentes y cada uno de sus brazos tiene un pequeño cerebro que se conecta con el cerebro principal. ¡Los pulpos tienen nueve cerebros! Este pulpo tenía un color blanquecino, muy bien camuflado con la piedra sobre la que reposaba; color que se desvaneció rápidamente, cuando un niño se acercó a la pecera y tocó el vidrio. En un par de minutos, el pulpo cambió tres veces el color de su piel: de blanco a café, de café a violeta, de violeta volvió al blanco original, aunque un poco oscurecido. Un espectáculo muy bello.


Me llamó la atención la cantidad de experiencias apoyadas en el sonido: discursos del Che Guevara, Luis Carlos Galán, Salvador Allende y Nelson Mandela, como ejemplos de la emotividad en la voz y las sensaciones que ésta puede producir en quien escucha; combinaciones de voces y de rostros: ¿Cuál voz le queda mejor a cuál cara? Y cuántas veces nos engañamos por una voz y cuántas otras escuchamos y pensamos que no parece que hablara quien está hablando. Un paisaje sonoro de una peluquería con los planos muy bien cuidados, de manera que es posible ubicar la escena y sentir cómo se acerca la tijera para hacer el corte de cabello. La escena de una película ambientada con diferentes músicas que genera en el espectador sensaciones diferentes: la misma escena, según el fondo musical, podía resultar romántica, terrorífica o de acción. 

Y, también con el sonido como materia prima, una cabina dedicada al miedo, en la que, con audífonos puestos, es posible percibir sonidos que alimentan una sensación quizás paranoica: voces que se alejan y se acercan, un entierro, rezos, llantos, gemidos. Y de pronto, una voz al oído, alguien te habla en secreto, te asusta. Claro, si uno está decidido a experimentar el miedo, a dejarse tocar el sistema nervioso simpático y a permitir que el cerebro envíe mensajes que nos agiten el corazón, que nos pongan a sudar, que nos inviten -obliguen- a reaccionar. Esta experiencia fue bastante significativa en mi visita; por un lado, el cuidadoso trabajo sonoro que hay detrás de ella; por otro, que se nos permita encontrarnos de frente con eso tan común, tan humano, pero al tiempo tan vergonzoso, como si el miedo no se tratara de una reacción fisiológica, de una sensación natural. Al miedo, ese tema que da vueltas por mi cabeza y por mi trabajo académico, también me lo encontré una mañana de vacaciones, en la Sala de la Mente del Parque Explora.

Este recinto es oscuro, tan oscuro, creo yo, como la mente y lo que sucede en ella, como las formas en las que el cerebro controla cada una de las funciones del cuerpo. Escuchar, hablar, soñar, caminar, reír, llorar, comunicar. Esas nostalgias, esas alegrías, esos recuerdos. Todo concentrado ahí, en esa pequeña masa desagradable a la vista, en esa porción del cuerpo de complejidad infinita. En una de esas paredes oscuras encontré un dato que mi memoria ya había eliminado, pero que había recibido en clase de biología en el colegio: el cerebro destina 120 millones de neuronas, llamadas bastones, para distinguir los tonos grises del universo; para los colores, son sólo 6 millones, y llevan el nombre de conos. ¿Hay mayor actividad cerebral cuando vemos una película en blanco y negro? ¿Pensamos más cuando nos detenemos a observar una fotografía en escala de grises? 

Me tomó unas tres horas recorrer la Sala de la Mente completa, escuchar a los exploradores, acercarme a las experiencias, sentir el Síndrome del Miembro Fantasma, caminar por una sala con el suelo y los muros inclinados mientras que afuera se observaba un escenario completamente normal; corroborar que mi mano derecha es más rápida que la izquierda, pero no por una gran diferencia y preguntarme, cada vez que escuchaba alguno de esos acentos, cómo el cerebro, sumado a las condiciones culturales, al entorno, logran determinar esas formas particulares de hablar.








1.03.2012

Desadaptadoz: gritos urgentes, historias aprisionadas

La voz de esa mujer me encanta. Ella pasa con un megáfono, gritando; lleva blusa verde brillante, falda brillante y un sombrerito miniatura sobre una peluca rosa: sí, es una payasa con un megáfono. Pero no estaba yo en 1990, caminando por ese saturado centro de Medellín haciendo compras navideñas, cuando solía ver payasos armados de megáfonos, anunciando cualquier promoción. Recuerdo mucho esos días: yo solía caminar con mi papá por el centro y escuchaba a los payasos que invitaban a entrar a un restaurante o a comprar algún producto. La payasa de esta historia, por supuesto, no estaba allá. Y no estaba porque no recuerdo haber visto nunca a una mujer-payasa en ese rol de anunciante callejera.

Era el payaso, nunca la payasa. Y eran aterradores: su maquillaje se iba diluyendo entre gotas de sudor; qué digo gotas, ríos de sudor que recorrían esos rostros blanquecinos y dejaban caminitos desteñidos, de color rosa, resultado del blanco de zinc y el color de la piel. Sus voces, estridentes, chillonas, fastidiosas, empalagosas; un fallido intento por ser cómicos y halagadores. Sus ropas, a veces raídas y sucias; nunca estuve tan cerca para saber si, además, podría describirlos como malolientes, intuyo que sí, claro, porque esos días los recuerdo como calurosos y congestionados. No exagero. ¿A quién se le podría ocurrir que un payaso era una buena estrategia de mercado? A mí me espantaban. Hace poco vi una obra de teatro en Bogotá: La Siempreviva, de Miguel Torres; el contexto: toma al Palacio de Justicia; uno de los personajes: un pobretón al que con sus trabajos temporales, a veces de mesero, a veces de payaso anunciante, no le alcanza ni para medio sobrevivir. Esos eran los payasos que yo conocía.

