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3.06.2016

"La paz esté con vosotros"

La reconciliación de David y Absolón.
Rembrandt. 1642
La religión en la que me criaron, a la que pertenece una gran parte de mi familia y de las personas que conozco, promulga, cada semana, en ese ritual denominado eucaristía o misa dominical, "la paz esté con vosotros y con vuestro espíritu" y, en un acto simbólico, la gente que asiste a la parroquia, capilla o iglesia, se da un apretón de manos o un abrazo como señal de paz, de reconciliación.

Estas dos palabras habían sido hasta hace unos años, para mí, valores meramente subjetivos, humanos, infundidos, en mi caso, por la religión y por la educación escolar, que tenía asignaturas como ética y valores o religión. La paz era perdonar, reconciliarse con el otro, no maltratarlo. Una cosa en la que insistía mi mamá era que no tenía sentido ir a la iglesia, comulgar y salir a "hablar mal del prójimo".

Hoy, las palabras paz y reconciliación han tomado otro tinte en el diálogo cotidiano. Se volvieron conceptos políticos y van más allá de una paloma, un apretón de manos o la condición íntima del ser o el espíritu. Hoy la paz se negocia, tiene condiciones, depende de voluntades. Y de una de las voluntades de las que depende es la de los votantes. Sin embargo, hay quienes, aún criados en esta misma religión, la que promulga el amor, la paz, la reconciliación, el "poner la otra mejilla", no están dispuestos a abrirle el camino a esa paz; en algunos casos, no quieren siquiera ponerse en la tarea de comprender qué sucede en estos diálogos. Es suficiente para ellos con saberse parte de un bando y que existe otro en contra al cual es necesario derrotar.

"No con conversaciones sino pagando con su muerte el infame podrá resarcir la muerte del mártir", pronuncia Anna Pávlovna en las primeras páginas de Guerra y Paz. Esta frase, traída desde el siglo XIX puede ser traducida en expresiones que escuchamos diariamente y que no le dan lugar a la vía de la negociación para terminar el conflicto. Somos sangrientos, preferimos derrotar al enemigo hasta la humillación, sin importar lo que nos llevemos por delante: civiles muertos, territorios arrasados, devastación económica, huérfanos, viudas, viudos, escuelas convertidas en fortines militares, niños y niñas robados de sus hogares u obligados pero, en todo caso, reclutados a la fuerza. Tantas pérdidas.

De quienes están en contra del proceso de paz no me sorprende tanto la capacidad de repetir discursos que parece que no se agotan: "le están entregando el país a las Farc", "se están gastando nuestro impuestos de paseo en La Habana", "el congreso se va a llenar de guerrilleros". Me ha sorprendido más el deseo de guerra. "Yo sí quiero la paz, pero no esa", es otra expresión corriente. ¿Pero cuál es su propuesta de paz entonces, cómo lograrlo en el corto plazo?. No, no hay respuesta. La única vía es la confrontación armada, la guerra, la muerte del enemigo y, de paso, de unos cuantos amigos.

Me pregunto constantemente qué es lo que opera en estos seres; qué pasa por sus cabezas o qué se mueve en sus corazones. Recuerdo con vergüenza la muerte de Raúl Reyes en 2008. Creo que la forma en la que fue acribillado es, en definitiva, consecuencia del juego que estaba jugando: la guerra. Sin embargo, los carros pitando en tono de celebración, como si de un triunfo de la Selección Colombia se tratara; personas bebiendo con el orgullo que les produjo dicha operación militar, la celebración de la muerte, ese recuerdo es una muestra del desquicio al que nos ha llevado la guerra.

Un deseo de venganza enquistado, una necesidad de pertenecer al bando de los "buenos", de los "vencedores", una imposibilidad para contemplar la posibilidad de una sociedad reconciliada. Y claro que aquí juega de local la desconfianza, esos son los seres que ha construido la guerra. Uno de los miedos está puesto en que la guerrilla retome sus formas de lucha, que vuelvan las épocas del terror tras la firma y refrendación de un acuerdo. Y es normal la inquietud: si hay firma y luego una voladura de torres, ¿cuál fue la paz que firmamos? Pero ahí está el reto como sociedad: recuperar la confianza. Seguro tendremos que encontrar formas y mecanismos para hacer justicia con quienes aun tras el acuerdo insistan en perpetrar el conflicto; de hecho, los acuerdos contemplan penas que seguro no se acompasan con el daño que han hecho, pero que, como de una negociación se trata, habrá que ceder. 

Sin embargo, yo sigo creyendo que vale la pena darnos una oportunidad como país. Yo, también tengo miedo. Ese mismo: que los acuerdos se queden en un papel firmado y sean las Farc las que le incumplan al país. También tengo miedo de que comiencen a desaparecer líderes de izquierda, o a aparecer asesinados, que los guerrilleros que se acojan a las condiciones del proceso sean víctimas del odio de los "buenos" y también resulten muertos en una nueva guerra. Y que la paz sea un negocio para los poderosos, sea la vía de entrada para multinacionales que, de manera perversa, también han contribuido a la perpetuación de esta guerra, que la paz sea la ruta para seguir vendiendo y empeñando el país. Sí, el proceso y sus resultados también me generan miedo.

Y a pesar del miedo, sigo creyendo que la mejor forma de hacer justicia con un país desquiciado por tantos años de guerra es apostarle a una transformación política profunda y sesenta años nos han demostrado que las armas no cambian nada. Es hora de reconocer que el conflicto armado nos ha enloquecido, nos ha vuelto violentos en el discurso, nos ha impedido reconocer al que piensa distinto, nos ha llevado a legitimar el dolor ajeno como un mal necesario para vencer. Me encanta que la paz se nos haya vuelto tema de conversación: en la familia, en los grupos de amigos, grupos de estudio, medios de comunicación, foros, plenarias, seminarios. Prefiero la paz en la agenda pública y cotidiana, porque soy partidaria de que, en definitiva, creer en este proceso nos otorga el derecho a soñar con otro país. Y eso ya es una ganancia, un avance. 

Hay un riesgo, otro asunto que da miedo, y es cómo comenzarán a aflorar las otras guerras, las que no ocupan de manera tan determinada los medios de comunicación. Y como sociedad belicosa que somos, seguramente nos tendremos que inventar otro enemigo, armarlo a la medida de nuestras necesidades. Ese será otro capítulo de la historia. Por lo pronto, como los Montesco y los Capuleto de la pintura de Leighton, será mejor reconciliarnos sobre los muertos que ya tenemos y no esperar a producir más muertos para desear que la paz esté con nosotros.

La reconciliación de los Montesco y los Capuleto sobre los
cuerpos muertos de Romeo y Julieta. Frederick Leighton. 1855.


5.24.2015

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Haruki Murakami)

“Creo en la futura armonización de estos dos estados, aparentemente tan contradictorios, que son el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, en una sobrerrealidad o surrealidad, si así se le puede llamar”.
André Breton. Manifiesto surrealista

“Cuando debas ir hacia arriba, busca la torre más alta y sube hasta la cúspide. Cuando debas ir hacia abajo, busca el pozo más profundo y desciende hasta el fondo. Cuando no haya corriente, quédate inmóvil. Si te opones a la corriente, todo se seca. Si todo se seca, el mundo se ve envuelto por las tinieblas”.
Haruki Murakami. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Página 80

Escuché alguna vez, en una emisión del programa Los Libros (Señal Radio Colombia), que regalar un libro era regalar la obligación de leerlo. Y claro que tiene razón el que lo dijo, que lastimosamente no recuerdo quién fue. ¿Qué responderle a alguien que te ha regalado un libro hace más de un año para el que aún no has sacado el tiempo suficiente para leerlo? Yo siento un poquito de vergüenza. El punto a favor está cuando esa persona que se atreve a imponerte semejante tarea te conoce lo suficiente como para regalarte una obligación placentera. Recibí entonces (como regalo) el encargo de leer Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994-1995), de Haruki Murakami; mi primer encuentro con el japonés, a quien por alguna razón inexplicable le había huido. Luego vino Sputnik, mi amor (1999) y, tras estas dos lecturas, sumadas a uno de sus últimos cuentos, Yesterday, incluido en el libro Hombres sin mujeres (2015), me siento ya una novata seguidora de este autor.

