Esta vez me fui para el Teatro Matacandelas a leer un fragmento de Que viva la música. Recuerdo mucho la primera vez que fui al Matacandelas, la fila en ese callejón en el que me senté a leer y la obra que vi: Angelitos empantanados. El autor: Andrés Caicedo, el suicida que dejó una novela llamada Que viva la música; novela esa que comienza con el sonoro "Soy rubia, rubísima". Así que, considerando esa unión mágica entre Caicedo y el Matacandelas y mi deseo de leer a la intemperie unas páginas de esta novela, no podía encontrar mejor escenario.
Matacandelas: lugar de encuentro con otros, lugar de miradas hacia uno mismo, tertulias, reflexiones, fiestas, trasnochos y música. Gracias por dejarme entrar a esa casa.
Son muchas las referencias musicales de esta novela. Elegí para dar inicio a esta lectura Que viva la música, de Ray Barreto; Yo soy Babalú de Richie Ray y Bobby Cruz; Tin Marín, de Ricardo Ray y House of the rising sun, de The Animals, canción que también suena en las tablas del Matacandelas cuando en ellas podemos ver Angelitos empantanados.
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8.26.2013
9.23.2012
De comparsa con la Oficina
Detrás de las puertas del Teatro Oficina Central de los Sueños hay grandes artistas y grandes amigos. Por eso, este año, decidí cambiar mi papel de espectadora y me fui a vivir la fiesta de una comparsa con ellos. Colorida, transformada, maquillada y un poco aporreada, corrí por la Avenida La Playa y fui inmensamente feliz. Así que para ellos, mis amigos de Oficina, ese espacio que he habitado con tanta frecuencia y tanta alegría desde hace algunos meses, para ellos escribí este sencillo texto.
La puerta del Teatro Oficina Central de
los Sueños permanece cerrada de domingo a miércoles. Se ve, sobre
la carrera Girardot, entre Maracaibo y La Playa, una fachada algo
estrecha, una puerta azul, un cartel que anuncia lo que sucederá a
partir del jueves. Todo parece en silencio. Si de casualidad uno pasa
mientras alguien está entrando y de puro curioso mira hacia adentro,
no se lleva ninguna sorpresa, todo parece en silencio.
Pero si la impertinencia alcanza y uno
pregunta y hasta entra, después del corredor estrecho que le sigue a
la puerta azul, con un piso de iglesia igual al de la Iglesia Nuestra
Señora de los Dolores, del Parque de Robledo (la iglesia de mi
infancia y adolescencia), se encuentra uno con un patio y un muro con
un graffiti que, en letra incomprensible, difícilmente deja leer la
palabra SUEÑOS y que, además, tiene el rostro del maestro Santiago
García, director del Teatro La Candelaria.
Y al frente del patio, dos cuartos con
computadores, mobiliario, afiches, un poco de desorden y personas
trabajando, enviando mails, escribiendo tuits, haciendo cuentas,
vendiendo boletas, . Ellos hacen parte de esta Oficina, hacen parte
de Medellín en Escena, una agremiación de artistas escénicos de
Medellín que, entre otros logros, cuentan hoy con la Fiesta de las
Artes Escénicas, un festival de teatro que llena salas.
El patio se une con otro salón que
tiene una barra, lugar que hace las veces de buffet, de bar o de
bailadero según el ánimo y las necesidades del momento. Y si uno
sale, otro corredor y otra puerta y atrás, el escenario. Y es martes
pero el escenario está lleno. Claro que la obra no está lista. Todo
parece en construcción, todo está a medio armar, huele a sacol, a
pintura fresca, a vestuarios desempolvados.
