3.10.2018

Un inventario de mis escritoras invisibles

Fragmento del afiche Día de las Escritoras 2016. Faloys Bertrand.

Hace algunos días organicé mi biblioteca. Me había hecho el propósito, meses atrás, de disponer una estantería solo para las mujeres escritoras, quería abrirles un espacio especial, a la vista de las miradas curiosas que entran a la sala de mi casa y observan los lomos de los libros. Comencé a separarlas: Marguerite Yourcenar, Irene Nemirovski, Piedad Bonnett, Marcela Serrano, Ana María Matute, Rosa Montero, Wislawa Szymborska, Amélie Nothomb… y así las fui disponiendo, una a una, nombre a nombre. Y cuál fue mi sorpresa, mi decepcionante sorpresa, cuando terminé de organizar los libros de literatura y periodismo escritos por mujeres y alcancé a llenar una sola repisa de una de las bibliotecas de mi casa.

A partir del debate nacional que suscitó la ausencia de escritoras invitadas al evento académico en París en noviembre del 2017, hice un recuento por mi recorrido personal con las mujeres y la literatura, que comenzó por las que había leído en la infancia y en la adolescencia y culminó con la organización de mi biblioteca. Tras tres décadas de vida lectora, es evidente el lugar relegado de las mujeres escritoras, su ausencia e invisibilidad, los pocos nombres que reconocí en la infancia y las pocas lecturas con acento femenino que llegaron a mí a través de las aulas y las clases de español.

Recordé un muy grato curso de literatura latinoamericana en la universidad, con cuatro grandes nombres masculinos: Roberto Bolaño, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Todos maravillosos. ¡Pero en el único curso de literatura que vi estudiando comunicación social no leí a una sola mujer! También pasé por la clase de periodismo y literatura: Capote, Tom Wolfe,  Gay Talesse, Hunter Thompson. ¡Y Oriana Fallacci! Bendita entre los hombres, como suelen decir.

Y en el colegio, pues qué decir: el "pedagógico" Carlos Cuauhtemoc Sánchez, Jorge Isaacs, Juan Rulfo, Benito Pérez Galdós, Manuel Mejía Vallejo, García Márquez —cómo no—, resúmenes o fragmentos de los poemas de Homero, Pedro Calderón de la Barca, algunas puntas de Shakespeare y uno para mí inolvidable: José Luis Martín Vigil. No, tampoco acuden a mis recuerdos voces literarias femeninas. ¿En serio será que no leí a ninguna? ¿No me gustaron y las olvidé? ¿La profesora (siempre tuve una profesora de español) no les dio la fuerza suficiente como para que permanecieran en mi memoria? Por ahí en la adolescencia se coló Ángela Botero López con sus líneas poéticas que unos años después encontré obvias y cursis. Más atrás, en la infancia, Rafael Pombo y Jairo Aníbal Niño fueron las letras que me acompañaron a emprender el camino de la lectura. Y mi mamá, la mujer que con letras de imán pegados en la nevera me enseñó a leer.

He participado de clubes de lectura en los que las escritoras no sobresalen; ni son las autoras de los grandes clásicos, ni son las más promovidas por los ministerios de cultura, ni son las más promocionadas por los sellos editoriales, ni son, por supuesto, las más reconocidas, las que nos llegan a la mente cuando de hacer un listado o una selección se trata. He leído antologías de cuentos hermosos en las que la presencia de letras femeninas es mínima o nula. ¡Pero luego hay gritos en el cielo cuando hay una antología sólo de mujeres! Que tan excluyentes, que eso es discriminación, que así no se ayuda a la inclusión.