Una obra construida en capas, con subidas y caídas (como lo anuncia el fragmento que elegí para abrir este comentario). Un relato que en algunos momentos te pone en la más alta de las torres y en otros te lanza al pozo más oscuro, más profundo. Y ese pozo es un laberinto onírico que se recorre por suelos y subsuelos. Es fascinante la manera en que a través de todo el libro se van leyendo los recuerdos, los sueños y las que creemos que son las realidades. ¿Cuál es, en últimas, el universo “real” de Tooru Okada? ¿Cómo logra un golpe que parece ocurrir en medio de una pesadilla mandar al hospital a un sujeto del mundo 'real'? ¿Por qué una llamada que proviene de un sueño es recibida en una casa de la ciudad como si viniera de cualquier lugar terrenal? ¿Cuál es el punto de convergencia entre el sueño y la alucinación, el recuerdo ajeno y la vida propia?

Preguntas que surgen de la transposición de los universos metafísicos que sutilmente se van rozando, a través de manifestaciones mínimas pero determinantes: una llamada telefónica, una carta o la partida cotidiana de un gato. Luego, esas sutilezas se van desdibujando y hay un estallido que borra los límites entre esos universos. Estamos frente un libro que plantea la posibilidad de la existencia de dos (o más) mundos entre los cuales es posible transitar a través de una liviana puerta giratoria, pasos que van desde la realidad a la ficción convergiendo en una sola vida; la armonización de dos estados que mencionaba Breton en su manifiesto surrealista. ¿Es May Kasahara un personaje tangible, perteneciente al mundo de la realidad o es una invención de la desolada mente de nuestro protagonista? Porque esa búsqueda que emprende –la búsqueda del retorno– lo lleva a tomar rutas que para su sedentaria vida resultan extremas, a bajar hasta el fondo del pozo, a sumergirse. Y en ese camino su mente se nubla, su juicio parece alterarse:

“Se me hacía extraño saber que mi cuerpo estaba allí y no ser capaz de verlo. Inmóvil en la oscuridad, cada vez me parecía menos evidente el hecho real de encontrarme allí. Por eso, de vez en cuando, carraspeaba o me pasaba la palma de la mano por la cara. Así, mis oídos se cercioraban de la existencia de mi voz, mis manos de la existencia de mi rostro y mi rostro podía cerciorarse de la existencia de mi mano”. (Página 325)

Viajes acuáticos y subacuáticos

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es un libro de viajes: un viaje entre mundos o universos, un viaje del sueño a la realidad, un viaje por la ciudad, un viaje a la niñez y al pasado, un viaje a un pueblo cercano, un viaje a la tintorería, un viaje por el barrio, un viaje al pozo más profundo, un introspectivo viaje al interior de sí mismo.

Y en ese viaje que propone el libro es constante la presencia del agua, por eso es un relato para navegar; es posible entonces que el agua, como elemento simbólico, logre ese efecto de fluidez al transitar entre las páginas. Porque el relato es denso, enrevesado, fatigoso. Pero, en contraste, el paso de una realidad a otra, de un paisaje a otro, de una geografía a otra, es ligero, a veces imperceptible.

“Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua”.

Lee uno estas palabras de Borges (Arte poética) y se siente así cuando va navegando por esta crónica; el tiempo que va por un río, un arroyo, un pozo que se llena; el tiempo, los tiempos por los que transita Okada y los tiempos de cada uno de los surrealistas personajes que van apareciendo. ¿Existieron realmente las hermanas Kanoo, la distinguida Nutmeg y su hijo Cinnamon, el teniente Mamiya y la divertida May Kasahara? Es decir, ¿existieron realmente en la vida de Okada inventada por Murakami en esa superficie de suburbios, metro y lavanderías? ¿O es Okada un río por el que pasan los personajes que lo acompañan?

“Yo no soy más que un simple camino por donde pasa el hombre que yo soy”. (Página 365).

Y ese camino, que es tránsito, pasaje, que es el escenario para el recorrido, para el viaje, puede ser también un río por el que vemos fluir los personajes, las palabras, la historia. Puede ser, incluso, un río subterráneo descubierto luego de tocar fondo en ese primer río. O al menos de esa forma puede uno sentir la lectura, que es en capas, que pone un mundo dentro de otro, que nos confunde. Piso el suelo firme en el fondo y me encuentro con una arena movediza que me lleva a otro río o a un pozo sin fondo. Y luego, por obra, gracia y milagro de la palabra, regreso a la superficie del narrador que me va guiando.

Hace unos días me topé con el inicio de Así empieza lo malo, la más reciente novela de Javier Marías, –otra lectura obligada que me hace cargar la vergüenza de tenerla apenas iniciada–, que habla de la ficción y la realidad como gemelas que se repiten, carentes de originalidad, fotocopias cuya tinta es una sola y cuyas ideas e imágenes se confunden:

“...la índole de los personajes no cambia nunca o eso parece, los de la realidad y los de la ficción su gemela, se repiten a lo largo de los siglos como si carecieran de imaginación las dos esferas o no tuvieran escapatoria...”

Suelo dejar los textos guardados en la nevera mucho tiempo. Este, particularmente, lo escribí en enero, cuando terminé de leer la novela, con el fin de que no se me enfriaran las sensaciones ni los pensamientos. Ya volví a Murakami. Sputnik, mi amor fue mi segundo encuentro con el autor. Una novela también misteriosa, un encuentro de dos mundos, una historia de preguntas y confusiones; una novela que, como bien lo describe su personaje-narrador, un profesor de escuela, parece ser “un sueño apacible y semiótico”. Y es curioso cómo se encuentran los relatos (¿una fórmula, quizás?), o cómo los encontré yo. Acá, un ejemplo de esas convergencias. Podrían ser pronunciadas estas frases por el mismo personaje, por el mismo ser (como, de hecho, lo son si pensamos en el universo del autor):

“Me daba la impresión de que cada día que pasaba me alejaba más de mí mismo. Si me quedaba mucho rato contemplándome las manos, tenía a veces la sensación de que transparentaban, de que se veía al otro lado”. (Página 524)

Mientras que el narrador de Sputnik dice:

“A veces, cuando me levanto y me miro al espejo, me parece estar viendo a otra persona. Si no ando con cuidado, esa persona me va a ir dejando atrás”. (Página 73)

En conclusión, me regalaron la bella de obligación de leer un libro. Y me regalaron también una puerta que ha quedado entreabierta para recibir más lecturas, más novelas, más cuentos de este autor. Si este intento de reseña no dice todo lo que podría decirse sobre Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, ofrezco mis disculpas; me encuentro, como dice Murakami en una de las tantas frases que quedaron subrayadas en este texto, frente a la “frustración de querer describir algo, de querer explicar algo y fracasar”. Parece que todo esto: las lecturas, las historias, los personajes y sus encuentros, fuesen una “ilusión deconstructiva con visos de realidad”. Y ya no estoy segura de cuál de los dos libros tomé esta última frase.

4.17.2015

Una historia (personal y vergonzosa) para la memoria

Intenté registrarme en el Sistema de Bibliotecas y me dijeron que ya estaba registrada. ¡Claro! Desde los ocho años mi Papá me llevó a la Biblioteca Pública Piloto a sacar en carné y me llevaba con cierta frecuencia a leer, a prestar libros, a talleres, en fin. Sin embargo, no pude prestar los libros que necesitaba porque... ¡tengo una multa desde el año 2000! Vergonzoso, dejo constancia.

Me someto al escarnio público porque, gracias a este embrollo, removí muchos recuerdos.