Suenan tijeretazos, voces afanadas,
pasos acelerados. ¿Dónde está la falda de colores? ¿En cuál
maleta quedó el vestido? Muchachos, escuchen. Todos acá un momento,
por favor. Ya van a ensayar los músicos. Es la voz de Juan, el actor
flaco y alto que representa a Gonzalo Arango en Fin de viaje. Él es
el director de la comparsa de Oficina Central de los Sueños, que
salió el 26 de agosto junto a otra cantidad de grupos de artes
escénicas de Medellín que, este año, se dieron a la tarea de
recrear personajes y situaciones relacionadas con el rebusque del día
a día, con el trabajo de la calle, con la economía informal, con
las ventas ambulantes, con ese paisaje diario de las calles del
centro de Medellín, de los semáforos, de las esquinas.
Entonces dentro de Oficina Central de
los Sueños, chicos de las redes de artes escénicas y de danzas,
actores profesionales, músicos y amigos de la casa, le dieron vida a
personajes que nos encontramos cotidianamente: jóvenes limpiavidrios
con su instrumento de trabajo, un tinterillo, representado por Luisa,
que portaba un abundante bigote, una prominente barriga y una máquina
de escribir hecha de cartón; tres hermosas negras (muy blancas todas
ellas antes del maquillaje) que cargaban mandarinas y gelatinas
gigantes sobre sus cabezas, la tercera arrastraba una parrilla con
provocativas porciones de carne, chorizos y arepas de espuma; varios
vendedores de discos compactos piratas de géneros tan diversos como
el 'roc' o la 'colomviana'. El vendedor de algodones de azúcar que,
por su tamaño, de haber sido reales, podrían ser compartidos por
ocho personas o causar un coma diabético a su consumidor; los
minuteros cargados de celulares encadenados a sus cuerpos, un
vendedor de mazamorra, una carreta de voluminosos aguacates
arrastrada por un tipo chiquito con sombrero y bigote como mexicanos,
un volantero medio cojo con una gorra hecha de pedazos de volantes
que distribuía pequeños cuentos amarillos, tradicionales vendedores
de chicles, papitas, confites, cigarros; taxistas y conductores de
transporte escolar, que encabezaban la escena y que eran abordados
por aquellos limpiavidrios que aparecieron en el inicio.
La música de esta comparsa corrió por
cuenta de los merenderos, músicos dedicados a la chizga, de los que
habitan el Parque Berrío y algunas bancas de Carabobo, de los que
persiguen parejas para ofrecer serenatas. Ellos fueron representados
también por actores – músicos que hacen parte de Oficina Central
de los Sueños.
Todos con las pieles insoladas por el
maquillaje, intentando mostrar los vestigios de la exposición al sol
de los vendedores de verdad, que corren y se esconden y regresan y
marcan territorio y establecen su propio orden y están ahí. En
estos personajes, que se veían como caricaturas de esos oficios tan
cotidianos y tan propios de estas ciudades en las que ya casi no hay
cama pa' tanta gente, ellos, los que salen cada día de sus casas a
rebuscarse lo del diario, se vieron reflejados, se rieron de sí
mismos, corroboraron que a pesar de ser ya paisaje habitual de
nuestras calles y aceras, sí los miramos, sí los sentimos, sí
entendemos que el espacio que ocupan es un espacio ganado. A veces
alegamos, a veces nos molestamos cuando nos atacan por montones con
papelitos que prometen dinero, tranquilidad, préstamos fáciles,
felicidad completa, amor eterno; y otras veces rogamos encontrarnos
con el vendedor de aguacates cuando estamos camino a casa o nos
encontramos el marco de gafas más hermoso y barato justo debajo de
un puente en una tabla de icopor. A ellos, la Oficina Central de los
Sueños les hizo este entretenido homenaje en la Comparsa Inaugural
de la VIII Fiesta de las Artes Escénicas.
¿Y qué vamos a hacer en la Novena?
7.09.2012
¿Qué tanto ha cambiado Prado Centro?