Pero a ella, la payasa que veo en la tarima con un megáfono, y a ellos, los otros payasos que la acompañan, los conocí hace poco más de un año y desde entonces los escucho con frecuencia, intento verlos cuando hay oportunidad y pienso constantemente en ellos y lo que significan sus pelucas, sus vestuarios, sus palabras.

Se llaman Desadaptadoz, hacen punk y se visten de payasos para subir al escenario. Se burlan de la guerra, pero se burlan con dolor: “El rostro de la patria mía es una mueca dolorosa, nos mira desde el pasado y su risa se escucha hoy”; así cantan, así lamentan, así persisten “en este alegato contra las guerras”, como señalan ellos mismos en la presentación de su disco 'No seas un payaso más de la guerra'. Bajo, guitarra, batería y una potente voz femenina; yo, que de música sé poco, escucho ese punk clásico, sencillo, que suena como a latido de corazón agitado. Y escucho, también, gritos desesperados, frases dolorosas, la crónica sangrienta de la guerra silenciosa, la guerra de los campos, de las calles de los barrios. Palabras de desesperanza.

“ Cada día, paso a paso, nos adentramos en la oscuridad 
Para nosotros no hay caminos ni a los lados, ni hacia atrás 
Es un mundo de infamia, es un mundo de enfermedad 
Hay un odio construido con nuestros desencantos” 

¿Por qué payasos?

Carlos Alberto David aceptó conversar conmigo hace un año, cuando hice un trabajo para la maestría que estudio, sobre la figura del payaso en el arte y la presencia de esa figura en la propuesta de activismo político y social de las Comunas 5 y 6, que lleva por nombre Toke de Salida y que lideran, entro otros, los Desadaptadoz. Telefónicamente me explicó que el payaso“habita una tierra, pero es la tierra de nadie, está en el centro y en el margen de la sociedad. Es el feo, el ridículo, el outsider, el rechazado, el marginal. Se confunde en esas categorías binarias que la sociedad nos impone, pero por ser un arquetipo popular, se le reconoce cierta sabiduría”. Por eso el payaso es un sujeto propicio para el dolor y la burla que se muestran en su música, sus letras y su performance. 

Pero Desadaptadoz no está solo en ese escenario. Existe el CIRCA -Clandestine Insurgent Rebel Clown Army-, un ejército que, a través de acciones directas no violentas protagonizadas por los payasos, busca “instaurar la desobediencia y su capacidad de interrumpir, criticar y hacer visibles los conflictos sociales”. Por ello, esta banda de punk de Medellín decidió convertir al payaso en su símbolo, porque éste, como arquetipo, reúne elementos que les posibilitan la crítica, incluso hacia ellos mismos. Han buscado mezclar una práctica antigua, como el arte de ser payaso, con una contemporánea, que es la desobediencia civil. Así, les ha sido posible romper también con el discurso esquemático del activismo político, pues ellos, con el payaso, pueden transmitir ese mismo discurso a través de un elemento infalible: la risa. Para ellos, la risa sarcástica ha sido la expresión propicia para criticar el silencio, "acto brutal sobre el cual se construye la sociedad". Se silencian los hechos, se silencia el cuerpo y la expresividad. Se silencia y se olvida. Pero el payaso, que es el que no habla en serio, el rechazado, está ahí para hablar, para decir eso que los otros, los políticamente correctos, han decidido callar; y lo puede hacer usando la risa y la mofa, pues se transgreden ciertos órdenes y normatividades socialmente arraigados y aprobados.

Además de la figura del payaso, y como gracias a él es posible construir el carnaval y la fiesta, la banda se vale de ese elemento: el de la celebración. A pesar de esa depresión que en ocasiones el payaso encarna, del carácter macabro que se le ha imprimido y del rechazo que en algunos puede generar, el payaso está en la vida cotidiana como un sujeto colorido, alegre, que llama a la fiesta y a la risa. De esa condición se aprovechan ellos para capturar la atención de personas diversas: niños, adultos, ancianos. Así que al surgir Toke de Salida, los Desadaptadoz propusieron al payaso también como el personaje vinculante. Explica Carlos Alberto que la representación del payaso muerto, por ejemplo, es un acto conmovedor para los niños, por lo tanto, plantea para ellos tempranas reflexiones sobre las consecuencias de la guerra. Los carnavales son apuestas aún no ganadas por la convivencia, creatividad y espontaneidad como armas para combatir la guerra y la represión. 

Durante los momentos del carnaval por las calles de los barrios se asiste a un juego incesante que ellos intentan introducir en los procesos de organización y resistencia. El objetivo es sembrar la confusión, más que la confrontación política; confusión en un sentido reflexivo, de búsqueda. Salirse del ropaje y de la postura lineal no es solo un acto lúdico, es también una posición, desde ahí los sujetos pueden entenderse desde otras perspectivas que permitan nuevas soluciones a las problemáticas que por años se repiten de la misma manera y que desde las fórmulas tradicionales para la resolución de conflictos no ha sido posible mejorar. Un ejemplo es A la salida nos vemos, esa tradicional frase que invita siempre a la violencia en las aulas, es hoy una iniciativa con la que se pretende, a través del arte y la música, precisamente, derrotar esas violencias, mínimas en apariencia, pero estructurales. Y a propósito, bueno es ver el video de Déjennos en paz, en el que un salón de clases se convierte en un carnaval de payasos, música y niños brincando punk y pidiendo paz.