Cuando me preguntaron por el número de documento para ver la cifra exacta a la que asciende mi deuda, por supuesto, pronuncié los dígitos de mi cédula de ciudadanía: usuario inexistente. Y entonces recordé que, quizás, ese préstamo lo había hecho cuando aún portaba tarjeta de identidad; eché cabeza, como decimos, y unos números empezaron a brincar: 821115, la fecha de nacimiento, y luego aparecieron los que se me habían perdido en la memoria: 04632... ese era el número de la tarjeta de identidad, ese documento que me hacía sentir grande por tenerlo en la billetera; porque, claro, si tenía tarjeta de identidad, necesitada billetera de plástico.

Pero, sobre todo, se movieron esos recuerdos de mi señor Papá llevándome a la biblioteca y al Mamm, acompañándome a sacar el carné, a los talleres, a descubrir el mundo detrás de los libros. Y también a mi Papá llevándome a Envigado, bien madrugada, a hacer la fila para sacar la tarjeta, la chaquetica de jean con cuello verde y la capul de la foto. La niña Jenny, menudita, extrovertida, curiosa, con muchas ganas de leer, escribir y preguntar. Y tantas cosas que le agradezco a mi Papá.

Mañana saldaré mi deuda de 11.600 pesos con la Piloto; una deuda que adquirí por no entregar a tiempo un libro sobre teoría del color y la película 1984.


7.21.2013

Una mujer sin país

La idea es simple: leer en voz alta, acudir a textos literarios que me gustan, que tienen que ver conmigo. Cuentos, en su mayoría, pero también fragmentos de novelas y ensayos literarios. Todos ellos, leídos a la intemperie. Sentarme en un parque, en una esquina, en una acera, en una tienda y, allí, abrir el libro con las páginas seleccionadas y compartir las palabras escritas que me gustan, desde los lugares que habito, con quien esté dispuesto a escuchar.

El recorrido comienza en el balcón de mi casa: primer escenario que me saca un poco de la intimidad de mi cuarto, mi sala, mi biblioteca, mi cocina, de mi hogar, y me permite escuchar y respirar la calle, la intemperie. Y la primera lectura es del estadounidense John Cheever. Este cuento, Una mujer sin país, está incluido en una selección llamada "Cuentos para mujeres solas". La primera vez que lo leí estaba en el patio de un hotel en Cartagena, sola, aprendiendo a lidiar con las diversas formas de la soledad.

Reconciliarse con la soledad, con las soledades, es la única vía que nos queda cuando reconocemos el inevitable estado solitario al que estamos destinados. Si estamos en capacidad de comprender que "la soledad es el fondo último de la condición humana" (O. Paz), estaremos también en capacidad de alimentar cada día, cada instante y cada una de nuestras, como diría Barthes, pequeñas soledades.

La referencia musical que aparece en el cuento es un popular tema de jazz, de Hoagy Carmichael: Stardust.


 

9.23.2012

De comparsa con la Oficina

Detrás de las puertas del Teatro Oficina Central de los Sueños hay grandes artistas y grandes amigos. Por eso, este año, decidí cambiar mi papel de espectadora y me fui a vivir la fiesta de una comparsa con ellos. Colorida, transformada, maquillada y un poco aporreada, corrí por la Avenida La Playa y fui inmensamente feliz. Así que para ellos, mis amigos de Oficina, ese espacio que he habitado con tanta frecuencia y tanta alegría desde hace algunos meses, para ellos escribí este sencillo texto.




La puerta del Teatro Oficina Central de los Sueños permanece cerrada de domingo a miércoles. Se ve, sobre la carrera Girardot, entre Maracaibo y La Playa, una fachada algo estrecha, una puerta azul, un cartel que anuncia lo que sucederá a partir del jueves. Todo parece en silencio. Si de casualidad uno pasa mientras alguien está entrando y de puro curioso mira hacia adentro, no se lleva ninguna sorpresa, todo parece en silencio.

Pero si la impertinencia alcanza y uno pregunta y hasta entra, después del corredor estrecho que le sigue a la puerta azul, con un piso de iglesia igual al de la Iglesia Nuestra Señora de los Dolores, del Parque de Robledo (la iglesia de mi infancia y adolescencia), se encuentra uno con un patio y un muro con un graffiti que, en letra incomprensible, difícilmente deja leer la palabra SUEÑOS y que, además, tiene el rostro del maestro Santiago García, director del Teatro La Candelaria.

Y al frente del patio, dos cuartos con computadores, mobiliario, afiches, un poco de desorden y personas trabajando, enviando mails, escribiendo tuits, haciendo cuentas, vendiendo boletas, . Ellos hacen parte de esta Oficina, hacen parte de Medellín en Escena, una agremiación de artistas escénicos de Medellín que, entre otros logros, cuentan hoy con la Fiesta de las Artes Escénicas, un festival de teatro que llena salas.

El patio se une con otro salón que tiene una barra, lugar que hace las veces de buffet, de bar o de bailadero según el ánimo y las necesidades del momento. Y si uno sale, otro corredor y otra puerta y atrás, el escenario. Y es martes pero el escenario está lleno. Claro que la obra no está lista. Todo parece en construcción, todo está a medio armar, huele a sacol, a pintura fresca, a vestuarios desempolvados.

Suenan tijeretazos, voces afanadas, pasos acelerados. ¿Dónde está la falda de colores? ¿En cuál maleta quedó el vestido? Muchachos, escuchen. Todos acá un momento, por favor. Ya van a ensayar los músicos. Es la voz de Juan, el actor flaco y alto que representa a Gonzalo Arango en Fin de viaje. Él es el director de la comparsa de Oficina Central de los Sueños, que salió el 26 de agosto junto a otra cantidad de grupos de artes escénicas de Medellín que, este año, se dieron a la tarea de recrear personajes y situaciones relacionadas con el rebusque del día a día, con el trabajo de la calle, con la economía informal, con las ventas ambulantes, con ese paisaje diario de las calles del centro de Medellín, de los semáforos, de las esquinas.

Entonces dentro de Oficina Central de los Sueños, chicos de las redes de artes escénicas y de danzas, actores profesionales, músicos y amigos de la casa, le dieron vida a personajes que nos encontramos cotidianamente: jóvenes limpiavidrios con su instrumento de trabajo, un tinterillo, representado por Luisa, que portaba un abundante bigote, una prominente barriga y una máquina de escribir hecha de cartón; tres hermosas negras (muy blancas todas ellas antes del maquillaje) que cargaban mandarinas y gelatinas gigantes sobre sus cabezas, la tercera arrastraba una parrilla con provocativas porciones de carne, chorizos y arepas de espuma; varios vendedores de discos compactos piratas de géneros tan diversos como el 'roc' o la 'colomviana'. El vendedor de algodones de azúcar que, por su tamaño, de haber sido reales, podrían ser compartidos por ocho personas o causar un coma diabético a su consumidor; los minuteros cargados de celulares encadenados a sus cuerpos, un vendedor de mazamorra, una carreta de voluminosos aguacates arrastrada por un tipo chiquito con sombrero y bigote como mexicanos, un volantero medio cojo con una gorra hecha de pedazos de volantes que distribuía pequeños cuentos amarillos, tradicionales vendedores de chicles, papitas, confites, cigarros; taxistas y conductores de transporte escolar, que encabezaban la escena y que eran abordados por aquellos limpiavidrios que aparecieron en el inicio.

La música de esta comparsa corrió por cuenta de los merenderos, músicos dedicados a la chizga, de los que habitan el Parque Berrío y algunas bancas de Carabobo, de los que persiguen parejas para ofrecer serenatas. Ellos fueron representados también por actores – músicos que hacen parte de Oficina Central de los Sueños.