'Prado a la sombra' fue el título de este texto, que publiqué en el periódico La Hoja en noviembre de 2007. Han pasado cinco años y la sensación de quietud, soledad e inseguridad es casi la misma de hace cinco o diez años; algunos nuevos edificios y algunas salas de teatro o casas dedicadas al arte han llegado para introducir cambios en esa rutina y en ese letargo en el que se ha sumido el patrimonial Prado. Pero allí siguen sus viejos habitantes, aún con miedo de que sus propiedades y sus historias desaparezcan entre el moho y el olvido.
b
| La Casa del Alcalde. Palacé. Octubre de 2007 |
fue eje de esta Medellín y que por años ha vivido a la sombra.
En contraste con ese barrio de prósperas y tradicionales familias que una vez inició Ricardo Olano, hoy las casas de Prado están pobladas por pequeños grupos de personas, a veces sólo parejas de abuelos que de vez en cuando reciben las visitas de sus familiares.
* La casa de Omar y Gladis es hoy un hogar geriátrico.
5.26.2011
Una ciudad, dos ciudades, tres ciudades…
![]() |
| Aranjuez, Comuna 4. |
Temas para escribir, muchos: la demanda de mi vecina, la pelea con los políticos, las frustraciones de un partido, lo divertido y retador que me ha resultado ser profesora universitaria, los cambios de la radio con las nuevas tecnologías, el recorrido que hice ayer con Perla, Caicedo y sus sesenta años y el agite que me sigue provocando leer ¡Que viva la música!, las noches de teatro, el Foro de Cultura, en fin. Los temas no faltan.
Y cuando empiezo, me pregunto: ¿y esto qué tiene que ver con la intemperie? Y entonces renuncio a escribir. Pero ayer salí a la calle con un propósito: volver a ver las historias que se cuentan con los muros. Esto lo había hecho hace varios años, fotos como la de Pablo Escobar y la de esa calavera que hoy sobrevive en otro muro, son el testimonio que me quedó en Flickr, porque el backup de mi equipo desapareció.
Se trataba de contar lo visto, en compañía de la periodista de un medio local (además, gran amiga), a través de Twitter. Es una experiencia periodística divertida, me gustó hacerlo. Me invitó ella, dizque porque conozco un poco el tema, pero me corchó con varias preguntas: ¿qué dice la Alcaldía de esto?, por ejemplo. No tengo idea. Me invitó dizque porque conozco la ciudad y soy amante de las calles.
Para conocer todas las ciudades que contiene Medellín en su mapa necesitaré más vidas que siete gatos, porque sigo descubriendo todos los días, a través de otros ojos, de otros oídos, de muchos otros sentires, otras ciudades que ni siquiera imagino.
Para conocer todas las ciudades que contiene Medellín en su mapa necesitaré más vidas que siete gatos, porque sigo descubriendo todos los días, a través de otros ojos, de otros oídos, de muchos otros sentires, otras ciudades que ni siquiera imagino.
Amante de las calles, en todos los sentidos y con todos los sentidos. Callejera por naturaleza y de nacimiento. Andariega como me enseñaron. Rebuscadora del aliento que exhala cada esquina, diferente en cada hora del día. Ya he contado quizás que mi papá me llevaba al centro a mostrarme las calles y a enseñarme sus nombres y es un conocimiento del que hoy me enorgullezco, porque aunque no sé ni para dónde voy con este texto, sé dónde estoy parada, sé que Medellín me es ajena y que aunque el mundo no se acaba en los límites con Envigado, Sabaneta o Bello, sé que esta ciudad es un mundo, uno de muchos, un mundo que intento conocer a través de esas calles de las que, dice el periódico de hoy, soy amante.
1.20.2011
Escuchar el barrio
Por estos días es ya un año de vivir en el nuevo barrio. No tan nuevo para nosotros, pues desde que recuerdo, es aquí, justo en el segundo piso, donde visitamos a mis abuelos. Y es en esta casa donde vivieron mis primas hasta su adolescencia y donde yo pasé muchos fines de semana y días de vacaciones. Sin embargo, del barrio no sabía mucho. Y lo poco que hoy conozco de esta cuadra se ha configurado a través de los sonidos que percibo.