En suma, el payaso, como objeto cultural, representa la burla, la mofa. Los Desadaptadoz, además de usar pelucas y narices, añaden a su vestuario elementos de la indumentaria militar, para convertir a ese payaso que veo en la tarima en un símbolo de rechazo a las jerarquías tradicionales, a la fuerza como medio para cualquier fin. El payaso representa, incluso, un acto de rebeldía contra tradicionales identidades del punk como género en la ciudad: las crestas se cambian por las pelucas de colores y los jeans apretados y rotos por pantalones camuflados. También hay una búsqueda con relación a su propia estética, una resistencia a ser iguales en la diferencia. El payaso es el elegido para ridiculizar la guerra, para rebelarse dentro de ellos mismos y para invitar a los que asisten al carnaval a encontrar su payaso interior.

Vuelvo a la mujer del inicio, a la payasa que canta. Ella, usando el megáfono y con un fondo musical circense, grita: “Pan y circo para el pueblo, pero ni pan ni circo nos han dado, solo un espectáculo dantesco de muerte. De tantas, que ya nos acostumbramos a la muerte cotidiana. Alineados unos a otros, los cuerpos abaleados, a veces con las manos atadas y los ojos vendados, calcinados y destruidos por sierras se repiten una y otra vez en la pantalla del televisor...”







11.25.2011

Revolución en la 13, un territorio que la violencia no vence.

Un sábado me fui con algunos amigos a hacer el Graffitour de la Comuna 13. En la estacion San Javier del metro nos recibieron Jeihhco y el Perro. El primero, MC, líder de la Red Élite Hip Hop, trabajador social empírico; el segundo, joven graffitero de la zona, profe de graffiti, enamorado de las paredes de los barrios de su comuna. Esa mañana estaba bien soleada, yo olvidé usar bloqueador y llevaba una camisa que me dejaba un hombro descubierto, así que la marca de un disparejo bronceado me quedó de recuerdo por un par de semanas.
Caminamos cuatro horas. El primer graffiti era ya una historia: un mural para los recuerdos. Los retratos 'graffitiados' de cinco amigos que se han topado a la muerte abren las puertas de la memoria de la Comuna 13. Una memoria escrita y musicalizada con rap, trazada con aerosoles y expresada con movimientos corporales. Y seguimos caminando y vimos graffitis hermosos y nos dejaron firmar en una pared con una lata de aerosol verde y luego conocimos la cancha de Las Independencias, dónde se hace cada año, desde hace siete, el Festival Revolución Sin Muertos. Y ese Festival es el punto de este post, hoy que le devuelvo vida a este abandonado blog.

Lo que se teje detrás de lo que muchos podrían pensar que es sólo un concierto de rap, una presentación artística, es fuerte y profundo. Revolución Sin Muertos es una ventana a la memoria de la Comuna 13; es la narración histórica de la violencia, la esperanza y la vida; es la expresión de miles de habitantes de este sector de la ciudad que un día decidió decir: Estamos aquí, somos comunidad y “En la 13 la violencia no nos vence”. Por eso existe hoy este reportaje en el que se plantea una mirada al Festival desde el concepto de esfera pública. Era una tarea, sí. Pero lo hice con tanto gusto, que creo que hasta ahora es mi final más disfrutado. Entre otras, en medio de tanta producción académica, fue placentero convertir lo que pudo haber sido un ensayo de 10 páginas, no apto para publicar en un blog, en un reportaje radial de una hora con una mezcla de elementos que suenan, para mi gusto, bastante bien: radio + periodismo + hip hop + memoria + Medellín.

Revolución Sin Muertos - Reportaje by jennygiraldo

5.26.2011

Una ciudad, dos ciudades, tres ciudades…

Aranjuez, Comuna 4.
Escribiré corto, para no cansarme y volver a hacerlo cuanto antes. Porque quiero hacerlo cuanto antes, porque me gusta escribir, y me gusta que esos que llegan y leen, pues lean. De lo contrario, este ejercicio no tendría sentido. Esto no es un diario privado.

Temas para escribir, muchos: la demanda de mi vecina, la pelea con los políticos, las frustraciones de un partido, lo divertido y retador que me ha resultado ser profesora universitaria, los cambios de la radio con las nuevas tecnologías, el recorrido que hice ayer con Perla, Caicedo y sus sesenta años y el agite que me sigue provocando leer ¡Que viva la música!, las noches de teatro, el Foro de Cultura, en fin. Los temas no faltan.

Y cuando empiezo, me pregunto: ¿y esto qué tiene que ver con la intemperie? Y entonces renuncio a escribir. Pero ayer salí a la calle con un propósito: volver a ver las historias que se cuentan con los muros. Esto lo había hecho hace varios años, fotos como la de Pablo Escobar y la de esa calavera que hoy sobrevive en otro muro, son el testimonio que me quedó en Flickr, porque el backup de mi equipo desapareció.

Se trataba de contar lo visto, en compañía de la periodista de un medio local (además, gran amiga), a través de Twitter. Es una experiencia periodística divertida, me gustó hacerlo. Me invitó ella, dizque porque conozco un poco el tema, pero me corchó con varias preguntas: ¿qué dice la Alcaldía de esto?, por ejemplo. No tengo idea. Me invitó dizque porque conozco la ciudad y soy amante de las calles.

Para conocer todas las ciudades que contiene Medellín en su mapa necesitaré más vidas que siete gatos, porque sigo descubriendo todos los días, a través de otros ojos, de otros oídos, de muchos otros sentires, otras ciudades que ni siquiera imagino.