Todos con las pieles insoladas por el maquillaje, intentando mostrar los vestigios de la exposición al sol de los vendedores de verdad, que corren y se esconden y regresan y marcan territorio y establecen su propio orden y están ahí. En estos personajes, que se veían como caricaturas de esos oficios tan cotidianos y tan propios de estas ciudades en las que ya casi no hay cama pa' tanta gente, ellos, los que salen cada día de sus casas a rebuscarse lo del diario, se vieron reflejados, se rieron de sí mismos, corroboraron que a pesar de ser ya paisaje habitual de nuestras calles y aceras, sí los miramos, sí los sentimos, sí entendemos que el espacio que ocupan es un espacio ganado. A veces alegamos, a veces nos molestamos cuando nos atacan por montones con papelitos que prometen dinero, tranquilidad, préstamos fáciles, felicidad completa, amor eterno; y otras veces rogamos encontrarnos con el vendedor de aguacates cuando estamos camino a casa o nos encontramos el marco de gafas más hermoso y barato justo debajo de un puente en una tabla de icopor. A ellos, la Oficina Central de los Sueños les hizo este entretenido homenaje en la Comparsa Inaugural de la VIII Fiesta de las Artes Escénicas.

¿Y qué vamos a hacer en la Novena?

7.07.2012

De los falsos abdómenes rayados y otras miserias del mercado


Nota introductoria: ¿Qué puedo decir? También caí. Pero esto no es una respuesta a Azcárate, y aunque su opinión no debería trasnocharnos, le agradezco que logró reactivar la escritura para mi blog.

Lo de Alejandra Azcárate no es tan grave y es muy grave. Su texto burlón, creo, no merece la atención que le prestamos. Sobre todo porque, por ejemplo, aquellas mujeres con unos kilos de más que respondieron con tweets inteligentes, posts sensatos y bien orgullosas de esa característica física, son precisamente esas que no se dejan amedrentar. Ni de Azcárate, ni de nadie. ¿Pero qué pasa con las otras? ¿Qué sienten todos los días otras mujeres que se convierten en foco de burla de sus compañeros de colegio – de guardería, incluso-, que son blanco de críticas de sus madres y tías, que se encuentran con almacenes en los que las tallas cada vez son más pequeñas y que sienten las miradas prejuiciosas en un restaurante, cuando piden una adición de tocineta o cuando agrandan las papas y la malteada? Lastimosamente, desde mi perspectiva, lo de Azcárate es lo menos grave.

Como muchas mujeres fui anoréxica, fui flaca, fui delgada, estuve “repuestica” y ahora mi figura dista mucho de la de la flaca de la universidad. Todas mis tallas han aumentado con los años, y con las tallas y los años, los chistes y comentarios de familiares: A los 14 no me ponía la ropa sino que me la colgaba; a los 16, o me habían sacado las cordales o me estaba comiendo toda la sopita porque se me notaba en los cachetes; a los 29 no dejo de escuchar de algunos tíos que “jamás nos hubiéramos imaginado que usted se fuera a engordar”. Y así. Entonces, como a muchas de las mujeres de esta ciudad, me dio por adelgazar. Carboxiterapia, vacumterapia, presoterapia, comenzaron a ser términos dolorosamente familiares para mí.

Pero mi primer acercamiento a una clínica estética me dejó un sinsabor que quiero compartir, porque a mujeres y actitudes como esas sí hay que prestarles atención. “Ese gordo tuyo, ¡FO!”, expresó la profesional de la salud, así pretendía venderme el tratamiento ambulatorio que en cuestión de tres horas me podría dejar con un abdomen perfecto “te puedo rayar para que parezca que has hecho ejercicio”, “vas a hacer la envidia de tus amigas”.

Pero no, no me interesaba tener el abdomen de la deportista que no soy ni quiero que mis amigas me tengan envidia. Si no me quiero gastar dos horas de mi día haciendo ejercicio, asumo con entereza que mi barriga no luzca como si lo hiciera. Y de mis amigas, prefiero admiración, respeto y lealtad que envidia. Tengo pocas amigas y ninguna de ellas es perfecta, bellamente imperfectas todas ellas.

Renuncié a adelgazar, decidí que unos masajes serían suficientes, que las hamburguesas son deliciosas como para dejar de comerlas (y eso mismo me dice la masajista), que hay ropa para todos los cuerpos y que la belleza no está solo por dentro; que, de verdad, no vale la pena buscar tanto la eliminación de unos kilos. Sin embargo, ahora con la sonada columna (justo acabo de leer la -esa sí- columna de Ricardo Silva en la que expone otros argumentos relacionados con el lamentable sentido del humor) recordé a la médica y sus ofensivas palabras, que intentó decir con muy buen humor, por supuesto. Recordé a las mamás diciendo “guarde la barriga”, recordé cuando a mi hermana le dijeron que “a los gordos solo los quiere la mamá”. Y así por el estilo.

Que una mujer hecha entre gimnasios y quirófanos se goce a las gordas no es problema. Problema es que ese patrón se repita cada día, en tantos espacios, pues entre la posible baja autoestima de una mujer cuya apariencia física no encaja en lo que muestra la televisión (porque la gorda que consigue novio es la gran hazaña en una telenovela) y las palabras de una médica cuyo nombre olvidé, son varios millones de pesos los que se transan y varias lágrimas las que se derraman. Eso es lo que realmente me preocupa.

5.26.2011

Una ciudad, dos ciudades, tres ciudades…

Aranjuez, Comuna 4.
Escribiré corto, para no cansarme y volver a hacerlo cuanto antes. Porque quiero hacerlo cuanto antes, porque me gusta escribir, y me gusta que esos que llegan y leen, pues lean. De lo contrario, este ejercicio no tendría sentido. Esto no es un diario privado.

Temas para escribir, muchos: la demanda de mi vecina, la pelea con los políticos, las frustraciones de un partido, lo divertido y retador que me ha resultado ser profesora universitaria, los cambios de la radio con las nuevas tecnologías, el recorrido que hice ayer con Perla, Caicedo y sus sesenta años y el agite que me sigue provocando leer ¡Que viva la música!, las noches de teatro, el Foro de Cultura, en fin. Los temas no faltan.

Y cuando empiezo, me pregunto: ¿y esto qué tiene que ver con la intemperie? Y entonces renuncio a escribir. Pero ayer salí a la calle con un propósito: volver a ver las historias que se cuentan con los muros. Esto lo había hecho hace varios años, fotos como la de Pablo Escobar y la de esa calavera que hoy sobrevive en otro muro, son el testimonio que me quedó en Flickr, porque el backup de mi equipo desapareció.

Se trataba de contar lo visto, en compañía de la periodista de un medio local (además, gran amiga), a través de Twitter. Es una experiencia periodística divertida, me gustó hacerlo. Me invitó ella, dizque porque conozco un poco el tema, pero me corchó con varias preguntas: ¿qué dice la Alcaldía de esto?, por ejemplo. No tengo idea. Me invitó dizque porque conozco la ciudad y soy amante de las calles.

Para conocer todas las ciudades que contiene Medellín en su mapa necesitaré más vidas que siete gatos, porque sigo descubriendo todos los días, a través de otros ojos, de otros oídos, de muchos otros sentires, otras ciudades que ni siquiera imagino.

Amante de las calles, en todos los sentidos y con todos los sentidos. Callejera por naturaleza y de nacimiento. Andariega como me enseñaron. Rebuscadora del aliento que exhala cada esquina, diferente en cada hora del día. Ya he contado quizás que mi papá me llevaba al centro a mostrarme las calles y a enseñarme sus nombres y es un conocimiento del que hoy me enorgullezco, porque aunque no sé ni para dónde voy con este texto, sé dónde estoy parada, sé que Medellín me es ajena y que aunque el mundo no se acaba en los límites con Envigado, Sabaneta o Bello, sé que esta ciudad es un mundo, uno de muchos, un mundo que intento conocer a través de esas calles de las que, dice el periódico de hoy, soy amante. 

9.01.2010

Ni pianista, ni católica, ni madrugadora. Sólo andariega.