Supongo que lo que sucede en Guayabal no se diferencia mucho de las dinámicas sonoras de la mayoría de barrios de Medellín, al menos de estrato 4 hacia abajo y por fuera de los edificios y unidades cerradas: construcciones, vendedores ambulantes, rumores, niños, partidos de fútbol y vehículos que hacen temblar las puertas con su paso por calles viejas y agrietadas.
Entre los constantes están el carro del vecino, un motor ruidoso que debe calentarse minutos antes de comenzar la jornada; el vendedor de frutas, que me sorprendió cuando descubrí que era una vendedora; los gritos de una vecina, la misma; esos, diría yo, son los sonidos que día a día trazan el paisaje sonoro de la cuadra en la que vivo. Y la música. comunes son la salsa romántica (música insulsa, molesta, empalagosa, chillona) cuyo volumen me despierta; el reguetón (dónde no), la 'música de planchar' y a veces los vallenatos.
¡Ay, la música! Ese ha sido el principal enemigo del silencio, del buen sueño, de la concentración. Aunque es injusto decir que ha sido la música. Ha sido el volumen que puede explotar un martes, un jueves o un sábado. Que puede explotar a la 1 de la mañana, cuando ya el barrio, excepto ellos, está dormido.
Y detrás de la música y de los sonidos cotidianos, están los personajes que los producen. Las caras que no he visto pero que imagino. El vendedor de limones: “docena de limones a mil”; el señor del negocio misceláneo: “estuches para el control remoto, cortaúñas, encendedores para estufa de gas”; el vendedor de morcilla, que pasa los fines de semana ofreciéndola para el desayuno y una aparentemente nueva: “forros para lavadora” parecía cantar una mujer, y su voceo, en principio, sonó como el canto de las mujeres negras, como un alabao.
Claudia vive en la casa del frente y hace empanadas en la tienda del lado de mi casa. Habla duro. Grita. Cuando está en su casa le grita a los de la tienda; cuando está en la tienda, le grita a los de su casa. Fue ella una de las partícipes del diálogo que tanta risa me causó:
- ¿Tenés una bomba de esas para ‘destaquiar’?
- Nada, la que me la prestaba era Adriana (nombre modificado porque no pude escucharlo bien)
- Ah, ella era la que me la prestaba a mí también…
- Nos quedamos sin bomba. Estamos embalados.
También fue Claudia la protagonista de la historia de aquel muchacho que salió para un partido de fútbol en el mes de octubre y que no regresó esa noche, pues hubo disturbios y andaba indocumentado. De eso me enteré en una noche de estudio, de esas en las que hay que seguir derecho para alcanzar a enviar un parcial antes de salir para el trabajo y que en esa oportunidad se vio perturbada por la crisis de la vecina y el muchacho que no aparecía.
El día en este barrio transcurre tranquilo, incidentes como los de esta semana son extraños: alguien se robó un celular, lo persiguieron, lo aporrearon, los vecinos salieron, llegó la policía. Eso es un suceso extraño. No es como era hace 20 años, cuando alias Chirusa, un mando medio del cartel de Medellín, llamado Fabián Tamayo, vivía diagonal a la que hoy es mi casa. Ya son varios los taxistas que me han contado que por aquí ni se podía pasar, que la zona estaba controlada, que los hombres armados (bien armados) eran paisaje. Historias macabras existen, pero son ya rumores, “mitos urbanos”, sonidos viejos que para mi fin, hoy no vienen al caso.
Repito entonces que el día en el que comencé a escribir, el día en el que estoy terminando, cada día, en este barrio, transcurre en relativa calma: un reguetón a lo lejos, un vendedor ambulante cada hora, diálogos y palabras que se entrecruzan de un balcón a otro, un carro, un partido de fútbol semanal, niños jugando. La cotidianidad de la vida del barrio que se oye, que se comprende también por la manera en qué suena.