Amante de las calles, en todos los sentidos y con todos los sentidos. Callejera por naturaleza y de nacimiento. Andariega como me enseñaron. Rebuscadora del aliento que exhala cada esquina, diferente en cada hora del día. Ya he contado quizás que mi papá me llevaba al centro a mostrarme las calles y a enseñarme sus nombres y es un conocimiento del que hoy me enorgullezco, porque aunque no sé ni para dónde voy con este texto, sé dónde estoy parada, sé que Medellín me es ajena y que aunque el mundo no se acaba en los límites con Envigado, Sabaneta o Bello, sé que esta ciudad es un mundo, uno de muchos, un mundo que intento conocer a través de esas calles de las que, dice el periódico de hoy, soy amante. 

9.10.2009

Agitados pasos salseros que viajan de bar en bar

A las 11:30 p.m. los bailadores se paralizan para dar paso al bailarín protagonista. Por la estrecha puerta del Eslabón Prendido y ese corredor que no mide más de 70 centímetros de ancho, entra ese hombre delgado y alto que cada sábado azota la baldosa con su ya monótona melodía. Lleva una camisa de seda fría y tonos marrones, un pantalón negro, zapatillas negras sobre grandes pies cubiertos antes por medias blancas.

Camina como llevando el ritmo en sus zapatos, en sus manos, en su cara alargada. Llega hasta el fondo del bar y espera unos minutos en la barra. Comienza su melodía y él se devuelve unos metros y se ubica en el centro de la pista. A su alrededor, desde 16 mesas distribuidas a izquierda y derecha, unas 80 personas observan. Más, si se cuentan las de la barra, los transeúntes, los que no encontraron mesa pero sí un rinconcito para perderse en medio de la rumba.

Entre el timbal y la campana, las congas y las flautas, el bailarín se mueve a lo largo de la pista, va y viene, entrecruza sus piernas, mueve sus grandes pies con una velocidad que para la vista resulta inasible. A veces se detiene en un solo punto y hace que la atención se dirija a sus pies. Izquierdo sobre derecho, el derecho adelante, vuelve, un dos tres, parece que contara en su mente mientras chasquea los dedos. Su cara alargada, de nariz prominente y color trigueño se humedece por el sudor que la hace brillar.

Termina la canción y él para y respira. Viene lo difícil: -¿Me desea colaborar?- De mesa en mesa, persona a persona, el bailarín recoge su pago por el espectáculo. Suenan monedas; se escuchan decepcionantes “ahora no, otro día”; salen billetes de baja denominación.

El bailarín terminó su labor en el Eslabón, centro de Medellín. Los bailadores vuelven a sus lugares, toman a sus parejas, la fiesta sigue encendida. El bailarín recoge su mochila y sale en busca del siguiente bar, con la misma ropa y el sudor ya impregnado coge camino hacia el otro lado de la ciudad.

5.23.2008

Víctor Raúl Jaramillo

Con un grito recibe ‘Piolín’ al público que busca una dosis de metal. Es noche de concierto y Reencarnación está en escena. En el medio, un tipo bajito y barbado que toca la guitarra, es Víctor Raúl Jaramillo, ‘Piolín’ para los metaleros, uno de los más grandes en Medellín, uno de los que por años le ha inyectado vitalidad a la cultura del metal, uno de los que empezó con el Metal Medallo, hace casi 30 años, y que hoy sigue tocando, componiendo, ensayando y viviendo el metal, porque sabe que esto es de nunca acabar.

Víctor Raúl es poeta, “¿poeta?, poeta a los 80 cuando uno de pronto haya escrito un verso”, dice y ríe, ríe estruendosamente, ríe mucho y muy seguido; sus carcajadas son sonoras, retumban, así como retumba su música, su voz, así como retumba lo que piensa, lo que propone, lo que escribe, lo que canta. Todo eso hace Víctor Raúl, y todo eso tiene resonancia.

A ‘Piolín’ lo reconocen y lo respetan artistas del metal en el país y en el mundo, por su persistencia, por su talento, por su buena música, por su presencia permanente en conciertos y otros eventos en los que el metal es invitado o protagonista. A Víctor Raúl Jaramillo lo reconocen, lo respetan –y lo critican– escritores y lectores que han encontrado en sus poemas y aforismos el desgarrador sentido de la existencia.

Es educador y Doctor en Filosofía, pasó por las universidades de Antioquia, Cooperativa y Bolivariana como estudiante. En la última también fue profesor y se enfrentó a lo que él calificó como un acto de represión medieval: le pidieron firmar un acta de fe para certificar que creía en un dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible… Y su respuesta fue negativa y no tuvo nuevo contrato al siguiente semestre. También fue profesor de la EPA, y algunos lo recuerdan como “un man muy enredado, al que era muy bacano escuchar, así nadie le entendiera nada”.

Ahora da clases en Luis Amigó a los estudiantes de teología, los que estudian a Dios, con mayúscula, los que buscan, por la filosofía, entender las entidades divinas. En ese mismo lugar, medio en chiste, medio en serio, a Víctor le han dicho que podría proclamarse como el papa negro o que podría montar una religión. Y como para él lo importante es la felicidad, “si hay un dios que te hace feliz, bienvenido dios”, sentencia.


Artículo completo en Melodías en Acero

4.29.2008

Plazuela del Periodista. A propósito de su aniversario

Lugar común, sí, cliché, tal vez. Pero cuando uno busca en la biblioteca, aparte de un par de artículos en un periódico local recién desaparecido en los que apenas se menciona, no parece que alguien se hubiese ocupado del Parque del Periodista, un machacado espacio que suele usarse para hablar de tribus urbanas, subculturas, antropología o sociología de ciudad.