Lo conocí cuando tenía 47 años. Lo recuerdo de bigote poblado y mucho cabello muy negro. No lo recuerdo de antes y me cuesta llegar a la primera imagen que tengo de él. Lo primero que me viene a la cabeza son los “paseos” a Envigado, a alguno de los bancos en los que era mensajero, en 1986 ó 1987.Pero el recuerdo que con más fuerza me llega es el del día que lo despidieron del banco, en 1988. Poco faltaban para las 8 de la mañana y mi mamá me preparaba para salir al kínder. Él había salido un par de horas antes y de pronto, regresó. En la mano tenía una carta de despido que mi mamá leyó. Después de cerrarla, lloraba y mi papá la abrazaba y yo, sin saber muy bien por qué, también lloraba.
Luego, vinieron las tiendas, una tras otra: salsamentarias, tiendas de barrio, billares, bares, restaurantes. Unas lejos y otras cerca de la casa, unas mejores y otras peores… ya en otra oportunidad hablé de lo práctico y grato que había resultado en mi vida ser ‘la hija del tendero’, como me llamaban de forma despectiva algunas niñas del colegio en el que estudié.
Mi papá tiene 68 años, nació el año en el que la segunda guerra mundial estalló, se casó a los 42, porque primero trajo a todos sus hermanos a vivir a Medellín, a la ciudad, a la casa que él comenzó a construir. Años después, esos hermanos tratarían de dejarlo por fuera de la herencia, porque él no era hijo de mi abuelo, sólo de mi abuela, era un “hijo natural” y, como si todos los hijos no fueran naturales, varias veces lo juzgaron por ello.
Él quiso que yo fuera música. A los 4 años me regaló una organeta pequeña, a los 8, una organeta más grande. Me llevaba a clase de piano, de guitarra, de tiple; al coro de la Escuela Popular de Arte. No lo logré. La música no es lo mío, no tenía talento, no logré cultivarlo, no le di a mi papá el gusto de verme sentada frente a un piano, como era su deseo.
Además de la música, me invitaba a madrugar con él, unas veces para salir a caminar, cuando Robledo era más montañas que urbanizaciones. Subíamos por La Pola, encontrábamos quebradas, árboles de mangos, de pomas, flores… Otras veces, me invitaba a acompañarlo a la plaza de mercado donde me enseñaba cómo comprar legumbres. Hoy, soy pésima madrugadora, no soy muy amiga de las caminatas ecológicas y puedo, más o menos, comprar verduras en el supermercado.
Durante una época, mi papá nos obligaba a madrugar los domingos a misa. Era su deseo (y obligación católica) que la familia fuera junta a misa, que rezáramos juntos, que comulgáramos siempre. La travesía era divertida. Caminábamos desde el parque de Robledo hasta Calasanz, bajábamos por El Pesebre, que era un barrio ‘caliente’, donde las milicias urbanas hacían grafitis en las paredes. Para mí, caminar por allí era una odisea que me llenó de curiosidades.
En Semana Santa, él era uno de los apóstoles, cargaba santos, llevaba el sepulcro, leía en las misas, cantaba en el coro. Semana Santa era para nosotros una época sacra, mística. Siempre estrenábamos los jueves y los viernes y estábamos elegantes, porque era una conmemoración que merecía respeto, solemnidad. Hoy, no voy a misa, no profeso ninguna religión ni sigo ningún ritual, excepto el de buscar alguna procesión de viernes santo con algún ingrediente particular para ir a tomar fotografías.
Peleo con él, a veces mucho, más de lo que quisiera. Pensamos diferente respecto de la mayoría de las cosas. Pero cuando sucede, siempre recuerdo que él me acercó a la música, me compró libros desde que soy pequeña, me llevó a museos y a la biblioteca. Aunque no terminó el bachillerato ni en la nocturna en la que estudió a los 40, dónde solo alcanzó el cuarto bachillerato, como se decía en esa época, para él siempre lo más importante ha sido que sus tres hijas estudiemos, esa es su más grande herencia.
Hoy, con casi setenta, sigue siendo tendero. Se acaba de embarcar en un nuevo proyecto. Una tienda más, un nuevo barrio por descubrir, nuevos vecinos y nuevos amigos lo esperan en ese esfuerzo que hace por seguir sintiéndose vivo, sano, útil, protector, el hombre de la casa. El hombre que a punta de trabajo ha sido siempre.

* Esta tarde recordé que con mi papá conocí los billares (ese fue otro de sus negocios en alguna época) y que él me mostró las calles del centro de Medellín y me repitió sus nombres, me llevó a recorrerlas y me enseñó a transitarlas.

4.04.2010

La nostalgia de un nombre que no fue


Hoy veo a mi madre poco más de cuarenta años atrás. La veo con esa cara que reconozco en las fotos agrietadas que mi abuela guarda y que dejaron para el recuerdo nobles retratos de su lejana infancia. La veo con un uniforme de cuadritos, medias blancas, zapatos pequeños y esa figura menuda, contextura física que a los cincuenta conserva. La veo escondida detrás de una timidez abrumadora que le impidió ese día acercarse a la campana para anunciar con su toque que la hora del recreo había terminado.

De esa historia perdida a finales de la década del sesenta, en un pueblo del Magdalena Medio antioqueño, llamado Caracolí, viene el primer tango que recuerdo haber escuchado; supongo también que fue el primero que ella escuchó con oídos atentos: “Sonia, Sonia, tus cabellos negros, en sueños mil veces besé yo.”; una melodía húngara, de notas amargas que hablan de encierro, muerte y desolación, inmortalizada para los tangueros, para mi madre y para mí por el Zorzal Criollo, que la grabó por primera vez cuarenta años antes de que ella la escuchara por primera vez.

Siete u ocho años tenía ella, la niña Rosalba, la buena estudiante, la alumna de confianza. Estaba en tercero de primaria y seguía al pie de la letra sus tareas y las instrucciones que las monjas le daban. Todas menos esa, la de tocar la campana. Sentía vergüenza con solo pensar que podría fallar en su intento por empinarse, estirar el brazo y mover su mano con fuerza para producir el sonido que daba fin al momento de descanso, de juegos, de libertad. Y en un acto tildado como de rebeldía, se negó rotundamente a hacerlo. Podía hacer cualquier cosa, lo que le pidieran, pero no quería tocar la campana. Y entonces vino el castigo que más de cuarenta años después es recordado por ella y escuchado con agrado por sus tres hijas; y reproducido por una de ellas con el descaro de quien se toma una historia como propia y se encarga de contarla a quien pueda.

Tres semanas estaría mi mamá en un rincón del salón de clases, dando la espalda a las hileras de escritorios, mirando a través de la ventana, esperando el día en que pudiese de nuevo sentarse en su pupitre y atender las lecciones diarias, y eso era algo que sólo podría suceder el día que pidiese el perdón de la monja a la que se negó cuando le ordenó tocar la campana.

Y hasta ese rincón que se convirtió en morada por semanas, desde el que se divisaba un caspete en el otro extremo del patio, llegaban tristes notas que se mezclaban con la voz chillona de una maestra, el desordenado hablar de un grupo de niñas, el repicar de las campanas: la letra que hablaba de un hombre encerrado en prisión por haber matado al amante de su esposa, Sonia, mujer de cabellos negros, cruel, de quien nunca el condenado volvió a saber. 

A fuerza de costumbre, mi madre recordaba ya cada uno de los versos de este tango. No sé si su castigo lo sentía como equiparable a las altas murallas de aquel presidio en el que ni el sol se veía alumbrar, y que con detalle cantaba Gardel. Pienso y pienso en esos momentos que adivino como lluviosos, pero sofocantes y melancólicos y no logro entender la tristeza inocente de mi madre al reconocer el dolor de un hombre, el dolor del amor. 

Y entonces el tiempo pasó, la canción ya había quedado como recuerdo de ese martirio de tres semanas ajena a las lecciones, el perdón tuvo que ser pedido, el fin de año se aproximaba y mi mamá quería volver a su pupitre, presentar sus tareas y esperar el año siguiente, y el siguiente, y el siguiente, hasta que la vida le regalara una hija, a quien había ya decidido bautizar como Sonia.