Supongo que lo que sucede en Guayabal no se diferencia mucho de las dinámicas sonoras de la mayoría de barrios de Medellín, al menos de estrato 4 hacia abajo y por fuera de los edificios y unidades cerradas: construcciones, vendedores ambulantes, rumores, niños, partidos de fútbol y vehículos que hacen temblar las puertas con su paso por calles viejas y agrietadas.
Entre los constantes están el carro del vecino, un motor ruidoso que debe calentarse minutos antes de comenzar la jornada; el vendedor de frutas, que me sorprendió cuando descubrí que era una vendedora; los gritos de una vecina, la misma; esos, diría yo, son los sonidos que día a día trazan el paisaje sonoro de la cuadra en la que vivo. Y la música. comunes son la salsa romántica (música insulsa, molesta, empalagosa, chillona) cuyo volumen me despierta; el reguetón (dónde no), la 'música de planchar' y a veces los vallenatos.
¡Ay, la música! Ese ha sido el principal enemigo del silencio, del buen sueño, de la concentración. Aunque es injusto decir que ha sido la música. Ha sido el volumen que puede explotar un martes, un jueves o un sábado. Que puede explotar a la 1 de la mañana, cuando ya el barrio, excepto ellos, está dormido.
Y detrás de la música y de los sonidos cotidianos, están los personajes que los producen. Las caras que no he visto pero que imagino. El vendedor de limones: “docena de limones a mil”; el señor del negocio misceláneo: “estuches para el control remoto, cortaúñas, encendedores para estufa de gas”; el vendedor de morcilla, que pasa los fines de semana ofreciéndola para el desayuno y una aparentemente nueva: “forros para lavadora” parecía cantar una mujer, y su voceo, en principio, sonó como el canto de las mujeres negras, como un alabao.
Claudia vive en la casa del frente y hace empanadas en la tienda del lado de mi casa. Habla duro. Grita. Cuando está en su casa le grita a los de la tienda; cuando está en la tienda, le grita a los de su casa. Fue ella una de las partícipes del diálogo que tanta risa me causó:
- ¿Tenés una bomba de esas para ‘destaquiar’?
- Nada, la que me la prestaba era Adriana (nombre modificado porque no pude escucharlo bien)
- Ah, ella era la que me la prestaba a mí también…
- Nos quedamos sin bomba. Estamos embalados.
También fue Claudia la protagonista de la historia de aquel muchacho que salió para un partido de fútbol en el mes de octubre y que no regresó esa noche, pues hubo disturbios y andaba indocumentado. De eso me enteré en una noche de estudio, de esas en las que hay que seguir derecho para alcanzar a enviar un parcial antes de salir para el trabajo y que en esa oportunidad se vio perturbada por la crisis de la vecina y el muchacho que no aparecía.
El día en este barrio transcurre tranquilo, incidentes como los de esta semana son extraños: alguien se robó un celular, lo persiguieron, lo aporrearon, los vecinos salieron, llegó la policía. Eso es un suceso extraño. No es como era hace 20 años, cuando alias Chirusa, un mando medio del cartel de Medellín, llamado Fabián Tamayo, vivía diagonal a la que hoy es mi casa. Ya son varios los taxistas que me han contado que por aquí ni se podía pasar, que la zona estaba controlada, que los hombres armados (bien armados) eran paisaje. Historias macabras existen, pero son ya rumores, “mitos urbanos”, sonidos viejos que para mi fin, hoy no vienen al caso.
Repito entonces que el día en el que comencé a escribir, el día en el que estoy terminando, cada día, en este barrio, transcurre en relativa calma: un reguetón a lo lejos, un vendedor ambulante cada hora, diálogos y palabras que se entrecruzan de un balcón a otro, un carro, un partido de fútbol semanal, niños jugando. La cotidianidad de la vida del barrio que se oye, que se comprende también por la manera en qué suena.