Zona de tolerancia, dicen muchos. Los que lo dicen saben que el parque, que no es parque sino plazuela, pues por su tamaño así lo dictamina Planeación Municipal, es el lugar en el que las mujeres se besan entre ellas porque allí ya nadie se asusta, y saben que les venden y se fuman un pucho de marihuana, a menos que llegue la policía a hacer una mediocre ronda controladora. También saben aquellos que en el extremo norte les aguardan sus amados, a la espera de la compañía y el beso que hace tantos años ya se ve sin misterio en estas jardineras.

Pero en aras de esa tolerancia que los de allá promulgan no es posible siquiera que un aficionado tome una foto a eso de las cinco de la tarde. “Prohibidas las fotos”, grita uno de ellos, hay que apagar la cámara, guardarla y mirar con cautela, porque seguro mientras dure esa cerveza te miran ellos con recelo, a la espera de un nuevo flash, con el que te puede ir peor.

Plaza de vicio declarada, el Parque del Periodista es un homenaje a Manuel del Socorro Rodríguez, un bibliotecario que a finales del siglo XIX dio vida a los primeros tabloides con contenido periodístico en Colombia, en otras palabras, se le conoce al hombre como el fundador del periodismo en este país. Por eso el nombre del parque, porque cerca del extremo sur sobrevive un busto desgastado en el que escasamente puede leerse su nombre y razón de ser.

A su alrededor, juegan fuchi y conversan sobre temas superficiales y a veces cargados de ese sinsentido que les proporciona el bareto que lleva ya varias rondas. Ellas se besan, porque en Medellín las mujeres ya empezaron a salir del clóset y aquí bulle en ellas ese deseo de mostrar el amor y el deseo mismo. Ese sonido descompuesto, monofónico, ‘punketo’, ha sonado por años y suena por horas. Se canta, se grita, se susurra, se musita, se toca guitarra, se declama, se ríen, se besan, se traban, se embriagan, se cuidan… todos cuidan su propio pellejo, porque la tolerancia es casi siempre en una sola vía, porque los ladrones también se pasean por el Periodista, hay a veces homofóbicos reprimidos y a la Policía se la ha acusado ya de episodios de brutalidad en este escenario.

Y en medio de las cofradías que allí se reúnen, se han asentado cuatro niños que llegaron en 2004 para acompañar las noches efervescentes y las madrugadas áridas del Parque del Periodista. Son de hierro frío, los esculpió Edgar Gamboa, costaron 180 millones de pesos y son un monumento de desagravio con la comunidad del barrio Villatina, en el que, el 15 de noviembre de 1992, un grupo de policías masacró sin razón ni piedad a ocho niños y un joven, violando cualquier tratado de derechos humanos. Tristemente, desde que sus familias conocieron el monumento, que hace parte de un acuerdo de solución amistosa para subsanar este caso, su rechazo fue inminente. No hay parecido físico, fue un gasto de dinero innecesario y los niños, para sus padres, quedaron mal ubicados, en medio de marihuaneros y vagos.

Ellos, los niños de Villatina, ven el constante pulular de la Plazuela del Periodista, a los que entran a los bares; saben exactamente a qué horas comienza su fiesta cada uno de los moradores de este pedazo de centro. Han escuchado hasta la saciedad el ruido que sale de una vieja grabadora, han oído poesías y monólogos de ‘locos’ oradores que dicen verdades en clave; han observado performances y pequeñas muestras artísticas itinerantes. Saben exactamente quiénes son los que cuidan el lugar y quiénes pagan por que los cuiden.

Y como una más que va y viene por el Periodista y que sin prejuicios a todos se une, está la marihuana, porque en un Medellín marihuanero es justo que exista un punto en el que pueda fumársele sin cautela. El Parque del Periodista da vía libre a una ciudad en la que la marihuana se consume en todas las clases sociales, de todos los precios y en muchas circunstancias. Ese espacio legitima el masificado consumo de la hierba.

Ese pedazo de centro, enmarcado por Girardot y Maracaibo; rodeado de licoreras y bares de salsa, rock y lounge; cercano al único cine independiente de la ciudad, a instituciones educativas y a centros culturales no es oficialmente declarado como zona de tolerancia, como el caso del Barrio Antioquia o de Lovaina que han sido aceptados y reconocidos abiertamente como espacios para la prostitución o el consumo y venta de drogas. Pero al Parque del Periodista –que aunque sea una plazuela así nadie le llama- llegan los que tienen confrontaciones con la norma, con lo estatal: punkeros que alegan anarquía, homosexuales rechazados por la cotidianidad, conversadores reprimidos por el sistema que encuentran allí el espacio para el desahogo y la libertad de expresión. Una cápsula de la realidad que se niega pero que diariamente se exhibe en una esquina del centro de Medellín.

Gracias a Lina Gallo por sus aportes y a Camilo Arboleda por la colaboración.

3.09.2008

Víctimas con nombre propio


Las víctimas de esta guerra tienen nombre propio. Son mujeres, hombres, niños y jóvenes cuyos rostros no nos son ajenos. Se llaman Juan, Alberto y Nora; sus apellidos son Cobaleda, Ruiz y Giraldo. Son las almas que todos los días, y desde hace más de 20 años, nos está robando la violencia.
Tristemente, la última manifestación en homenaje a estas víctimas no fue muestra de ese dolor compartido, no dio fe de una tragedia colectiva. Se mezclaron los rostros de las madres que esperan, que piden vivos a sus hijos, que piden aunque sea un cuerpo al cual sepultar y llorar con los discursos antiimperialistas de estudiantes que se manifiestan quemando banderas y que piden paz con actos de violencia...
La petición en una y es simple: BASTA! para que Colombia no se nos termine de desangrar.