Y los años pasaron, como debía ser, y mi mamá terminó el bachillerato, como debía ser, y se casó a los 21, como debía ser y a los 22 tuvo a su primera hija, que soy yo y que por los caprichos de un sacerdote y  los delirios de mi papá, que siempre ha seguido caprichos de sotanas y parroquias, no pude llevar el nombre que con tanto recelo mi madre había cuidado para mí.

Entre una guerrillera venezolana, de alias Sonia, militante del Partido Bandera Roja y abatida en combate días antes de mi nacimiento, y la idea de que era este un nombre gitano y que ello era, por definición, pagano, mi padre se armó de argumentos para impedir que ese fuera el nombre de su primogénita. Y eso que él desconocía el secreto gusto de mi madre por las prácticas gitanas, por su estética, por su belleza. 

La historia entonces de mi nombre no es nada emocionante: salió de una revista sobre bebés, en la que aparecía una lista de posibles combinaciones para bautizar a los hijos de las lectoras. Nada qué contar, ninguna historia que se remonte a cuarenta años antes del día en que escribo estas palabras; ningún castigo doloroso que hoy sea recordado con la misma nostalgia que se esboza en las fotografías que mi abuela guarda.

Mi nombre no salió de una canción escrita en un idioma desconocido, traducida al español por Carlos Coppenberg e inmortalizada para los tangueros por Carlos Gardel; no es el producto de una pena de amor y muerte, ni del silencio de una niña de siete años que mira hacia el patio de su escuela con la prudencia de quien sabe que no tiene razones para pedir perdón y que escucha con atención una melodía que sabe al óxido de los barrotes de una cárcel. Y no niego que prefiero contar la historia del nombre que no llevo, y que la mejor evasiva cuando alguien pregunta por mi nombre es responder que en la mente de mi madre, durante casi dos décadas, yo me iba a llamar Sonia.

8.10.2009

La primera tarea

Comencé un curso de periodismo narrativo en la Escuela de Periodismo Portátil, con Juan Pablo Meneses. Aquí está mi primera tarea, y aunque generalmente cada quien termina hablando de sí mismo, qué difícil labor es dedicarse a escribir un perfil propio, un autorretrato, una narración en la que es uno es protagonista. Espero seguir publicando en este blog cada uno de los textos que de esta nueva experiencia resulten.
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La imagen se traslada de la cámara a la pantalla, pasa por un delgado cable y se instala en el disco duro, un doble clic me permite apreciarla en detalle: cabello rojo y desordenado, a la altura de los hombros, si se le mira de frente. Ojos pequeños, color miel oscuros, piel blanca con pequeñas marcas, resultado de una alergia dermatológica que aunque se intentan disimular con maquillaje, no pueden huirle a una luz poco benévola. Mejillas nutridas, nariz prominente con pequeñas pecas y una boca algo gruesa para su tamaño. Más o menos ese es el resultado del autorretrato que acabo de tomar. Una fotografía sin esfuerzos dramáticos, en la que me quería ver tal como soy.


Pienso en mí con una cámara cubriéndome el rostro mientras obturo y obturo para guardar instantes que no quiero perder. Y recuerdo a Vasco Szinetar, un fotógrafo venezolano, que se ha dedicado a autorretratarse, cuando en una entrevista me dijo que la cámara no es importante, que tiene que disolverse para que sea el ojo el que entre en contacto con el mundo. Así he ido descubriendo la magia de la fotografía: apoderarme de las pequeñas soledades de las que está hecha la vida, soledades de las que habla Roland Barthes en ese libro de almohada: La cámara lúcida.

Así llego hasta mis libros, los que están a punto de romper la tabla superior de la biblioteca familiar, que ya no soporta el peso. Los libros que se tragan gran parte de mi salario, pues, como el peor de los vicios, es imposible ya pasar de largo por una vitrina de librería o no visitar a don Hernán Salamanca, un librero de viejo que se convierte en el mejor cómplice de sus clientes. Entre esas, yo. Cada que lo visito en su local, ejemplares de Kawabata o Mishima, libros de periodismo, Sandor Marai o algo de Poe o Sade se escapan de su estantería para venir a ocupar la mía.

Tal importancia han tenido los libros, que el periodismo se me incrustó debajo de la piel cuando leí a Germán Castro Caycedo hablando de la amargura de un país de extremo a extremo. Tenía 10 años cuando leí Colombia amarga y entonces entendí que quería ser periodista.

En un gesto caprichoso, comencé a estudiar derecho, entendiendo siempre que no había nacido para eso. Y de Montesquieu y Rosseau me fui trasladando a Capote, Talesse y Wolfe. Sólo un bloque me separaba de mi sueño y era menester para mí cruzar ese largo corredor. Poco a poco avancé en baldosas y me quedé por cinco años en la una facultad de comunicaciones.

Como la mayoría, quería ser escritora, contadora de historias, “darle voz a los que no la tienen”, bella y utópica frase de periodistas apasionados. En ese empeño me mantuve, pero mutando de pieles mediáticas. Del deseo de escribir y tras descubrir una cualidad para hablar, me incliné hacia la radio cultural; es una caja de sonoridades que afecta el oído y debe extender esas sensaciones a los demás sentidos.

Y en medio del gusto por la radio, construido en años de escucharla y producirla, renació el deseo por la escritura, gracias a un afortunado ofrecimiento que me llevó a trabajar en un desaparecido periódico de Medellín que por 15 años se sostuvo como medio independiente; un periódico que habló ‘durito’, como decimos por acá, hasta sus últimos días de vida, días que viví con el desasosiego de un periodista que pierde su empleo y de un ciudadano al que le clausuran un medio.

Mi panorama de la prensa escrita local estaba cerrado, pues no me declaro amante del periodismo de diario, noticioso, mediático. Explorando otros horizontes estoy entonces en la vida digital, el periodismo en nuevos formatos, un mundo de portales, podcast, blogs y virtualidad.

Frente a una pantalla estoy yo: una mujer testaruda, obsesiva hasta el límite con su trabajo, sensible con la vida que todos los días se pasa frente a sus ojos, un poco más complicada de lo necesario, que se atiborra de lecturas para escribir un sencillo perfil sobre sí misma y que sufre por los límites de caracteres, porque empieza a mutilar palabras dejando sólo las que son útiles.

2.15.2009

Viejos tiempos de biblioteca

Desde que en la biblioteca de la Universidad de Antioquia se prestan los libros con huella digital, sólo he pasado por allí una vez. Hace más de dos años no voy a las bibliotecas públicas de la ciudad y a los Parques Biblioteca de Medellín sólo he ido a trabajar.

Cuando era estudiante, la biblioteca era la mejor opción para conseguir los libros que deseaba leer, esos que llegaban por recomendación de un profesor, de un compañero, por referencias en otros libros o en el cine. Internet era para otra cosa, consultas rápidas en google o búsqueda en el sistema de los libros y las películas que prestaría en la biblioteca. Durante los años universitarios, fui nueva residente en diferentes municipios y lo primero que hice en cada uno de ellos fue buscar la biblioteca, era un lugar indispensable.

En la biblioteca, la búsqueda de un libro implicaba siempre la sorpresa que otro podría traer. En el camino que los ojos recorrían para encontrar el libro cuyo código se había anotado en uno de los papelitos que se encontraban –a veces escasos- cerca de los equipos de búsqueda, era muy probable que las manos se detuvieran en otro ejemplar, uno no buscado pero felizmente encontrado. Ese era uno de los encantos de pasar por la biblioteca.

Y luego, como el tiempo lo permitía, pasaba la tarde entera recorriendo las páginas, con el afán y la ansiedad que imponía la fecha de entrega, sellada en la tarjeta de la parte interior de la carátula. Fue así que la cabeza de muchos se llenó de palabras viejas y famosas, de conocimientos útiles, de frases inútiles pero felizmente apropiadas.

Hoy, no sé si por falta de tiempo y un viraje en las costumbres juveniles, la biblioteca ha dejado de ser cotidiana, ha dejado, incluso, de ser indispensable. Llegaron los tiempos en los que el libro deseado puede comprarse sin reparo, en una suerte de ambición o necesidad de sistematización de lo leído.