4.29.2008
Plazuela del Periodista. A propósito de su aniversario
Lugar común, sí, cliché, tal vez. Pero cuando uno busca en la biblioteca, aparte de un par de artículos en un periódico local recién desaparecido en los que apenas se menciona, no parece que alguien se hubiese ocupado del Parque del Periodista, un machacado espacio que suele usarse para hablar de tribus urbanas, subculturas, antropología o sociología de ciudad.Zona de tolerancia, dicen muchos. Los que lo dicen saben que el parque, que no es parque sino plazuela, pues por su tamaño así lo dictamina Planeación Municipal, es el lugar en el que las mujeres se besan entre ellas porque allí ya nadie se asusta, y saben que les venden y se fuman un pucho de marihuana, a menos que llegue la policía a hacer una mediocre ronda controladora. También saben aquellos que en el extremo norte les aguardan sus amados, a la espera de la compañía y el beso que hace tantos años ya se ve sin misterio en estas jardineras.
Pero en aras de esa tolerancia que los de allá promulgan no es posible siquiera que un aficionado tome una foto a eso de las cinco de la tarde. “Prohibidas las fotos”, grita uno de ellos, hay que apagar la cámara, guardarla y mirar con cautela, porque seguro mientras dure esa cerveza te miran ellos con recelo, a la espera de un nuevo flash, con el que te puede ir peor.
Plaza de vicio declarada, el Parque del Periodista es un homenaje a Manuel del Socorro Rodríguez, un bibliotecario que a finales del siglo XIX dio vida a los primeros tabloides con contenido periodístico en Colombia, en otras palabras, se le conoce al hombre como el fundador del periodismo en este país. Por eso el nombre del parque, porque cerca del extremo sur sobrevive un busto desgastado en el que escasamente puede leerse su nombre y razón de ser.A su alrededor, juegan fuchi y conversan sobre temas superficiales y a veces cargados de ese sinsentido que les proporciona el bareto que lleva ya varias rondas. Ellas se besan, porque en Medellín las mujeres ya empezaron a salir del clóset y aquí bulle en ellas ese deseo de mostrar el amor y el deseo mismo. Ese sonido descompuesto, monofónico, ‘punketo’, ha sonado por años y suena por horas. Se canta, se grita, se susurra, se musita, se toca guitarra, se declama, se ríen, se besan, se traban, se embriagan, se cuidan… todos cuidan su propio pellejo, porque la tolerancia es casi siempre en una sola vía, porque los ladrones también se pasean por el Periodista, hay a veces homofóbicos reprimidos y a la Policía se la ha acusado ya de episodios de brutalidad en este escenario.
Y en medio de las cofradías que allí se reúnen, se han asentado cuatro niños que llegaron en 2004 para acompañar las noches efervescentes y las madrugadas áridas del Parque del Periodista. Son de hierro frío, los esculpió Edgar Gamboa, costaron 180 millones de pesos y son un monumento de desagravio con la comunidad del barrio Villatina, en el que, el 15 de noviembre de 1992, un grupo de policías masacró sin razón ni piedad a ocho niños y un joven, violando cualquier tratado de derechos humanos.
Tristemente, desde que sus familias conocieron el monumento, que hace parte de un acuerdo de solución amistosa para subsanar este caso, su rechazo fue inminente. No hay parecido físico, fue un gasto de dinero innecesario y los niños, para sus padres, quedaron mal ubicados, en medio de marihuaneros y vagos.Ellos, los niños de Villatina, ven el constante pulular de la Plazuela del Periodista, a los que entran a los bares; saben exactamente a qué horas comienza su fiesta cada uno de los moradores de este pedazo de centro. Han escuchado hasta la saciedad el ruido que sale de una vieja grabadora, han oído poesías y monólogos de ‘locos’ oradores que dicen verdades en clave; han observado performances y pequeñas muestras artísticas itinerantes. Saben exactamente quiénes son los que cuidan el lugar y quiénes pagan por que los cuiden.