2.19.2008

La crueldad no es patrimonio

Esta es la época en la que se alborotan las pasiones del taurófilo y el antitaurino, sobre todo las del último, que lucha año tras año en contra de esa barbarie que algunos confunden con fiesta (aunque en Colombia la fiesta es siempre cercana a la barbarie) y que otros han bautizado como arte.


Decía Juan Carlos Garay, periodista cultural y escritor bogotano, que él asocia la cultura a lo constructivo, a lo que engrandece el ser humano y su contexto, que por eso no creía, por ejemplo, que se podía hablar de la cultura del sicariato o del narcotráfico. Disto un poco de esta concepción, pues creo firmemente que la cultura es un conjunto de manifestaciones que dan cuenta de lo que hay en el interior de cada persona, sumado a lo que su contexto le transmite.
Pero quiero valerme de esa definición de Garay para acomodársela al arte. El arte, sea como sea, engrandece el ingenio humano, su espíritu. Se vale de técnicas, de sensibilidades, de miradas y puntos de vista. El arte, el buen arte, pone al artista a discutir con los pares y no sólo a deshacerse en la sociedad del mutuo elogio.
Por eso no creo que la tauromaquia sea un arte ni los toreros artistas. Pero hay muchos que se creen los grandes artistas porque trazan tres líneas de diferentes colores, eso dirán algunos, y sin embargo ahí están en galería, hay quienes aplauden sus remedos de obras y hasta pagan por ellas, desde ese punto de vista, es respetable, porque a diferencia de la tauromaquia, ese arte falto de valores estéticos sólo mutila el buen gusto y aniquila las ganas de seguir apreciándolo. Ese otro 'arte' de la corrida, de la fiesta taurina, además del buen gusto, tortura y aniquila seres vivos, tan sensibles como el artista mismo.
Dicen algunos que esta es la muestra del triunfo del hombre sobre la bestia, por eso el espectáculo debe eternizarse. Pero cuando veo a esos hombrecillos con su traje de luces forrándole sus insípidos cuerpos, alzando los brazos para que otros le alaben, no veo ese triunfo del ser humano, no veo esa superioridad de la raza humana sobre la animal. Veo tanta inferioridad, que es necesario recurrir a métodos bárbaros, crudos, viles, para demostrar que el hombre puede vencer. Pero será realmente el vencedor, cuando se enfrente al toro en igualdad de desnudez, de armas y de estado mental.
Medellín salió adelante con una campaña apoyada incluso por la alcaldía misma, y esa imagen que a algunos enfermó de ira, en la que un hombre botaba sangre por su boca y se encontraba herido por las banderillas, llegó incluso a las calles de España, en las que, a pesar de la tradición y de lo que algunos defienden como patrimonio, también se protesta, porque la muerte, la tortura, el morbo, la sevicia, la crueldad, no son patrimonio.
Algunos taurófilos defienden que los toros de lidia nacieron para eso, y lo que es peor, que su muerte es más digna que la de aquellos que van al matadero ‘sin pena ni gloria’. Pero lo cierto es que los toros sufren, así como sufren los caballos que se usan para el rejoneo. Las prácticas que sirven de antesala a una corrida son abominables y la mal llamada fiesta taurina es vulgar, aberrante y fiel reproducción de la clase burguesa que se vale de la desgracia ajena para su propio disfrute.
“Abajo los toreros. Mejor dicho: ¡arriba!... Es una forma de la caridad del toro transfigurarlos en inmortales en aras de sus astas. Los toreros retirados invictos se olvidan. Guardamos memoria de aquellos que son cosidos por la gracia del oficio, con la aguja de un cuerno, al tapiz histórico de su arte morboso.” Eduardo Escobar. Columna El Tiempo
Algunas reflexiones:
Creo que los animales ven en el hombre un ser igual a ellos que ha perdido de forma extraordinariamente peligrosa el sano intelecto animal, es decir, que ven en él al animal irracional, al animal que ríe, al animal que llora, al animal infeliz. Nietzsche.
El hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales. Schopenhauer
Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales. Gandhi
Algunas imágenes de manifestaciones: Antitaurino (Toros sí, toreros no)
La foto se llama nice bullfighters kill nobody y es de Xurde en Flickr

1.27.2008

Los museos (Parte II)

::Continuación de la entrada anterior::


El problema no está, como muchos creen, en jugar de lado del Estado, buscar su apoyo y trabajar de forma emprendedora con los entes gubernamentales. El problema está en cómo hacerlo. La Casa Museo Fernando González Otraparte, ubicada en Envigado, la cual se ha convertido en uno de los centros culturales más importantes de Medellín, a pesar de encontrarse a las afueras, trabaja fuertemente de la mano del Municipio, pues éste es el dueño de la propiedad en la que se encuentra el museo, y quien lo entregó a la Corporación Otraparte en comodato para que fuera administrada.

La generación de recursos propios está dentro de los objetivos centrales de la Corporación, y poco a poco se van consolidando propuestas como una revista, una editorial, la organización de exposiciones o un café, que acaba de entrar en funcionamiento, y que hace parte de esos planes de negocios que pueden ofrecerse con seriedad a cualquier entidad pública o privada.