Llegó el tiempo también del pdf, de los libros digitales, descargas rápidas de clásicos literarios, filosóficos o periodísticos. Sin embargo, como en una adicción peligrosa, esta nueva forma no reemplaza el anterior vicio: el de comprar libros; resulta más emocionante romper el papel plástico que lo recubre, tantear el grosor de las hojas nuevas y respirar ese libro de cerca que el insípido doble clic que de manera inmediata pone todas las páginas bajo un eterno scroll que parece que no avanza.

Ya no basta sólo con leerlo, hay que apoderarlo físicamente, pagar por tenerlo. El libro se nos convirtió en fetiche, que por fortuna se paga con billetes. Nos llena de orgullo mirar la biblioteca personal y ver cómo se nutre cada día, cómo los anaqueles dejan de ser suficientes, cómo cada uno de los libros que ahí hay nos pertenecen, como si no nos pertenecieran ya cuando los leemos, así los devolvamos a la biblioteca como su lugar de origen.

Hoy envidio a los viejitos que van a la Biblioteca Piloto, que cada 15 días se llevan el cupo completo, que salen con una pila de libros en sus manos, los devoran en dos semanas y cumplidamente los devuelven a la biblioteca en la fecha sellada con la satisfacción del leer cumplido.

Lo más cercano a la tradicional biblioteca son las librerías tipo anticuaria, donde los libros huelen a libros leídos, donde el polvo cubre con delgadas capas los lomos de algunos que llevan tiempo sin ser cortejados, donde cabe la sorpresa de ir por uno identificado y agarrar otro en el camino. La sensación me recuerda los años de biblioteca y al final, desencadena el fetichismo. Veinte mil pesos y me hago dueña de un libro.

Fotografía: Chaotica Concept

4.01.2008

La tienda de mi barrio, la tienda de mi casa


En las mañanas, después de la misa, se sentía el fresco olor de los vegetales que apenas desempacaban y que venían desde la plaza de mercado. Cebollas, tomates, plátanos, y el más oloroso, el cilantro. Ese era el olor de la mañana en la tienda del barrio. La tienda se metía por el olfato y conquistaba a las señoras que también salían de misa y pasaban a saludar y de paso a comprar lo que necesitaban para el desayuno o para empezar a montar el almuerzo.

La tienda también llegaba hasta la piel, porque uno de los mejores momentos del día, y que reviví muchos años después al ver Amelie, era cuando los recipientes que contenían los granos rebosaban hasta el borde. Grandes cajas de madera, una tras otra, en las que había fríjoles y maíz. El maíz era el más delicioso al tacto, tal vez por ser más pequeños y por ese polvillo blanco tan suave que los cubría. Meter la mano dentro de la caja y dejar que los dedos se fueran deslizando hacia el fondo, luego la palma de la mano, la muñeca y una parte de los brazos, moverla, sacarla y volverla a hundir era uno de mis juegos favoritos.

A la tienda de mi barrio llegaban las señoras a pedir los fiados, y cada día se alargaban más las listas copiadas con letra ilegible detrás de los cartones de cigarrillos desarmados. Llegaban los niños con monedas a preguntar “¿qué me alcanza con ésta?” llegaban los señores a pedir un aguardiente para comenzar la faena diaria, llegaban los pordioseros una vez a la semana a llenar sus bolsas con lo inservible del surtido que para ellos era como el mercado semanal.

Así mismo, era la tienda de mi barrio el epicentro de chismes, habladurías y comentarios. Detrás del mostrador todo se sabía de primera mano.

La tienda, desde su simplicidad, desde su cotidianidad, ha permitido hacer una radiografía de la sociedad que a su alrededor existe. En lo económico, supimos, por ejemplo, de ese universitario que vivía solo con su mamá, y que llegaba cada día a comprar un huevo, un cigarrillo y un sobre personal de Nescafé; lo curioso era que su madre llegaría, siempre, a hacer la misma compra, unos minutos más tarde. Los de la tienda no se explicaban cómo dos personas adultas, madre e hijo, de un barrio estrato 3, no podían compartir un gasto tan básico como el pan de cada día.

Y otra historia, con repetición cada fin de semana, era la los padres de familia que llegaban con sus hijos y compraban uno o dos cartones de cigarrillos (cajas que contienen 20 paquetes, que contienen 20 cigarrillos) y litros de aguardiente antioqueño. Una familia que parrandea, que fuma, que bebe, como casi cualquier otra de una Medellín que parrandea, que fuma y que bebe… pero esos hijos pedían unos dulces que acompañaran su pequeña fiesta, dulces que les eran negados porque “la plata no alcanza”. Una extrañeza más, algo a lo que tampoco encontrarían explicación los de la tienda, que han trabajado toda su vida por ver crecer felices y tranquilas a sus hijas.

No fue la tienda ajena a las vacunas que querían cobrar los que cuidaban el sector, así como no lo fue a vivos y pícaros que se valían de mañas para recibir la devuelta de 20 mil pesos cuando habían entregado un billete de 10 mil, además falso.

En la tienda conocí amigos y tuve mi primer trabajo haciendo domicilios, recibía algunas monedas de propina y a veces contestaba el teléfono. Mi padre siempre estaba tras el mostrador, porque él ha sido, desde que tengo memoria, don Samuel, el tendero, oficio que me valió una buena pelea en los años de bachillerato, cuando la hija de alguien más lo dijo con un envalentonado tono de desprecio “Ahí va la hija del tendero”. Y por ser la hija del tendero -una de las tres que tiene- nunca he tenido que ir a la tienda de la esquina por una bolsa de leche, ni he tenido que salir desesperada a conseguir alguna de esas cosas que se acaban y tienen que conseguirse ya, porque todo ha estado siempre a tres pasos de la cocina, de la habitación o de la sala.

Esa soy yo, la de la tienda, la hija del tendero, del que regaña a los niños que le llevan postres que ellos mismos hacen y que quieren tener allí el trabajo de arreglar el revuelto y de organizar los estantes; del que saluda a todo el barrio, del que atiende con paciencia o con impaciencia, según el día, según el caso; del que pela yuca y la empaca ya picada para que las señoras no tengan que hacer semejante esfuerzo, del que va todas las mañanas a la plaza para traer las verduras frescas. Don Samuel sabe que “fiar no paga porque se pierde el amigo y se pierde la plata”, pero también sabe que “el que tiene tienda, que la atienda y si no que la venda”, por eso no la ha vendido, porque después de tantos años de entrega, prefiere seguirla atendiendo. Sigue en mi barrio la tienda que existe en cada barrio de cada ciudad, en cada cuadra, en cada esquina hay una tienda haciendo antología de la realidad.

2.12.2008

Periodismo de conciencia

Dentro de todos los periodismos que se dictan en la universidad, tal vez quedó faltando el periodismo de conciencia.


Sería periodismo de conciencia el que se haga con el cerebro y con los sentidos, juntos y revueltos. Un periodismo que tantas veces se ha denominado como ciudadano, que construya, que proponga y no que se limite al hecho de informar o de salir adelante con críticas irresponsables y desmesuradas que generan más daño que reflexión.

Y es que se sabe que los medios de comunicación tienen sus intereses particulares, mediados por la pauta, las tendencias políticas, la competencia y los dueños, pero seguramente cada periodista podría hacer su pequeño aporte a la construcción de una sociedad mejor informada, que entienda mejor las realidades que lo circundan y más capacitada para decidir.

No es secreto, por ejemplo, que los dos diarios antioqueños, esos que rigen la opinión pública del departamento hacen parte de familias y de emporios que median la información que allí se publica, y con esta realidad, lo que preocupa es que los mismos redactores admitan que en su medio, en lugar de escribir, se dedican a “llenar las páginas de bobadas”, porque el tiempo, porque el especio, porque los cuelgan, porque las chivas y cualquier cantidad de excusas para hacer un ‘periodismo’ mediocre, que es, tristemente, el periodismo del que se vive, el que se lee y al que se le come cuento.