Y como una más que va y viene por el Periodista y que sin prejuicios a todos se une, está la marihuana, porque en un Medellín marihuanero es justo que exista un punto en el que pueda fumársele sin cautela. El Parque del Periodista da vía libre a una ciudad en la que la marihuana se consume en todas las clases sociales, de todos los precios y en muchas circunstancias. Ese espacio legitima el masificado consumo de la hierba.
Ese pedazo de centro, enmarcado por Girardot y Maracaibo; rodeado de licoreras y bares de salsa, rock y lounge; cercano al único cine independiente de la ciudad, a instituciones educativas y a centros culturales no es oficialmente declarado como zona de tolerancia, como el caso del Barrio Antioquia o de Lovaina que han sido aceptados y reconocidos abiertamente como espacios para la prostitución o el consumo y venta de drogas. Pero al Parque del Periodista –que aunque sea una plazuela así nadie le llama- llegan los que tienen confrontaciones con la norma, con lo estatal: punkeros que alegan anarquía, homosexuales rechazados por la cotidianidad, conversadores reprimidos por el sistema que encuentran allí el espacio para el desahogo y la libertad de expresión. Una cápsula de la realidad que se niega pero que diariamente se exhibe en una esquina del centro de Medellín.Gracias a Lina Gallo por sus aportes y a Camilo Arboleda por la colaboración.
3.09.2008
Víctimas con nombre propio
Las víctimas de esta guerra tienen nombre propio. Son mujeres, hombres, niños y jóvenes cuyos rostros no nos son ajenos. Se llaman Juan, Alberto y Nora; sus apellidos son Cobaleda, Ruiz y Giraldo. Son las almas que todos los días, y desde hace más de 20 años, nos está robando la violencia.
Tristemente, la última manifestación en homenaje a estas víctimas no fue muestra de ese dolor compartido, no dio fe de una tragedia colectiva. Se mezclaron los rostros de las madres que esperan, que piden vivos a sus hijos, que piden aunque sea un cuerpo al cual sepultar y llorar con los discursos antiimperialistas de estudiantes que se manifiestan quemando banderas y que piden paz con actos de violencia...
La petición en una y es simple: BASTA! para que Colombia no se nos termine de desangrar.
2.09.2008
Sonidos desde la intemperie: La Comparsa
Una comparsa es una fiesta de músicas, colores y movimientos. La que aquí suena fue en El Carmen de Viboral, pueblito ceramista que queda a una hora de Medellín, en el oriente cercano del departamento. Lejos de lo que muchos podrían imaginar que suceda en un pueblo en el que la base de la economía es la agricultura -más que la cerámica- y que la mayor parte de su territorio es rural, en El Carmen se realizan grandes eventos de carácter cultural, porque allí, la cultura ha avanzado significativamente, tiene como centro una casa de la cultura, que ahora es instituto, y en el que hay una sala de teatro concertada con el Ministerio, pero en realidad, su centro es un gran capital humano, del que hacen parte artistas, artesanos, rockeros, serenateros, teatreros, filósofos, y muchas personas más. Esta es una muy pequeña muestra de lo que sucede en Festival de Teatro El Gesto Noble, en el que se juntan las danzas, los personajes extraños, el teatro y la calidez de la gente de un pueblo frío, hasta convertirse en el más grande orgullo de los carmelitanos.
La comparsa by jennygiraldo
La comparsa by jennygiraldo
1.14.2008
Sonidos desde la Intemperie - Boyacá
Boyacá, una pequeña calle en el centro de Medellín, cerca de la estación Parque Berrío del metro, un pequeño nido de historias y personajes; un núcleo comercial en el que todo es más barato. Cuna también de la piratería y el contrabando con descaro: libros y películas tan baratas como más no se puede. Con este microprograma comienza una serie de voces y sonidos desde la Intemperie.
Retrato sonoro de la Calle Boyacá en Medellín by jennygiraldo
Retrato sonoro de la Calle Boyacá en Medellín by jennygiraldo
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