A las 11:30 p.m. los bailadores se paralizan para dar paso al bailarín protagonista. Por la estrecha puerta del Eslabón Prendido y ese corredor que no mide más de 70 centímetros de ancho, entra ese hombre delgado y alto que cada sábado azota la baldosa con su ya monótona melodía. Lleva una camisa de seda fría y tonos marrones, un pantalón negro, zapatillas negras sobre grandes pies cubiertos antes por medias blancas.
Camina como llevando el ritmo en sus zapatos, en sus manos, en su cara alargada. Llega hasta el fondo del bar y espera unos minutos en la barra. Comienza su melodía y él se devuelve unos metros y se ubica en el centro de la pista. A su alrededor, desde 16 mesas distribuidas a izquierda y derecha, unas 80 personas observan. Más, si se cuentan las de la barra, los transeúntes, los que no encontraron mesa pero sí un rinconcito para perderse en medio de la rumba.
Entre el timbal y la campana, las congas y las flautas, el bailarín se mueve a lo largo de la pista, va y viene, entrecruza sus piernas, mueve sus grandes pies con una velocidad que para la vista resulta inasible. A veces se detiene en un solo punto y hace que la atención se dirija a sus pies. Izquierdo sobre derecho, el derecho adelante, vuelve, un dos tres, parece que contara en su mente mientras chasquea los dedos. Su cara alargada, de nariz prominente y color trigueño se humedece por el sudor que la hace brillar.
Termina la canción y él para y respira. Viene lo difícil: -¿Me desea colaborar?- De mesa en mesa, persona a persona, el bailarín recoge su pago por el espectáculo. Suenan monedas; se escuchan decepcionantes “ahora no, otro día”; salen billetes de baja denominación.
El bailarín terminó su labor en el Eslabón, centro de Medellín. Los bailadores vuelven a sus lugares, toman a sus parejas, la fiesta sigue encendida. El bailarín recoge su mochila y sale en busca del siguiente bar, con la misma ropa y el sudor ya impregnado coge camino hacia el otro lado de la ciudad.
9.10.2009
8.23.2009
Un viejo caricaturista a través de la ventana
Esa figura quijotesca, larga, delgada y hasta desgarbada se mueve lenta entre su mueble y su biblioteca. Es alto, cerca de ciento ochenta centímetros que casi se pegan al techo del ático en el que permanece. Su cara es alargada, su cabello no tan corto es blanco y desordenado. Su frente es ancha y aunque las orejas son grandes, se encuentran bien pegadas a los costados de su rostro. Los lentes grandes y redondos, de marco negro, le dan fuerza a unos ojos rodeados por gruesos pliegues de piel, señal de los ochenta y tantos años del viejo caricaturista Obregón. La barba, entre gris oscura y clara, le cubre la mitad del rostro. Al teléfono, don Elkin Obregón confunde, pues su voz es mucho más joven que su imagen.
Sus dedos largos sostienen siempre un cigarrillo rubio, de filtro color marrón. Apaga uno y enciende el siguiente hasta que las últimas horas de la noche lo obligan a quedarse dormido. Después de las siete de la noche, acompaña los cigarrillos con aguardiente, y mientras habla, ríe y reflexiona, bebe el anisado llevándolo también con lentitud hasta su boca. Fumador y lector empedernido, gran contador de historias, afable en el trato con los demás, que siempre lo visitamos, pues ya no sale de su casona en el centro de Medellín.
Desde una calle en el centro de Medellín, a través de la ventana enrejada de un segundo piso, detrás de una fachada amarilla, se ve esa figura quijotesca, larga, delgada y hasta desgarbada que se mueve lenta entre su mueble y su biblioteca.
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