Pero hay rezagos aún, -o asomos apenas- de ese periodismo que hace pensar, que aporta, que construye ciudad, hay que buscar bajo las piedras, entre los anaqueles y entre el ancho mar de medios, información y periodistas.

La foto es de Melpomene en DeviantArt, y es una muestra de cómo las fotografías también cuentan historias importantes, que más allá de la estética o del clic en el momento indicado, pueden ser retratos humanos. Esta se llama Legal, y habla del robo de gasolina en La Guajira.

11.14.2007

La Hoja de Vida

Hace 15 años, y para responder una pregunta que dos periodistas se hicieron, nació el periódico La Hoja de Medellín. La pregunta era simple: "¿Y ahora, qué putas hacemos?" ¿Con qué? Supongo yo que con esta ciudad, con esta profesión, con tanta información, con una cotidianidad desmedida que abruma y que no permite entender que está pasando.

Por eso nació La Hoja, un periódico sencillo, porque habla de la ciudad diaria, rústica, la que nos toca a todos. No sólo la ciudad que se contruye a partir de boletines o ruedas de prensa, o la que se discute en edificos administrativos o en almuerzos de ejecutivos. Tampoco es sólo la ciudad que no se construye, sino que se deteriora cuando se cuenta desde la pornomiseria, desde el sufrimiento. Es simplemente la ciudad viva, que incluye todo lo mencionado y tanto más. Lo más importante es que La Hoja narra una ciudad vivida y vívida que se construye con nombres propios. Nombres de lugares, de personas, de cosas, de todas las cosas. Eso es lo que hay en La Hoja.

¿Y por qué hablo de La Hoja? Porque cumple 15 años, sacará un gran libro, que es la antología de palabras que han transitado por la historia de Medellín, que mes a mes se ha publicado en este periódico. Ese libro será una muestra más de la tosudez y el empeño de dos periodistas que admiro, Ana María Cano y Héctor Rincón, que sin saberlo, me han enseñado de periodismo cultural, independiente, de radio, de medios de comunicación y me han permitido, a través de sus ojos y su experiencia, afilar esa mirada que se necesita para descubrir esta ciudad en todas sus dimensiones.

Hoy, mucho de lo que ellos y todos sus colaboradores, sin saber que lo hacían, me han enseñado, comienza a dar frutos. Hoy soy también parte de ese equipo que le da "una mirada otra" a la ciudad. Desde estas oficinas se salta a la calle, y los ojos van al principio de lo que se sabe, lo que se ve, lo que se huele, lo que se oye; luego, esos mismos ojos dan vuelta completa, revisan, remiran, rehacen y así es que uno se encuentra con hermosas -otras no tanto- sorpresas de ciudad.

Esta sí que es un Hoja de vida.

Foto: Chema Madoz.

10.10.2007

Episodios: libros

“Alejandra: Este regalo no tiene nada que ver con nuestras conversaciones 'peleadoras'. Por favor no lo relacione. No lo interprete como que yo quiera reivindicarme con usted.
Mejor asúmalo como una ofrenda a todo lo hermosa que usted es y a su risa. Sepa que yo le amo y este libro quiero que usted lo tenga sólo por eso.

Fdo B.”

Si tuviese que elegir un solo lugar para pasar el resto de mi vida, no dudaría en escoger una librería. No es secreto que me gasto los remanentes de mi sueldo en libros, que es el objeto en el que pienso siempre que voy a dar un regalo, que tengo tantos que ya no los puedo acomodar, que siempre cargo dos o tres en mi bolso (uno académico, otro de literatura y otro de periodismo o, en su defecto, una revista) y que pienso pasar mis últimos años leyendo lo qué no alcance a leer por estos días agitados.

Qué sensación encantadora me produce ver los inmensos estantes a reventar, husmear los que mi estatura alcanza, olerlos un poco y manosearlos cuando la prudencia no me alcanza. Me gusta imaginar lo que se esconde entre páginas, ¿de qué hablará por ejemplo Los límites en la femineidad de Sor Juana Inés de la Cruz? En internet dice que es un estudio que “analiza los límites y posibilidades que confirieron, en el campo literario, la condición femenina de Sor Juana y la recepción de su obra hasta el siglo XX.” [1] No sé si algún día éste llegue a mi biblioteca.


Adoro los libros de arte, y siempre que los hojeo y paso mi vista rápida sólo puedo imaginar lo qué me causaría tener en frente una obra original de Goya, de Delacroix o de Dalí. Sólo tuve una vez en frente a Rembrandt, claroscuros impecables que impresionaron mi retina, y aún no han desaparecido. Pero sé que el día que vea a Goya, que sepa que fue su mano la que pasó por la superficie que tenga en frente… pero hoy se trata de libros, y no de pintura.


Otra sensación que me acompaña desde hace algunos años, es la que me produce pensar que desde pequeña, cuando leí por primera vez las Narraciones Extraordinarias de Edgar Allan Poe, Bola de Sebo de Guy de Maupassant, Del amor y otros demonios de García Márquez o Colombia Amarga de Castro Caycedo, los escritores eran personajes difusos, casi irreales, existían sólo a través de su libro. Pero hoy, al llegar a una librería, veo a Juan José Hoyos, a Héctor Rincón, a Pablo Montoya, a Juan Carlos Garay, en fin, amigos, profesores, conocidos, que también son escritores y que existen más allá del papel.

Pero aún con lo inquietantes que me resultan ciertas librerías, como la Científica
, que queda en Boyacá, y a pesar de que preferiría vivir en una de esas, no puedo evitar pasar por un lugar escondido del centro de Medellín, que despierta todos mis afectos.

En el Pasaje La Bastilla, un paso peatonal que hay entre Ayacucho y Pichincha, una cuadrita abajo de Sucre, está el Centro de la Cultura y el Libro. Una serie de locales estrechos en los que se ofrecen casi toda clase de libros. Los escolares se mueven mucho a principio de año, los compras o los vendes. Ejemplares como Anthony de Mello y Paulo Coelho también tiene acogida entre el público lector que visita este lugar. Best sellers y novedades editoriales también se ofrecen a costos moderados o a bajos costos, hay para todos. Por ejemplo, ese libro nuevo, el que escribió Virginia Vallejo, esa mujer frustrada que ya no sabe que más hacer con su vida y se dedicó a destapar ollas podridas, así éstas no contengan nada, se puede conseguir en el Pasaje la Bastilla, hasta por diez mil pesos.

Cuando uno va caminando, los afanosos vendedores te preguntan, te ofrecen, te venden, abunda la piratería, que, cómo suele suceder con gran parte de los delitos del país, es ignorada. Los precios no se deben sólo a los segundazos que allí se consiguen, muchos, muchos de los libros son piratas. Es más, cuando preguntas por un título, ellos preguntan ¿Pero va a llevar el original?


Pero entre tantos piratas, Cohelos, Vallejos (no confundir) y Mellos, en el segundo piso, en un local que parece aún más pequeño que los demás, Capote, Mishima, Miller, Dahl, Nietzsche, Calvino, Yourcenar, Peri Rossi, Saramago, Cortázar y tantos otros que apenas asoman tímidamente sus lomos, entre tanto y tanto que hay para leer, descansan de grandes librerías y antiguos dueños.


Un hombre que saluda y referencia cada uno de los textos que vende, que hay que decir que son tan baratos como más no se puede, guarda en sus estantes tesoros literarios, relatos, lecciones, trucos, una foto con un candidato a la alcaldía, y guarda, sobre todo, la certeza de que el libro que uno necesita o que uno desea “en estos días cae”. Así como cayó uno de los más preciados que ha llegado a mi pequeña biblioteca, El Nombre de la Rosa de Umberto Eco, RBA Editores, pasta dura, diez mil pesos, venía incluso con dedicatoria:

De un tal Fdo B., para una tal Alejandra.

Fotografía de DJVue en Deviant Art