A la primera mujer que recuerdo haber leído fue Yourcenar. Fuegos. Lo conocí gracias a un tío que la tenía en su biblioteca, tenía unos 15 ó 16 años y quizás me llamó la atención que hablara de Antígona, obra que había visto en el colegio, presentada por las estudiantes de décimo. De ahí en adelante empezaron a aparecer otros nombres, otras letras, no por las aulas, sino por el azar, por una recomendación o por alguna tímida referencia: Ana María Matute, Laura Esquivel, Cristina Peri Rossi, algunos poemas de Piedad Bonnett, Delmira Agustini, Alfonsina Storni o Gabriela Mistral. Haciendo este recorrido, recordé que sí leí a Storni o a Mistral en el colegio, y se me instaló entonces la idea de que las mujeres escribían poesía, los hombres, cuentos y novelas. Con la vida académica tampoco hubo una gran diferencia. Me fui encontrando con Susan Sontag, Hannah Arendt y no muchas más. Hasta que empecé a investigar sobre las mujeres y el miedo y, gratamente, fui descubriendo una cantidad de mujeres brillantes, con un gran historial investigativo. A ellas les debo muchos de mis intereses hoy, muchas preguntas y el deseo de profundizar y escribir sobre las mujeres.  

Sumando entonces lecturas y ausencias, fue hace unos seis años que me hice consciente de que mi mundo literario estaba marcado por las voces masculinas, que en mi historia con la literatura aparecían muy pocas mujeres y que era momento de empezar a buscarlas. Así que empezaron a aparecer, sin mucho afán y sin mucho escándalo, iban llegando, iban ocupando un lugar en mi biblioteca o en mi memoria. Marcela Serrano, Irene Nemirovski, Simone de Beauvoir, María Teresa Andruetto, Virginia Woolf, Doris Lessing, Emiliy Dickison, Clarice Lispector, Rosa Montero… Una especial, por la historia personal que rodea el libro (repetido) que ahora tengo y que leí dos veces, una tras otra: Olga Merino y Perros que ladran en el sótano.

En diciembre, acosada por la culpa de no saberme ni sentirme cercana a las mujeres escritoras colombianas y tener en mi memoria sólo a Piedad Bonnett, algún relato de Carolina Sanín, las periodistas Patricia Nieto y Ana María Cano, algunos poemas de Meira del Mar y de María Mercedes Carranza y los recuerdos difusos de Albalucía Ángel con Dos veces Alicia, que desde que tengo memoria está en mi biblioteca, y Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, leída a brochazos mientras alfabetizaba en una biblioteca escolar, decidí acercarme a las que estaban “de moda”. Fui a El Acontista (atendida por Alejandra) y compré La perra, de Pilar Quintana, Al otro lado del mar, de María Cristina Restrepo, y Tiempo muerto, de Margarita García Robayo. Porque entonces hacernos del lado de las escritoras colombianas no es sólo postear nuestro apoyo cuando un grupo de hombres son elegidos como representantes de la literatura colombiana; es, fundamentalmente, leerlas, hablar de ellas, escribir sobre ellas. Pero como la industria tiene sus tiranías, también es necesario comprarlas, contribuir a su posicionamiento en los ranking de ventas, hacerlas visibles para que sean invitadas a ferias y eventos literarios, para que sean exhibidas en las librerías del país, para que los críticos culturales las lleven a sus páginas, para que, ojalá, los ministerios de educación las incluyan como lecturas provocadoras para la infancia y la adolescencia.

No tengo la fecha exacta en la que Aurita López escribió esto, pero como tantas de sus columnas, parece escrita apenas el mes pasado: 

“La escritura de mujeres ha recorrido un largo camino de silencio y olvido, pero vive también, ahora, un momento excepcional de rescate y apropiación. Lo que era un cuadro borroso, un retrato incompleto y desvaído se ha ido haciendo visible gracias a la tarea de mujeres que en todo el mundo están dedicadas a recuperar nombres y obra sepultadas por la indiferencia y el desdén”.

Aura López: escritora, lectora, librera. Una vida entre la escritura. 


Nota: este texto comenzó a tomar forma desde diciembre del 2017, cuando logré, al fin, darle orden a mi biblioteca para descubrir un vergonzoso porcentaje de 71-19. Hace unos días, una colaboración de Susana Rodríguez para el portal Mujeres Confiar me inspiró para traerlo a la carpeta de 2018 y volver sobre este deseo de escribir sobre mis escritoras a invisibles.

1.29.2018

¿Por qué el miedo al feminismo?