El reto está entonces en saber vender, y no es sólo tarea de los museos, sino de todos los que de alguna forma trabajan por y con manifestaciones culturales y artísticas. Hay que hacer a un lado esa anquilosada idea de que los intereses comerciales van en detrimento de la dignidad del arte y terminan por prostituir la cultura, pues ésta, para cumplir ese papel social que se le ha encomendado, para poder actuar como fundamento de la nacionalidad y para continuar escribiendo la historia de las sociedades, no puede seguir viviendo a la sombra y bajo el amparo de presupuestos insignificantes o de unas pocas donaciones que son, en últimas, paños de agua tibia para la ya tan aporreada, olvidada y quejumbrosa cultura.

1.20.2008

Palabras rodantes

Cuestión de estadísticas
Fueron 22 dice la crónica.
Diecisiete varones, tres mujeres,
dos niños de miradas aleladas,
setenta y tres disparos, cuatro credos,
tres maldiciones hondas, apagadas,
cuarenta y tres pies con sus zapatos,
cuarenta y cuatro manos desarmadas,
un solo miedo, un odio que crepita,
y un millar de silencios extendiendo
sus vendas sobre el alma mutilada

Hace días supe que el metro había dispuesto unos libros que los usuarios podían tomar prestados para leer durante sus viajes. Como el metro siempre implica afanes y carreras, nunca me había detenido a ver de que se trataba y me sorprendió gratamente darme cuenta de que se puede tomar un libro y devolverlo al finalizar la lectura. Es decir, pueden ser llevados a las casas o a las oficinas, no tienen que ser regresados una vez se abandone el sistema de transporte.

Es muy valioso que existan programas que consideren, ante todo, la buena fe y la honestidad de las personas, y que no intenten primero el control a través de chips, cámaras, registros o señalamientos. El programa se llama Palabras Rodantes, lecturas de ida y vuelta, y uno de los libros que encontré en el dispensador de la estación Floresta es El hilo de los días de Piedad Bonnet, y ese impresionante poema fue el primero que leí al abrir el librito al azar.
También están Porfirio Barba Jacob, Fernando González y Tomás Carrasquilla, todos antioqueños, al igual que Bonnet.

Es de aplaudir que el metro estimule y promueva la lectura, que en sus vagones estén los nombres de nuestros escritores, con fragmentos de sus obras que inviten a la lectura. Es de admirar también que disponga libros, en ediciones de bolsillo para que los tomemos, los leamos, los difrutemos y los devolvamos.

1.14.2008

Sonidos desde la Intemperie - Boyacá

Boyacá, una pequeña calle en el centro de Medellín, cerca de la estación Parque Berrío del metro, un pequeño nido de historias y personajes; un núcleo comercial en el que todo es más barato. Cuna también de la piratería y el contrabando con descaro: libros y películas tan baratas como más no se puede. Con este microprograma comienza una serie de voces y sonidos desde la Intemperie.

Retrato sonoro de la Calle Boyacá en Medellín by jennygiraldo

12.04.2007

Noches de radio

La última canción que había escuchado la noche anterior fue Boy’s don’t cry, de The Cure, por eso, el radiecito FM de mi celular estaba en 106.3, La FM, que me brinda algunas buenas canciones pasadas las seis de la tarde. Lo mismo que La W, que la encuentro en 90.9, y que compensa su frivolidad mañanera con algo de buenos recuerdos musicales en las noches.

Pero mi lista de favoritas en frecuencia modulada la encabeza Caracol Radio, en 102.3. No sólo por ser la única emisora de carácter informativo del FM, sino por la calidad de sus programas, especialmente La Luciérnaga, Hoy por Hoy, y varios de los de fin de semana.
Otras de las programadas son Cámara FM y UN Radio, dentro de las propuestas culturales; Latina St., pues siempre he sido amante de la salsa y, aún a la espera de una grata sorpresa, Radiónica.
Pero con la noticia de que había regresado el Planeta Rock a Medellín, arranqué desde 106.3 -donde había escuchado a The Cure- hacia abajo, pues no estaba segura del lugar que Radioacktiva ocupaba en el dial. Me detuve, por primera vez, en esas emisoras que nunca escucho, a menos que esté en un bus y no tenga mis audífonos conmigo, y en ese recorrido me encontré con sorpresas que no deberían sorprenderme, pero que me hicieron ver un desolador panorama a través de esos números.
En ese recorrido pasé por Radio Tiempo, que ha impuesto de moda ese género del pop latino, con cantantes de perfil cada vez más uniforme y vacío, letras románticas y ritmos entre románticos y pegajosos que se oyen a volúmenes descomunales en casas que habitan adolescentes.
Guasca, más guasca y más guasca… este se ha convertido en mi género musical favorito para odiar. Letras descaradas que motivan el machismo y que se han metido a las malas en las casas de muchos barrios de Medellín, en las que se oyen los gemidos de niños que aun no saben pronunciar bien ciertas palabras de uso cotidiano, pero que ya saben la ventaja de ser hombres solteros. Las detesto porque empequeñecen a la mujer, porque las cantan individuos que no tienen idea de cantar, porque consumen y motivan la violencia. Una noche me dijo un taxista, con voz de preocupación, que no sabía que futuro les esperaba a estos niños y jóvenes, porque esos mensajes se meten hasta el tuétano, y la diferencia es grande con los pueblitos de mis cuitas y los caminos de viejos de mi vereda con los que crecimos los de otras generaciones.
Ahí está, todavía, La X, y celebro su permanencia. Un descanso después de tanta guasca; sin embargo, no es mi género ni mi emisora, puedo seguir derecho.
Ya extrañaba yo que el reguetón no se hubiera hecho presente, pero para no olvidar lo que este género significa, algo así entiendo en la letra de la canción que me recibe en no sé qué emisora: “mami, chupámelo así, trépate aquí, te bajo el pantalón”. Deslizándome hacia abajo por el dial me encuentro otros cuatro reguetones, Las Cuarenta Principales con más pop latino, música clásica en la Emisora de la U. de A., y la desconsoladora voz de una mujer que llama desesperada para ganarse una boleta para un concierto de guasca, sometiéndose a burlas y humillaciones por parte de los presentadores.
Y ese recorrido también cuenta con Amor Estéreo, que recuerdo como una emisora de música romántica, pero que ahora es de un perfil más juvenil y, por supuesto, La Voz de Colombia, que nació y creció con todos, y que conserva ese mismo público que llama a decir “Qué disco le gusta”. Poca música navideña, pero entiendo que tiene sus horarios. La Mega, que hasta este momento pensaba que se dedicaba a ritmos como el Tropi-pop (no he podido saber bien de qué se trata), reguetón y otros ritmos jóvenes, pero ahí está una de esas canciones de adolescencia, Don’t speak. ¿en últimas, a que se dedica esta emisora?
Muy bien, después de esta búsqueda, llego a la anhelada Radioactiva, y ¿qué me encuentro?
El día que formamos una banda de rock / el día que tocamos nuestra primer canción / aunque eramos muy malos hoy seguimos ensayando / Por siempre, para siempre / Cuando decidí no regalarme mi vida / a una empresa aburrida y a una fría oficina / ahora me la paso escribiendo y cantando canciones / Para siempreeee…
Una letra tan estúpida, y una voz tan mala sólo podría corresponder a una banda (bueno, quizás a otras más), Tres de corazón, un grupo de niños tal vez con plata, que se volvieron producto famoso entre niños –y sobre todo niñas- que no sobrepasan los 18 años. Esto es Radioacktiva.
Sobre este tema encuentro el blog de Jaime Horacio Arango Duque, de El Colombiano; muchos comentarios que afiirman que desde que desapareció Veracruz 98.9 no sonaba Rock en Medellín, y yo tengo una objeción: faltan oídos que busquen un poco más para saber que en UN Radio y en Cámara hay sonidos de esos que tanto extrañamos, sin el aditivo de jóvenes coetános, o contemporáneos que nos digan que canciones escuchamos, que reciban llamadas al aire y que cuenten chistes juveniles.
Una vez escuché que Veracruz era la única emisora en la que se ponía ‘rockcito’, y realmente me molestó ese diminutivo, que disminuía el valor del rock como la música de la rebeldía, de las rupturas, de los sueños de jóvenes que querían cambiar el mundo desde hace muchos años.
No creo que el Rock haya muerto con Veracruz, ni que haya renacido con Radioacktiva. Creo, sí, que el Rock está para quienes realmente queremos escucharlo, está en nuestros discos y mp3, está en programas especializados de emisoras culturales, está en Internet, y ahí sí por todos lados, y algunos creen que el futuro del Rock en la radio está en el A.M. Estas emisoras, por sus afanes comerciales, y no hay que culparlas por ello, seguirán siendo una suerte de Planeta Pop, así que la mejor solución es no buscar allí lo que no se nos ha perdido. Yo, prefiero seguir escuchando Caracol Radio y mi música en computador.
Casualmente me encuentro con esta foto, que se llama Toxic Radio, es de Saiaii, en DeviantArt

11.14.2007

La Hoja de Vida

Hace 15 años, y para responder una pregunta que dos periodistas se hicieron, nació el periódico La Hoja de Medellín. La pregunta era simple: "¿Y ahora, qué putas hacemos?" ¿Con qué? Supongo yo que con esta ciudad, con esta profesión, con tanta información, con una cotidianidad desmedida que abruma y que no permite entender que está pasando.

Por eso nació La Hoja, un periódico sencillo, porque habla de la ciudad diaria, rústica, la que nos toca a todos. No sólo la ciudad que se contruye a partir de boletines o ruedas de prensa, o la que se discute en edificos administrativos o en almuerzos de ejecutivos. Tampoco es sólo la ciudad que no se construye, sino que se deteriora cuando se cuenta desde la pornomiseria, desde el sufrimiento. Es simplemente la ciudad viva, que incluye todo lo mencionado y tanto más. Lo más importante es que La Hoja narra una ciudad vivida y vívida que se construye con nombres propios. Nombres de lugares, de personas, de cosas, de todas las cosas. Eso es lo que hay en La Hoja.

¿Y por qué hablo de La Hoja? Porque cumple 15 años, sacará un gran libro, que es la antología de palabras que han transitado por la historia de Medellín, que mes a mes se ha publicado en este periódico. Ese libro será una muestra más de la tosudez y el empeño de dos periodistas que admiro, Ana María Cano y Héctor Rincón, que sin saberlo, me han enseñado de periodismo cultural, independiente, de radio, de medios de comunicación y me han permitido, a través de sus ojos y su experiencia, afilar esa mirada que se necesita para descubrir esta ciudad en todas sus dimensiones.

Hoy, mucho de lo que ellos y todos sus colaboradores, sin saber que lo hacían, me han enseñado, comienza a dar frutos. Hoy soy también parte de ese equipo que le da "una mirada otra" a la ciudad. Desde estas oficinas se salta a la calle, y los ojos van al principio de lo que se sabe, lo que se ve, lo que se huele, lo que se oye; luego, esos mismos ojos dan vuelta completa, revisan, remiran, rehacen y así es que uno se encuentra con hermosas -otras no tanto- sorpresas de ciudad.

Esta sí que es un Hoja de vida.

Foto: Chema Madoz.