El feminismo puede ser muchas cosas. Y yo no sé muchas de ellas, pero decidí, hace unos años, declararme abiertamente feminista, después de entender que durante mucho tiempo fui una feminista enclosetada. Ahora, que vuelvo a este blog, quiero hablar de lo que para mí ha sido el feminismo, cómo lo he sentido y vivido, por qué no me avergüenza decirlo y por qué lo digo sin ningún 'pero', o uno, quizás: ¡tanto que me falta por leer y comprender para poder decir que soy, de verdad, una feminista!

Aún recuerdo las jornadas de intercambio de mensajes con mi amiga Oriana. Yo le alegaba que sí, que estaba trabajando en un programa sobre mujeres, que creía en eso de la igualdad, que reconocía las brechas de género, pero que ¡no era feminista! Estaba contaminada. Y también, muy equivocada. He tenido que escuchar frases parecidas a estas: “no somos un proyecto feminista, somos un proyecto sobre mujeres”. Y claro, no siempre hablar de mujeres o para las mujeres es lo mismo que hablar desde el feminismo, pero en muchos casos, el ejercicio de visibilizar la voz de las mujeres es ya un acto de reivindicación. Cuando escucho una frase que termina con: "pero no somos feministas", siento que salta a la vista el miedo al feminismo. ¿Por qué ese horror?

Los que critican el “todos y todas” y se resguardan en la sombrilla de la RAE, podrían leer lo que dice esta institución sobre el feminismo: “ Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Al menos yo no veo motivo para temerle a eso, y creo que cuando arrogantemente me negaba a aceptar mi feminismo, partía de una enorme ignorancia, desde una definición tan simple como esta, hasta todas las complejidades con las que se empieza una a encontrar cuando empieza a leer, a profundizar y a entender las desigualdades en la historia y porqué entonces un movimiento por la igualdad tiene que hacerse cargo, primero, de saldar esas deudas que se tienen con las mujeres.

Por supuesto que creo que la vida de todos los seres humanos es valiosa y que la dignidad ha de estar repartida por igual entre hombres y mujeres (y niños y niñas, y jóvenes y ancianos, sí, todos los seres humanos), pero, desde este lugar privilegiado en el que he estado (educación, independencia, ejercicio libre de mi ciudadanía, etcétera), reconozco que a las mujeres nos ha tocado —y todavía— la parte más chiquita del pastel. ¿Acaso el miedo al feminismo tiene que ver con que a los hombres ahora les está empezando a tocar una porción más pequeña que a la que llevaban siglos acostumbrados? ¿Acaso el temor de las mujeres tiene que ver con el dolor que se siente al reconocer que hemos sido parte de la mitad de la población del mundo que siempre ha llevado las de perder? No sé, pero me aventuro en esas dos hipótesis.

Porque a mí me dolió entender: entender que a pesar de mis privilegios había sido muchas veces silenciada, que había sido abusada y acosada, que había sido discriminada, y que había sido obligada a encajar en un moldecito de ideales femeninos que desde muy pequeña estaba intentando romper. Pero ese dolor abre los ojos y nos permite ser fuertes, sobre todo cuando nos juntamos con otras que también lo han reconocido y ya tenemos muchos más ojos para ver.

Y así como el feminismo es muchas cosas, creo yo, también hay muchas formas de llegar al feminismo. Yo llegué suavecito, nadando, sin darme mucha cuenta. Un día, después de un proceso de formación en temas de género, hice acopio de todas mis ideas sobre las mujeres, de todas mis actitudes, de las decisiones que había tomado, de las formas en las que pensaba mi lugar, las fui sumando, las fui acomodando, como fichas de rompecabezas, y cuando terminé estaba muy clara la palabra armada: FEMINISTA. Y así fue. Y ha sido bonito, liberador, sanador y revelador. Saberme feminista me ha dado herramientas para seguir caminando, para dialogar con el mundo, con los otros y con los mundos de los otros.

¡Así que bienvenidos los feminismos, esa suma de lentes para ver el mundo y seguirlo transformando! (Sí, en favor de las mujeres, hasta que seamos iguales).